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Alfonso Hernández Catá, La verdad del caso de Iscariote / La verità del caso Iscariota

A cura di Emilio Capaccio

La verdad del caso Iscariote

Su sombra, curvándose en el terreno desigual, se alargaba detrás de él, y en la quietud soporífera de la tarde sólo se oían los murmullos vagamente dísonos de la ciudad, y las ráfagas caliginosas que luego de agitar los vergeles y los gallardos sicomoros erguidos a las márgenes del Cedrón, venían a estremecer el desbordamiento gris de su barba y a turbar sus meditaciones. Aquellas tibias ráfagas henchidas de aromas le recordaban los alientos capitosos de Marta y de María la de Magdal.

Había salido de Jerusalén después de la colación de mediodía por la puerta de Efraím, ansioso de expandir en la soledad la turbulencia de sus ideas. Y marchaba con lentos pasos, abatida la cabeza, que sólo de tiempo en tiempo alzaba para mirar a su diestra la mole del monte Oh- veto y la verde extensión del valle, donde, sobre el reposado ondular, las anémonas y los lirios abríanse como un florecimiento de purezas.

Su pensamiento, saltando los sucesos cercanos, iba hasta la bienhadada hora en que la luz entrando en su espíritu, antes todo tinieblas, habíale hecho abandonar el regalo familiar en su aldea de Karioth, para seguir al sublime maestro. Andaba, andaba, olvidando con sus meditaciones las fatigas de su cuerpo. Y sus pensamientos eran una bendición para los ojos de su materia que habían visto los prodigios de leprosos sanados y de muertos alzados con vidas de sus tumbas, y era un epinicio para los ojos de su alma, que habían logrado conocer en el nazareno enfermizo, de laberíntico platicar y de carácter extraño que iba desde la mansedumbre máxima hasta las iracundas violencias, al hijo de Aquel que en el Cielo todo lo creó y todo desde allí lo rige. Andaba, andaba, y cuando sus pies descalzos se hundían en las pequeñas abras del camino, la túnica, estremeciéndose, acusaba su musculatura viril, y en la bolsa cantaban argentinamente los siglos, oblaciones hechas a la divina compañía por las caritativas mujeres.

Al fin sentóse a reposar, y mientras miraba lejos de él, hacia la puerta de los Rébanos, un fariseo que lanzaba con su honda guijarros a un águila mientras ésta describía rápidas espirales imperfectas en torno del cadáver de una alimaña, un anciano, cuya llegada no advirtiera, sentóse en un peñasco próximo y le saludó con la palabra Paz.

— Sea la paz contigo, hermano.

Y hablaron. El anciano habló al apóstol, con segura voz impregnada de sabiduría, de todas las ciencias, de todas las artes, de todas las filosofías, afirmándole conocer otras lenguas que él, sólo sabedor de la aramea, no sospechaba que existiesen. Y en tanto que de los labios desconocidos fluía la plática, el tesorero divino se preguntaba si rio sería la conversión de aquel hombre de figura majestuosa y de talento profundo como el Tiberiades y caudaloso como el Hinnon, el mejor tesoro que pudiera ofrendarle al maestro.

— ¿Eres escriba? …¿No? Entonces descarrías – como el rebaño que desoyendo las voces del pastor que le muestra la buena senda con su lanza, se precipita en los barrancos – las luces que te dio el Padre del que es mi maestro, siguiendo las idólatras falsedades de los Nicolaístas, de los Gnósticos o de los Simoníacos.

El viejo movía negativamente la cabeza. Y el santo no veía en sus ojos un sulfúreo brillo, ni en su frente, bajo los largos cabellos nazarenos, la insinuación de dos protuberancias córneas, ni veía en la tierra que hollaban sus pies las marcas bisulcas de unos cascos de macho cabrío.

— Mi religión no te es conocida. ¿Crees que el mundo está entre tu aldea y el mar Muerto y entre el monte del Mal Consejo y el mar de Mármara? El mundo es inmenso y hay en él muchos hombres y muchos dioses.

— No hay más Dios que uno: el Galileo es su hijo y deber creer en él. Ha ordenado a las aguas, ha multiplicado los alimentos y ha vuelto la vida a cuerpos ya pútridos.

