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Carlos Oquendo de Amat, 5 metros de poemas / 5 metri di poesia

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Carlos_OquendoEn la poesía peruana de inicios del siglo xx destaca una figura por lo efímero de su existencia y por lo trascendental e innovador de su obra literaria. Frente al referente mayor de la lírica nacional, César Vallejo (1892-1938), se encuentra un poeta cuya obra, tras su trágica vida y muerte, permaneció en el más injusto olvido pero que, como designio de toda buena poesía, vio reivindicado el poder de su palabra.
El poeta Carlos Oquendo de Amat nació en la ciudad de Puno-Perú, en abril de 1905, producto de la unión del médico Carlos Oquendo Álvarez y de Zoraida Amat Machicao. Desde muy niño vivió a salto de mata, como sería su destino. A los tres años, en 1908, debió abandonar su ciudad natal para instalarse con su familia en Lima, ello debido a la persecución política en la que se vio envuelto su padre por los sectores políticos conservadores. Poco después de instalado en Lima, el dr. Oquendo tuvo que viajar nuevamente, esta vez al norte, a la búsqueda de un trabajo pues en la capital, por su ideario político, se le cerraron las puertas. El niño Oquendo quedó así sólo con su madre, iniciando sus estudios escolares en Lima para terminarlos en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe.
Es interesante destacar el contexto en el que Oquendo vivió su niñez y adolescencia. A inicios del siglo xx se dieron profundos cambios e innovaciones tecnológicas, lo que no pasó desapercibido para el joven poeta quien creció viendo la masificación de diversos inventos como la electricidad, el automóvil, la radio, el avión, el cine, el teléfono, etc. Entre todos estos hubo uno que llamó especialmente la atención del poeta, el cine. Hacia 1913 se podían ver en Lima diversas películas del cine mudo. Ello facilitaba el conocer ciudades como Nueva York, París, Viena o Amberes sin salir de Lima, a través del écran. No cabe duda que Oquendo se embelesó con las historias, actuaciones y los efectos cinematográficos que, aunque escasos por aquella época, lucían increíbles ante los ojos de niños y adultos. En aquella época surgieron las primeras estrellas cinematográficas, en plena época dorada de Hollywood, entre otros la Chica del cabello dorado, Mary Pickford, George Walsh o el Sex-symbol italiano Rodolfo Valentino. El joven poeta era fiel asistente al cine Campoamor, al que ingresaba libre al conocer al portero. Sin duda el cine, como nueva forma de expresión artística y tecnológica, maravilló al joven vate y lo estimuló e hizo soñar con una innovación en la poesía, arte que conoció desde muy joven por el apoyo intelectual de su padre, tanto como por las influencias que debió tener en Puno, ciudad a la que viajaba esporádicamente para visitar a su familia. Y aquí debemos recordar, que en las primeras décadas del siglo xx las ciudades del Altiplano recibían información cultural directamente desde Europa y los EE.UU. vía Argentina. Puno se encontraba, en aquellos años, más conectado culturalmente con el extranjero que con la propia Lima.
Con 13 años de edad Oquendo perdió a su padre. El doctor falleció en 1918 dejando al poeta y a doña Zoraida en total abandono económico, en la que de por sí era una vida económicamente limitada. El golpe emocional debió ser grande para un Oquendo adolescente que debía enfrentarse a la vida con el único apoyo de su madre, quien en esos años empezaba a caer en las garras del alcoholismo así como a padecer enfermedades que obligaron al vate altiplánico a madurar más pronto de lo esperado. Doña Zoraida falleció no mucho después, en 1923, dejando al poeta devastado y, a decir de sus amigos, en un pro-fundo trance de tristeza y depresión.
Para ese entonces, en 1922, el poeta había ingresado a estudiar Letras a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue en los claustros de la Decana de América en donde conoció a otros jóvenes con inclinaciones líricas como él y con quienes trabó gran amistad; entre otros los hermanos Enrique y Ricardo Peña Barrenechea, Xavier Abril, Martín Adán, Armando Bazán, su íntimo amigo Adalberto Varallanos, su befefactor Manuel Beingolea y Emilio Goyburu, quien ilustraría la portada de su único poemario, el célebre 5 metros de poemas (1927).
