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Darío Jaramillo Agudelo

A cura di Chiara De Luca

Basta cerrar los ojosA semejanza de una hebra –fina, resistente, luminosa– cada uno de los poemas que forman este libro va enrollándose con natural sabiduría en la rueca del alma que los ha convocado. Y es que la obra poética de Darío Jaramillo Agudelo eligió, a lo largo de los años, componerse a través de una muy personal notación. Se trata, casi siempre, de un canto en voz baja, próximoa esa música callada que sólo puede escucharse en la quietud, en los arenales de la soledad, mediante “la euforia santa del silencio”. Se trata de una voz que –limpia de todo aderezo, de todo artificio– fluye con la necesaria claridad con la que han de decirse las cosas más hondas. Una exigencia que no por serlo es menos generosa. Vamos entonces a percibir que Basta cerrar los ojos para oír lo que no sabíamos que sabíamos. Y que Basta cerrar los ojos para empezar a verlo.

La poesía de Darío Jaramillo Agudelo se ofrece como una invitación para transitar con ella por los comunes rumbos de la experiencia humana: la anhelante espera del ser amado –la celebración de esa plenitud y la constatación de su pérdida–, el azoro ante la más poderosa existencia de los gatos, las piedras y los árboles, la nitidez con que esto que llamamos la vida se presenta de pronto, por las noches, cuando las aguas del sueño nos transportan hacia esa otra orilla donde es posible ser todos y ninguno. “Algo por ahí quiere ser luz”, vislumbra la voz que se decanta en estos poemas tan cuidadosamente escogidos por su autor. Nostalgia incesante y memoria recobrada; dolor y gozo de saberse mortal y eterno como la flor transcrita y ardiente sobre la página.

Jorge Esquinca

In collaborazione con logo-era+horizontal

Basta cerrar los ojosSimile a un filamento – sottile, resistente, luminosa – ciascuna delle poesie che formano questo libro va avvolgendosi con naturale saggezza nel rocchetto dell’anima che l’ha convocata. È che l’opera poetica di Darío Jaramillo Agudelo scelse, col passare degli anni, di comporsi mediante una notazione molto personale. Si tratta, quasi sempre, di un canto sussurrato, prossimo a quella musica silenziosa che si può ascoltare soltanto nella quiete, negli arenili della solitudine, grazie alla “sacra euforia del silenzio.” Si tratta di una voce che – scevra d’ogni abbellimento, d’ogni artificio – fluisce con la necessaria chiarezza con cui occorre dire che cose più profonde. Un’urgenza che non è in quanto tale meno generosa. Ben presto percepiamo allora che Basta chiudere gli occhi per sentire ciò che non sapevamo di sapere. E che Basta chiudere gli occhi per iniziare a vederlo.

La poesia di Darío Jaramillo Agudelo si offre come un invito a transitare con lei per le comuni rotte dell’esperienza umana: la struggente attesa di essere amati – la celebrazione di quella pienezza e la constatazione della sua perdita –, turbamento al cospetto della più poderosa esistenza dei gatti, le pietre e gli alberi, il nitore con cui questa cosa che chiamiamo vita si presenta all’improvviso, nelle notti, quando le acque del sonno ci trasportano verso quell’altra sponda, dove è possibile essere tutti e nessuno. “Qualcosa qui vuole essere luce”, intravede la voce che si decanta con tanta accuratezza in queste poesie scelte dal loro stesso autore. Nostalgia incessante e memoria recuperata; dolore e piacere di sapersi mortale ed eterno come il fiore trascritto e ardente sulla pagina.