— Tu Dios es de debilidad. Si es fuerte y todopoderoso, por qué no aniquiló a los escribas y a los saduceos que se burlaron de él cuando les dijo en el pórtico del templo que era el hijo de Dios? ¿Por qué no convierte a los judíos que le llaman impostor y se niegan a reconocerle por el Mesías?

— Porque nuestra religión no ama el rigor, sino la fraternidad. Pero oyéndole, muchos han visto la luz y han besado sus pies y le han llamado por su nombre: Hijo del verdadero Dios.

— Sólo ha convertido a débiles y a mujeres. Y él, que reverencia a su Padre, ha obligado a otros hijos a que abandonen hermanos y deudos para seguirle. Pudiendo hacer el mundo perfecto, ha hecho que los animales para vivir se tengan que devorar los unos a los otros. Ama la adulación y se deja ungir los pies con perfumes, permitiendo que Juan y Jacobo murmuren de ti, porque propusiste la venta de ese sándalo para repartir a los menesterosos el producto …En vuestra peregrinación nada habéis hecho de divino. Esos milagros son naturales, y llegará el día en que sean comprensibles para todos los hombres. Los convertidos por vuestras predicaciones son pobres de espíritu, y por cada varón que habéis arrancado a Tyro y a Sidón y a Samaria, han olvidado el culto de sus hogares muchas mujeres para quienes la divinidad de tu maestro sólo está en la barba rizada, en la elocuencia de sus frases, en los amplios ademanes imperativos y en el fuego de sus miradas que habla de otros fuegos concupiscentes.

— ¡Herejía, herejía!

Y mientras en la quietud vesperal temblaban los acentos demoledores, Judas meditaba cómo aquel viejo sabía las calumnias de que era víctima por parte de Jacobo y de Juan. Insinuó el desconocido:

— Y si es ciertamente el Salvador, las Escrituras no podrán cumplirse: Santiago, Juan, Felipe, Mateo y Andrés han tenido tentaciones y se han negado a vender al Galileo. Hasta ahora, vuestra religión es sólo de vanidad y de triunfo. Falta la profetizada acción de mansedumbre; falta que el Galileo, que ya ha demostrado ser un gran hombre, muestre a sus enemigos y a su propio rebaño que es Dios.

— ¡Es Dios! Es el hijo de Dios, y con el Santo Espíritu es uno solo. No hay más Dios que él y siendo tres es uno siendo uno domina todo el Universo.

Y encendida en el fuego de la fe su mirada húmeda, buen Judas narró cómo con la sola virtud de su palabra había el hijo de María alzado de la tumba a Lázaro y al unigénito de Jairo. Y sin amedrentarse por la sonrisa fosforescente y gentílica del viejo, refirióle, una a una, las sorprendentes parábolas del convite de los judíos, de la perla, del Samaritano y la del trigo y la cizaña. Y aun, sin hacer caso del incrédulo musitar, le dijo cómo siendo un niño había triunfado con su sapiencia de la de los doctores y cómo en la puerta del templo había respondido a la salutación de un mendigo tullido con estas milagrosas palabras: “No tengo oro ni plata, pero te doy lo que poseo: levántate, que ya estás sano.”

Pero el viejo seguía murmurando:

— El mundo se quedará sin redimir, porque los discípulos del Galileo son egoístas. Oseas, Jonás, Amós, Ezechiel y Elías habrán mentido, y los hombres no serán redimidos por el que se llama redentor.

De la ciudad, pasando por Gethsemaní, partía una caravana. En la penumbra vespertina, la larga fila de camellos, graves y deformes, aparecía velada por el polvo que alzaba el múltiple pisar. Y las ráfagas abrasadoras del desierto, que se refrescaban al besar los vergeles, acercaban las voces de los beduinos y el ruf-ruf de un pandero con el que uno de los viandantes distraía la marcha.

Obseso por la tenaz afirmación del desconocido, aseguró Judas:

— El mundo será redimido. Los profetas no quedarán como impostores. Jesús de Nazareth, el hijo de Dios, morirá por todos los hombres que han sido y por los que han de ser y por los que son.