Es en aquellos años que Oquendo de Amat se vincula estrechamente con la Vanguardia, y adopta un estilo de vida licencioso y bohemio. Se hace cada vez más evidente un deseo de ruptura, de forjar un nuevo camino para hacer y entender el arte tras una cruenta Primera Guerra Mundial (1914-1918). El poeta puneño venía publicando poemas en diversas revistas del Perú desde la década de 1920, especialmente en Amauta de José Carlos Mariátegui, quien se convirtió en su maestro y amigo cercano desde que los presentara el ya mencionado poeta Xavier Abril. Fue en Amauta en donde publicó varios de los poemas que más tarde serían parte de su único poemario, uno de los mayores y quizás el más reconocido de la Vanguardia literaria latinoamericana.
5 metros de poemas fue impreso el 31 de diciembre de 1927 en Minerva, imprenta de propiedad de Mariátegui. Habiendo sido publicado en una fecha simbólica, el poemario no entró en circulación sino dos años más tarde, en 1929, y en el tiraje mínimo de trescientos ejemplares. La repercusión mediática de esta primera edición fue, en aquel momento, mínima. Así también el súbito viaje del poeta fuera del país, así como su pronta muerte fueron una espesa capa de polvo que se asentaron sobre aquel poemario, cubriéndolo a los ojos de la crítica y de los lectores por varias décadas. No fue sino gracias al trabajo arduo de investigación desarrollado por Carlos Meneses Cárdenas, y por el discurso La literatura es fuego que el ahora Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa pronunció en 1967 en Venezuela, que la figura de Carlos Oquendo de Amat volvió a la palestra, y su poesía a ser leída tras la primera reedición, en 1968, de sus 5 metros de poemas, reedición efectuada por la editorial peruana Decantar. Fue así como casi cuarenta años después, Oquendo fue instalándose poco a poco en el parnaso de los grandes poetas vanguardistas latinoamericanos del siglo xx.
Aquel poemario resulta ser el perfecto producto de su tiempo. Una muestra palpable del vanguardismo en el que se fusionan con maestría las dos pasiones de su autor: la poesía y el cine, construyendo un artefacto que puede ser leído como un libro, o visto como un film. Se trata de un poemario no sólo innovador sino también vigoroso, denso aunque no exento por ello de ritmo; una película compuesta por veinte escenas o golpes visuales al lector, varios de los cuales nos dejan en la lona por knock out. La disposición tipográfica no hace sino servir a lo que se comunica.No es únicamente continente sino, además, parte importante del contenido. El lenguaje es, en 5 metros de poemas, materia en permanente transformación que enriquece a los poemas dotándolos con una estética particular. La disposición del texto en las hojas, por ende, no es gratuita, sino conforma la más clara evidencia de un intento (perfectamente logrado) de una nueva construcción estética, la que envuelve a la par una construcción cinematográfica de la que se vale Oquendo para utilizar ciertos recursos del cine aplicados a la lírica, logrando un vínculo aún más cercano pues dialoga con un receptor que no sólo lee sino que también observa una escena cinematográfica al tratarse de poemas en extremo visuales.
Los textos que constituyen 5 metros de poemas, están llenos de ruptura con lo clásico, de reflexión sobre el mundo en que habita el poeta; sobre el futuro que este vislumbra y sobre el universo propio que creó para su obra. Una obra que evidencia una tristeza profunda, incontenible, pero también grandes trazos de humor y de amor, elementos estos últimos poco usuales en la lírica peruana.
Tras la publicación de tu ahora célebre poemario, las vicisitudes continuaron. Y es que su amistad con Mariátegui no sólo lo abrió ante un mundo literario innovador, sino que lo vinculó y ganó para la lucha en pro de los ideales comunistas. Tras pocos meses Oquendo dejó de ser únicamente el poeta soñador y juguetón, y pasó a ser un escritor comprometido con los cambios sociales de su país y un luchador por la igualdad de derechos y las mejoras de los desposeídos. Aquel nuevo proselitismo político comunista le granjeó persecuciones y enemistades, repitiéndose en él la historia paterna.
Para 1930 Oquendo había sido excarcelado luego de pasar un breve tiempo en prisión bajo el cargo de comunismo. La prisión afectó seriamente al poeta no solo en su salud física sino, también, en lo emocional, teniendo que hacer frente a la pérdida de uno de sus mejores amigos y guía político, José Carlos Mariátegui. Para algunos de sus biógrafos tanto la persecución política, como la muerte de Mariátegui en aquel año, fueron factores determinantes para que Oquendo decidiera emigrar sin destino cierto, lo que lo llevó por un azaroso camino; primero a Panamá, en donde fue arrestado por haberse fugado supuestamente de la justicia peruana (encarcelación de la que escapó como fue su vida, cinematográficamente, escabulléndose una noche con la ayuda de un camarada comunista), y luego a Europa, a Francia específicamente, a donde arribó un Oquendo sin un cobre en el bolsillo, con una maleta vieja, unas cuantas copias de sus 5 metros de poemas y, lo más importante, con una salud por entero resquebrajada.
