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Chiara De Luca, Il mondo è nato/El mundo ha nacido

Para los recién nacidos el latido de un corazón es la banda sonora del presente, un indicio del su propio ser, en relación, de criatura a criatura, de cuerpo a cuerpo, sin nombre. Inicial.

Es una caja de música, una nana, una cuerda en la nada, una campana en las tinieblas, una cuna.

Con el paso del tiempo, el latido escapa del silencio. Ya no conseguimos aislar las notas del canto de lo real que lo evoca. Dejamos de sorprendernos por su pulso, renunciamos a buscarlo a tientas entre las costillas del mundo. A menos que nos pongamos a la escucha, con la oreja en el centro del pecho del otro.

Tuve la gracia de morir pronto. Me enfermé cuando niña, entrando y saliendo de la vida durante más de diez años. Luego nací y empecé a correr sin rumbo en la retaguardia.

Estar entre la vida y la muerte lo cambia todo para siempre, porque allí en el umbral es donde la luz más fuerte te ciega para que veas más allá. Es en el abismo que guiñan luciérnagas dispersas de sentido.

El privilegio del sufrimiento es el desierto desbordante que allana a tu alrededor, el blanco silencio, el feroz abandono de bestia orgullosa, mientras el mundo se pone detrás de un lejano horizonte sin sangre. El ser es lejano y humano.

No habrá soledad más amarga que la de un niño. No habrá soledad si habrá un futuro.

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