Entonces el viejo, arrodillándose súbitamente, besó los pies del apóstol. Lágrimas de júbilo ponían, como las noches serenas en los campos, gotas transparentes en la ola de su barba gris. (Judas no veía sus negras alas, ni sus patas de caprípedo, ni sus córneos abultamientos.) Y su voz era tremolada por los sollozos cuando dijo:

— ¡Oh, tú eres el único generoso y bueno Judas! Dio, te coloca a su diestra porque tú vas a ser instrumento para que la redención se realice …Tú has desoído la voz del orgullo que te aconsejaba anteponer el prestigio de tu nombre a la salvación de la humanidad …Tú venderás al maestro para que no muera como simple criatura, sino como Dios. Y porque no sean imposturas los vaticinios y porque la voluntad de Dios, el que es padre de tu maestro, se cumpla te expondrás a que la multitud ignara te moteje de infiel …Sí, yo me convierto a la religión única. La luz ha entrado en mi espíritu al igual de una espada que hiere. Tu acción sublime me hace reconocer a Dios, Le venderás y será el precio de tu acción noble lo que compro la redención del mundo. ¿Qué sería de los hombres sin ti? Sólo tu espíritu abnegado los salva. Eres el discípulo único; el espíritu clarividente sabedor de que preservando de la muerte al cuerpo de Jesús expones a morir a su divinidad. Al venderle, cumples la voluntad del Padre, llevas a término los designios de la vida humana del Hijo y eres brazo del Espíritu Santo que inspiró a los profetas. ¡Oh Judas! Tú eres el redentor …Ve a ver a los príncipes de los judíos, pero dame antes a besar la diestra que ha de sellar el pacto. ¡Oh discípulo noble que no sabes de egoísmo! ¡Oh amado de Dios!

Y entonces fue cuando el buen Judas tendió al anciano, que en la oscuridad sonreía, la mano calumniada y heroica que había de recibir los treinta denarios.

La verità del caso Iscariota

La sua ombra, curvandosi sul terreno disuguale, si allungava dietro di lui, e nella quiete soporifera del pomeriggio si sentivano solo vagamente i mormorii dissonanti della città e le raffiche caliginose che dopo aver smosso gli orti e i gagliardi sicomori eretti sulle sponde del Cedron, venivano a scuotere lo straripamento grigio della sua barba e a turbare le sue meditazioni. Quelle tiepide raffiche colmate di aromi gli ricordavano i respiri incalzanti di Marta e di Maria di Magdala.

Era uscito da Gerusalemme dopo la colazione del mezzogiorno per la porta di Efraim, ansioso di espandere nella solitudine la turbolenza delle sue idee. E andava a passi lenti, la testa china che solo di tanto in tanto rialzava per guardare alla sua destra la mole del monte degli Ulivi e la verde estensione della valle, dove, su quel disteso ondulare, gli anemoni e gli iris si aprivano come una fioritura di purezze.

Il suo pensiero, saltando gli eventi recenti, andava fino alla propizia ora in cui la luce entrando nel suo spirito, inizialmente tenebre, gli aveva fatto abbandonare la dote familiare nel suo villaggio di Kariot, per seguire il sublime maestro. Camminava, camminava, dimenticando con le sue meditazioni le fatiche del suo corpo. E i suoi pensieri erano una benedizione per gli occhi della sua materia che avevano visto prodigi di lebbrosi guariti e di morti richiamati in vita dalle loro tombe, ed era un epinicio per gli occhi della sua anima che erano riusciti a riconoscere nel nazareno cagionevole, di labirintico conversare e di carattere singolare che andava dalla mansuetudine massima fino alle iraconde violenze, il figlio di Quello che nel Cielo tutto creò e tutto da lassù dirige. Camminava, camminava, e quando i suoi piedi scalzi affondavano nelle piccole increspature della strada, la tunica, tremando, rivelava la sua muscolatura virile e nella borsa cantavano argentini i secoli, oblazioni fatte alla divina compagnia da donne caritatevoli.

Infine, dopo che si fu seduto a riposare, mentre guardava lontano, verso la porta delle Pecore, un fariseo che lanciava con la sua fionda ciottoli a un’aquila intanto che questa descriveva rapide spirali imperfette intorno al cadavere di una bestia, un anziano, il cui arrivo non aveva avvertito, sedendosi su una pietra vicina lo salutò con la parola Pace.

La pace sia con te, fratello.