El poeta de la camisa colorada permaneció poco tiempo en la capital francesa. Allí se vio con uno de sus amigos, el poeta Enrique Peña Barrenechea, y pese a que tenían amigos en común, es poco probable que se cruzara con otro poeta que vivía por aquellos años en Paris, César Vallejo.
Motivos desconocidos lo llevaron a viajar a Madrid, quizá alentado por el inicial éxito de los Republicanos españoles. De poco valió el esfuerzo puesto que antes de una semana en Madrid, Oquendo fue internado en el hospital San Carlos por su mal estado de salud. Corrían los días finales de 1935, y allí permaneció menos de dos meses. Según relata Raúl Porras Barrenechea, primo de Ricardo Peña Barrenechea, el poeta atribuía el empeoramiento de su estado al lugar en el que se encontraba. Por ello, Porras gestionó su traslado a Navacerrada, al sanatorio de Guadarrama, especializado en enfermedades respiratorias como la que aquejaba al vate puneño. Estando en Guadarrama, ya en 1936, un restablecimiento inicial hizo pensar en que su débil cuerpo superaría la enfermedad que lo aquejaba; no obstante, la recaída fue tan fuerte que para cuando llegó a visitarlo Enrique Chanyek, estudiante de medicina comisionado por Porras para ayudarlo, éste sólo pudo recoger su maleta, aquella vieja y desvencijada compañera que lo siguió fiel por aquel mortal periplo.
Sus restos fueron enterrados sin una lápida en el cementerio del pueblo, y con los años tanto su figura como su breve obra poética cayeron en un olvido que duró décadas hasta que su gran talento lírico y la remembranza que hizo Mario Vargas Llosa de él y de su compromiso literario al recibir el premio Rómulo Gallegos en 1967, lo devolvió a la escena literaria mundial.
Poco tiempo pasó para que el también escritor Jorge Meneses Cárdenas, encontrar la tumba de Oquendo de Amat, la cual estaba sin lápida pero era perfectamente re-
cordada por el enterrador del pueblo, quien había enterrado al poeta a quien recordaba como El Peruano. Es así que Meneses ubicó la tumba en el cementerio de Navacerrada, a las afueras de Madrid. Poco años más tarde, en 1973, una comitiva de poetas peruanos encabezados por el poeta Arturo Corcuera fueron a visitarlo a la par de realizar las gestiones ante el Instituto Nacional de Cultura del Perú para que ese organismo sufragara los gastos de la compra de una lápida para el vate peruano. Se compró e instaló una lápida de piedra, siendo este un paso fundamental para la recuperación de la obra de Oquendo y el inicio del análisis de su importancia en la tradición lírica latinoamericana.
Intentar comprender las vicisitudes y tragedias que rondaron y ensombrecieron al poeta a lo largo de su vida es una tarea inútil. Lo verdaderamente valioso emergió de su esfuerzo por superarlas y de la tenacidad de su pluma, siempre fiel a su instinto creativo. Y, en ese sentido, dirigimos este volumen; en el que reunimos diferentes textos sobre la poética oquendiana a manera de homenaje por el 110 aniversario de su nacimiento (1905 – 2015), textos publicados por Vallejo & Co. en la Semana homenaje a Carlos Oquendo de Amat y en los que se examina desde muy distintas perspectivas la escasa pero significativa obra poética del autor. El volumen es complementado con una selección de algunos de sus mejores poemas y un esclarecedor dossier fotográfico que nos permite conocer la intimidad de quien por décadas fue el secreto mejor olvidado de la poesía vanguardista latinoamericana.

Mario Pera

 

5 metrosNella poesia peruviana degli inizi del secolo XX una figura emerge per l’instabilità della sua esistenza e per il carattere trascendentale e innovativo della sua opera letteraria. A fronte del maggiore referente della lirica nazionale, César Vallejo (1892 -1938), troviamo un poeta la cui opera, dietro la sua tragica vita e atrettanto tragica morte, fu confinata nella più ingiusta dimenticanza, ma che, com’è destino della buona poesia, vide rivendicato il potere della sua parola.
Il poeta Carlos Oquendo de Amat nacque nella città dal Puno-Perù, nell’aprile del 1905, dall’unione del medico Carlos Oquendo Álvarez e di Zoraida Amat Machicao. Fin dalla prima infanzia, Carlos visse facendo i salti mortali, come sarebbe stato il suo destino. A tre anni, nel 1908, dovette abbandonare la sua città natale per stabilirsi con la famiglia a Lima, a causa della persecuzione politica che il padre si trovò a subire per mano delle frange politiche conservatrici. Poco dopo essersi stabilito a Lima, il dr. Oquendo dovette di nuovo mettersi in viaggio, questa volta verso nord, alla ricerca dunque di un lavoro, poiché nella capitale, per via della sua ideologia politica, gli erano state chiuse tutte le porte. Il bambino Oquendo restò così solo con la madre, iniziando i suoi studi scolastici a Lima, per terminarli al collegio Nuestra Señora de Guadalupe.
È interessante sottolineare il contesto nel quale Oquendo visse la sua infanzia e adolescenza. Agli inizi del secolo XX, si ebbero luogo profondi cambiamenti e innovazioni tecnologiche, cosa che non passò inosservata per il giovane poeta, che crebbe assistendo alla diffusione di massa di diverse invenzioni, come l’elettricità, l’automobile, la radio, l’aeroplano, il cinema, il telefono, etc. Tra tutte queste novità ce ne fu una che richiamò particolarmente l’attenzione del poeta, il cinema. Intorno al 1913 a Lima si poteva assistere a numerosi film muti. Ciò facilitava la conoscenza di città come New York, Parigi, Vienna o Anversa senza uscire da Lima, attraverso lo schermo. Senza dubbio Oquendo fu incantato da storie, messe in scena ed effetti cinematografici che, benché scarsi per quell’epoca, brillavano come incredibili agli occhi di bambini e adulti. In quell’epoca, nel pieno dell’età dell’oro hollywoodiana, sorsero le prime stelle cinematografiche, tra gli altri la Ragazza dai capelli d’oro, Mary Pickford, George Walsh o il Sex-symbol italiano Rodolfo Valentino. Il giovane poeta era un fedele frequentatore del cinema Campoamor, cui accedeva gratuitamente, conoscendo il portinaio. Senza dubbio il cinema, in quanto nuova forma d’espressione artistica e tecnologica, meravigliò il giovane vate e lo stimolò, portandolo a sognare un’innovazione nella poesia, arte che conobbe da giovanissimo, tanto grazie al supporto intellettuale del padre, quanto alle influenze che deve aver ricevuto a Puno, città dove si recava sporadicamente per far visita alla sua famiglia. E qui dobbiamo ricordare che nei primi decenni del secolo XX le città dell’Altopiano ricevevano diettamente informazione intellettuale da Europa e l’USA, via Argentina. In quegli anni. Puno era culturalmente più legata all’estero che alla propria Lima.
A 13 anni di età Oquendo perse il padre. Il dottore morì nel 1918, lasciando il poeta e doña Zoraida in totale abbandono economico, in quella che già di per sé era una vita economicamente modesta. Il colpo emotivo dovette essere grande per un Oquendo adolescente, che doveva affrontare la vita con l’unico appoggio della madre, che in quegli anni cominciava a cadere preda dell’alcolismo e a soffrire di malattie che obbligarono il vate degli altopiani a maturare più in fretta del previsto. Doña Zoraida morì non molto dopo, nel 1923, lasciando il poeta devastato e, a detta dei suoi amici, in una profonda trance di tristezza e depressione.
Nel frattempo, nel 1922, il poeta aveva iniziato a studiare Lettere all’Università Nazionale Maggiore di San Marcos. Fu nei chiostri della “Decana de América” che conobbe altri giovani con inclinazioni liriche come lui e con i quali strinse grande amicizia; tra gli altri, i fratelli Enrique e Ricardo Peña Barrenechea, Xavier Abril, Martín Adán, Armando Bazán, il suo intimo amico Adalberto Varallanos, il suo benefattore Manuel Beingolea ed Emilio Goyburu, che avrebbe illustrato la copertina della sua unica raccolta di poesia, il celebre 5 metri di poesie (1927).