E parlarono. L’anziano parlò all’apostolo, con sicura voce intrisa di saggezza, di tutte le scienze, di tutte le arti, di tutte le filosofie, affermando di conoscere altre lingue che egli, solo praticante dell’aramaico, non sospettava che esistessero. E intanto che dalle labbra sconosciute fluiva la conversazione, il tesoriere divino si domandava se non fosse la conversione di quell’uomo, di figura maestosa e di talento profondo come Tiberiade e abbondante come l’Hinnom, il miglior tesoro che potesse offrire il maestro.

— Sei scriba? …No? Allora svii – come il gregge che disattende le voci del pastore che mostra loro la buona strada con il suo vincastro e si precipita nel burrone – le luci che ti diede il Padre che è il mio maestro, seguendo le idolatriche falsità dei nicolaiti, degli gnostici o dei simoniaci.

Il vecchio scuoteva la testa in segno di disapprovazione. E il santo non vedeva nei suoi occhi un sulfureo scintillio, né sulla sua fronte, sotto i lunghi capelli alla nazarena, l’insinuazione di due protuberanze cornee, né vedeva nella terra che calpestavano i suoi piedi i segni bisulchi di taluni zoccoli di maschio caprino.

— La mia religione non ti è conosciuta. Credi che il mondo sia tra il tuo villaggio e il mar Morto e tra il monte del Mal Consiglio e il mare di Marmara? Il mondo è immenso e ci sono in esso molti uomini e molti dei.

 — Non c’è che un solo Dio: il Galileo è suo figlio e si deve credere in lui. Ha ordinato alle acque, ha moltiplicato gli alimenti e ha ridato la vita a corpi già putridi.

— Il tuo è il Dio della debolezza. Se è forte e onnipotente, perché non annichilì gli scribi e i sadducei che si presero gioco di lui quando disse loro nel portico del tempio che era il figlio di Dio? Perché non converte gli ebrei che lo chiamano impostore e negano di riconoscerlo come il Messia?

— Perché la nostra religione non ama il rigore, ma la fraternità. Nondimeno ascoltandolo, molti hanno visto la luce e hanno baciato i suoi piedi e lo hanno chiamato con il suo nome: Figlio del vero Dio.

— Ha convertito solo deboli e donne. Ed egli che riverisce suo Padre, ha obbligato altri figli ad abbandonare fratelli e congiunti per seguirlo. Potendo fare il mondo perfetto, ha consentito che gli animali per vivere debbano divorarsi gli uni con agli altri. Ama l’adulazione e si lascia ungere i piedi con profumi, permettendo che Giovanni e Giacobbe mormorino di te, perché proponesti la vendita di quei sandali per ripartire ai bisognosi il ricavato …Nella vostra peregrinazione niente avete fatto di divino. Questi miracoli sono naturali, e arriverà il giorno in cui saranno comprensibili a tutti gli uomini. I convertiti a causa delle vostre predicazioni sono poveri di spirito e per ogni uomo che avete sradicato da Tiro, da Sidone e da Samaria, hanno dimenticato il culto delle loro case molte donne per le quali la divinità del tuo maestro si trova soltanto nella barba riccia, nell’eloquenza delle sue frasi, negli ampi gesti imperativi e nel fuoco dei suoi sguardi che parla di altri fuochi concupiscenti.

— Eresia, eresia!

E mentre nella quiete del vespro tremavano gli accenti demolitori, Giuda meditava su come quel vecchio sapesse delle calunnie di Giacomo e di Giovanni, di cui era vittima. Lo sconosciuto insinuò:

— E se davvero è il Salvatore, le Scritture non potranno avverarsi: Giacomo, Giovanni, Filippo, Matteo e Andrea hanno avuto tentazioni e si sono rifiutati di tradire il Galileo. Fino ad ora, la vostra religione è stata solo vanità e trionfo. Manca la profetizzata azione di mansuetudine; manca che il Galileo, il quale ha già dimostrato di essere un grande uomo, mostri ai suoi nemici e al suo stesso gregge di essere Dio.

— È Dio! È il figlio di Dio, e con lo Spirito Santo è uno solo. Non c’è altro Dio se non egli stesso, ed essendo tre è uno, essendo uno domina tutto l’Universo.