È in quegli anni che Oquendo de Amat si lega fortemente con l’Avanguardia, e adotta uno stile di vita licenzioso e bohémien. Si fa sempre più evidente un desiderio di rottura, di aprire una nuova strada per fare e comprendere l’arte dopo la cruenta Prima Guerra Mondiale (1914 -1918). Nel decennio del 1920 il poeta di Puno andava pubblicando poesie su varie riviste peruviane, in particolare su “Amauta” di José Carlos Mariátegui, che divenne suo maestro e amico intimo da quando li presentò il già menzionato poeta Xavier Abril. Fu su “Amauta” che pubblicò varie poesie, che più tardi sarebbero state parte della sua raccolta poetica, una delle più importanti e forse la più riconosciuta dell’avanguardia letteraria latino-americana.
Essendo stata pubblicata in una data simbolica, la raccolta entrò in circolazione soltanto due anni dopo, nel 1929, e nella tiratura minima di trecento esemplari. La ripercussione mediatica di questa prima edizione fu, in quel momento, minima. Analogamente, il repentino abbandono del paese da parte del poeta, e la sua morte improvvisa costituirono una spessa cappa di polvere che si stanziò su quella raccolta poetica, nascondendola per vari decenni agli occhi della critica e dei lettori. Fu soltanto grazie al duro lavoro di ricerca portato avanti da Carlos Meneses Cárdenas e al discorso La letteratura è fuoco che l’allora Nobel per la Literatura Mario Vargas Llosa pronunciò nel 1967 in Venezuela che la figura di Carlos Oquendo di Amat tornò alla ribalta, e la sua poesia a essere letta dopo la prima riedizione, nel 1968, dei suoi 5 metros de poemas ad opera della casa editrice peruviana Decantar. Fu così che qualcosa come quaranta anni dopo, Oquendo iniziò a poco a poco a insediarsi nel parnaso dei grandi poeti avanguardisti latinoamericani del secolo XX.
Quella raccolta risulta essere il perfetto prodotto del suo tempo. Una dimostrazione tangibile dell’avanguardismo, nella quale si fondono con maestria le due passioni del suo autore: la poesia e il cinema, costruendo un artefatto che può essere letto come un libro, o visto come un film. Si tratta di una raccolta non solo innovativa, bensì ma anche potente, densa, benché non sia perciò priva di ritmo; un film composto da venti scene o colpi visivi al lettore, molti dei quali ci lasciano a tappeto per knock out. La disposizione tipografica non fa altro che servire a quello che si comunica. Non è solo un contenitore bensì anche parte importante del contenuto. Il linguaggio, in 5 metros de poemas, è materia in permanente trasformazione, che arricchisce le poesie, dotandole di un’estetica peculiare. La disposizione del testo sui fogli, infine, non è gratuita, bensì costituisce la prova più chiara del tentativo, perfettamente riuscito, di una nuova costruzione estetica, quella che analogamente avvolge una costruzione cinematografica della quale Oquendo si avvale per utilizzare certe risorse del cinema applicate alla lirica, riuscendo a creare un legame ancora più stretto, perché dialoga con un recettore che non si limita leggere, bensì osserva anche una scena cinematografica, trattandosi di poesie in estremi visivi.
I testi che costituiscono 5 metros de poemas sono pieni di rotture con il classico, di riflessione sul mondo in cui abita il poeta; sul futuro che scorge e sull’universo peculiare creato per la sua opera. Un’opera che evidenzia una tristezza profonda, incontenibile, ma anche grandi tratti di humor e di amore, elementi questi ultimi poco consueti nella lirica peruviana.
Dopo la pubblicazione della sua oggi celebre raccolta, le vicissitudini continuarono. La sua amicizia con Mariátegui non soltanto gli aprì un mondo letterario innovatore, ma lo vincolò e guadagnò alla lotta a sostegno degli ideali comunisti. Dopo pochi mesi Oquendo smise di essere unicamente il poeta sognatore e giocherellone, e passò a essere un scrittore coinvolto nei cambiamenti sociali del suo paese e un combattente per l’uguaglianza dei diritti e il miglioramento delle condizioni dei diseredati. Quel suo nuovo proselitismo politico comunista gli guadagnò numerose persecuzioni e inimicizie, facendogli rivivere la storia di suo padre.
Per il 1930 Oquendo era stato scarcerato dopo aver trascorso un breve periodo in prigione con l’accusa di comunismo. La prigione colpì seriamente il poeta, non solo nella salute fisica bensì, anche, nella sfera emotiva, avendo dovuto far fronte alla perdita di uno dei suoi migliori amici, nonché sua guida politica, José Carlos Mariátegui. Per alcuni dei suoi biografi tanto la persecuzione politica, quanto la morte di Mariátegui in quell’anno, furono fattori determinanti nella decisione di Oquendo di emigrare senza destinazione certa, cosa che lo portò su una strada rischiosa; prima a Panamá dove fu arrestato perché sospettato di essersi sottratto alla giustizia peruviana, per poi evadere, conformemente a tutta la sua vita, in modo cinematografico, fuggendo di notte con l’aiuto da un camerata comunista; e poi in Europa, nella fattispecie in Francia, dove approdò un Oquendo senza uno spicciolo in tasca, con una vecchia valigia, alcune copie dei suoi 5 metros de poemas e, cosa più importante, con una salute del tutto intaccata.
Il poeta dalla camicia colorata rimase poco tempo nella capitale francese. Lì si vide con uno dei suoi amici, il poeta Enrique Peña Barrenechea, e nonostante avessero amici in comune, è poco probabile che abbia incrociato un altro poeta che viveva in quegli anni a Parigi, César Vallejo.
Motivi sconosciuti lo portarono ad andare a Madrid, forse incoraggiato dall’iniziale successo dei Repubblicani spagnoli. A poco valse lo sforzo, dato che, dopo meno di una settimana a Madrid, fu ricoverato all’ospedale San Carlos per suo cattivo stato di salute. Correvano gli ultimi giorni del 1935, e lì rimase meno di due mesi. Come racconta Raúl Porras Barrenechea, cugino di Ricardo Peña Barrenechea, il poeta attribuiva il peggioramento del suo stato di salute al luogo in cui si trovava. Perciò Porras organizzò il suo trasferimento a Navacerrada, al sanatorio di Guadarrama, specializzato in malattie respiratorie come quella che angosciava il vate di Puno. Mentre si trovava a Guadarrama, già nel 1936, un iniziale miglioramento fece pensare che il suo debole corpo avrebbe superato la malattia che l’angosciava; nonostante questo, la ricaduta fu tanto forte che quando giunse a fargli visita Enrique Chanyek, studente di medicina ingaggiato da Porras per aiutarlo, questi non poté far altro che ritirare la sua valigia, quella vecchia e sgangherata compagna che lo aveva fedelmente seguito attraverso quel periplo mortale. I suoi resti furono sepolti senza una lapide nel cimitero del paese, e con gli anni tanto la sua figura come la sua breve opera poetica caddero in una dimenticanza che durò per decenni, finché il suo gran talento lirico e la commemorazione che Mario Vargas Llosa fece di lui e del suo impegno letterario ritirando il premio Rómulo Gallegos nel 1967, lo restituì alla scena letteraria mondiale.
Trascorse poco tempo prima che un altro scrittore, Jorge Meneses Cárdenas, trovasse la tomba di Oquendo di Amat, che era senza lapide, ma perfettamente ricordata dal becchino del paese, che aveva sepolto il poeta, che ricordava come Il Peruviano. È così che Meneses ubicò la tomba nel cimitero di Navacerrada, alla periferia di Madrid. Pochi anni più tardi, nel 1973, una comitiva di poeti peruviani guidati dal poeta Arturo Corcuera andarono a fargli visita, per poi manifestare davanti all’Istituto Nazionale di Cultura del Perù affinché quell’organismo sostenesse le spese per l’acquisto di una lapide per il vate peruviano. Si comprò e installò una lapide di pietra, e questo costituì un passo fondamentale per il recupero dell’opera di Oquendo e l’inizio dell’analisi della sua importanza nella tradizione lirica latinoamericana.
Cercare di comprendere le vicissitudini e tragedie che assediarono e misero in ombra il poeta durante la sua vita è un compito inutile. Quel che è davvero prezioso emerse dallo sforzo da lui compiuto per superarli e della tenacia della sua penna, sempre fedele al suo istinto creativo. Ed è in quel senso che indirizziamo questo volume; in cui riuniamo diversi testi sulla poetica oquendiana a mo’ di omaggio per il 110 anniversario della sua nascita (1905 -2015), testi editi da Vallejo & Co. nella Settimana di omaggio a Carlos Oquendo di Amat e nei quali si interroga, da svariate prospettive, la scarna ma significativa opera poetica dell’autore. Completano il volume una selezione di alcune delle sue migliori poesie e un dossier fotografico esplicativo che ci permette di conoscere l’intimità di quello che per decenni fu il segreto “miglior dimenticato” della poesia d’avanguardia latino-americana.

Traduzione di Chiara De Luca

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