E acceso nel fuoco della fede il suo sguardo umido, il buon Giuda narrò di come con la sola virtù della sua parola avesse, il figlio di Maria, sollevato dalla tomba Lazzaro e l’unigenita di Giairo. E senza farsi scoraggiare dal sorriso fosforescente e gentilesco del vecchio, gli riferì, a una a una, le sorprendenti parabole del banchetto dei giudei, della perla, del samaritano e quella del grano e della zizzania. E persino, senza badare al perplesso borbottio, gli disse di come, nel caso di un bambino, avesse trionfato con la sua sapienza su quella dei dottori e di come nella porta del tempio avesse risposto al saluto di un mendicante paralitico con queste miracolose parole: “Non ho oro né argento, ma ti do quello che possiedo: alzati che sei guarito”.

Ma il vecchio continuava a borbottare:

— Il mondo resterà senza redenzione, perché i discepoli del Galileo sono egoisti. Osea, Giona, Amos, Ezechiele ed Elias avranno mentito, e gli uomini non saranno redenti da colui che si chiama redentore.

Dalla città, passando per Getsemani, partiva una carovana. Nella penombra vespertina la lunga fila di cammelli, gravi e deformi, appariva velata dalla polvere che alzava il fitto calpestio. E le raffiche brucianti del deserto, che si rinfrescavano baciando gli orti, avvicinavano le voci dei beduini e il picchiettare di un tamburello con il quale uno dei viandanti distraeva la marcia.

Ossesso dalla tenace affermazione dello sconosciuto, Giuda assicurò:

— Il mondo sarà redento. I profeti non saranno degli impostori. Gesù di Nazareth, il figlio di Dio, morirà per tutti gli uomini che sono stati, per quelli che devono essere e per quelli che sono oggi.

Allora il vecchio, inginocchiandosi improvvisamente, baciò i piedi dell’apostolo. Lacrime di giubilo mettevano, come le notti serene nei campi, gocce trasparenti nelle pieghe della sua barba grigia. (Giuda non vedeva le sue ali nere, né le sue zampe di capripede, né i suoi cornei rigonfiamenti). E la sua voce era tremula di singhiozzi quando disse:

— Oh, tu sei l’unico generoso e buono, Giuda! Dio ti colloca alla sua destra perché sei strumento affinché la redenzione si realizzi …Tu hai disatteso la voce dell’orgoglio che ti consigliava di anteporre il prestigio del tuo nome alla salvezza dell’umanità …Tu tradirai il maestro affinché non muoia come semplice creatura, ma come Dio. E perché non siano imposture i vaticini e perché la volontà di Dio, colui che è padre del tuo maestro, si compia, ti esporrai a che la folla ignara ti marchi come infedele …Sì, io mi converto all’unica religione. La luce è entrata nel mio spirito come una spada che ferisce. La tua azione sublime mi fa riconoscere Dio, lo tradirai e sarà con il prezzo della tua nobile azione che si comprerà la redenzione del mondo. Che cosa sarebbe degli uomini senza di te? Solo il tuo spirito abnegato li salverà. Sei l’unico discepolo; spirito saggio e lungimirante che nel preservare dalla morte il corpo di Gesù, ti esponi a morire per la sua divinità. Tradendolo, compi la volontà del Padre, porti a termine i propositi della vita umana del Figlio e sei braccio dello Spirito Santo che ispirò i profeti. Oh Giuda! Tu sei il redentore …Guarda i principi dei giudei, ma fammi prima baciare la destra che deve suggellare il patto. Oh nobile discepolo che non sai dell’egoismo! Oh amato da Dio!

E fu allora che il buon Giuda tese all’anziano che sogghignava nell’oscurità, la mano calunniata ed eroica che avrebbe ricevuto i trenta denari.

Alfonso Hernández Catá (1885-1940) Scrittore, giornalista, drammaturgo e poeta ispano-cubano. Fu uno dei maestri del racconto breve. Dopo la sua morte, per suo volere, fu istituito un premio nazionale ed internazionale per racconti brevi. La sua opera spazia dalle raccolte di racconti alle novelle, dai drammi e dalle commedie teatrali — scritti insieme a suo cognato, Alberto Insúa — all’unica raccolta di poesia, dal titolo: Escala, pubblicata a Madrid nel 1931.

 

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