Jorge Esquinca

Relato

 

Cuando los seres de carne y hueso abandonaron su

corazón como si la fiebre por una tierra nueva se

agotara

pequeñas cosas invadieron su cuerpo y las amplias

estancias donde habitaba su desaliento;

ella rinde culto a los objetos hermosos, a la copa de

vino, a la cabeza de barro, a fotos y fetiches,

reliquias para llenar el hueco de lo que pudo haber sido,

ella busca la tierra incendiada en algún recoveco del

olvido,

heridas sobre la piel de la esquizofrenia, ella acumula

ademanes para aplazar la muerte;

Dama del Fetiche, Curandera, Señora de la Crisma Rota:

ella sobrevive al careo del suicidio, lo atrapa entre

cristal y porcelana, lo irriga con té helado,

lo perfuma con tabaco rubio, lo invade con el fantasma

de un calígrafo muerto que la posee

y es el dueño de su insomnio y la arrulla con un

concierto de piano en la vena aorta;

una flor llamada crisantemo, la sequedad de la carne:

ideogramas de un calcinado corazón ansioso;

Ama del Sueño Sonámbulo, ella camina por la escalera

en espiral que lleva al fondo del Caribe;

 

ella se aferra al fósil de una rosa hace mil años marchita:

fila de espejos que termina y comienza en Santa Rosa,

de las sillas vienesas a las sillas vienesas, la huella

kkdactilar de la locura impresa para siempre sobre el

tedio.

 

 

 

Venganza

 

Ahora tú, vuelta poema,

encasillada en versos que te nombran,

la hermosa, la innombrable, luminosa,

ahora tú, vuelta poema,

tu cuerpo, resplandor,

escarcha, desecho de palabra,

poema apenas tu cuerpo

prisionero en el poema,

vuelto versos que se leen en la sala,

tu cuerpo que es pasado

y es este poema

esta pobre venganza.

 

 

 

El oficio

 

La poesía, esa batalla de palabras cansadas; nombres de

cosas que el ruido escamotea;

llegan los fieles a reconocer el signo, heráldica donde

cada rito tiene su lugar:

allá la cornucopia, el ara, el gerifalte, aquí muy cerca

una noche y una estrella:

amplia red de sonidos que ocultan este corazón aterido y

amargo,

un gajo de uvas verdes, el silencio irrepetible de una

calle de mi infancia.

La poesía: este consuelo de bobos sin amor ni

esperanza,

borrachos por el ruido del verbo, aturdidos por cosas

que significan otras cosas,

sonidos de sonidos.

Prefiero mirar tus cartas que leerlas; de súbito dibujas

un beso;

la poesía: esta langosta, esta alharaca, esta otra cosa que

no es ella,

la risa de Alejandra, el esplendor de tantos sueños

        silenciosos,

una forma callada.

 

 

 

Poemas de amor; 13

 

Primero está la soledad.

En las entrañas y en el centro del alma:

ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;

que solamente tu respiración te acompaña,

que siempre bailarás con tu sombra,

que esa tiniebla eres tú.

Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con

tu sino solitario;

déjalo esperar sin esperanza

que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.

Pero primero está la soledad,

y tú estás solo,

tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo.

Acaso una noche, a las nueve,

aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro ti,

y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;

pero no olvides, especialmente entonces,

cuando llegue el amor y te calcine,

que primero y siempre está tu soledad

y luego nada

y después, si ha de llegar, está el amor.

 

 

 

De la nostalgia, I

 

 

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las

más amadas voces,

y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,

el sabor exacto del durazno,

el aleteo del aire frío entre los pinos,

el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.

Sortilegios de otro día que ahora son apenas letanía

incolora,

vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un

colibrí entre mi cuarto,

como muchas madrugadas de mi infancia.

¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales

abrazos?

¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada

apenas con la luz de los Beatles,

y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a

los trece años?

¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete

años,

al sabor maduro de la mora,

a todo aquel territorio desconocido por la muerte,

a esa palpitante luz de la pureza,

a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

 

 

 

Una noche


 

El día no es la luz,

es tiniebla trasparente que se viste de negro con las

horas,

para que las voces del insomnio

traspasen el silencio de la noche

y el quiste del desamor se convierta en un llanto de

palabras quebradas, en un clamor del aire.

El olvido es amor que se convierte en nada interminable

de obsesiones,

en lento deshacerse;

al final del amor está el olvido y el olvido demora

madurándose

y las voces que a veces se escuchan a la madrugada,

antes de la primera luz,

son eco del silencio angustiado

de los seres que olvidan,

de los seres que amaron y llevan semanas y meses

olvidando.

El olvido no es que algo se borre en la memoria,

el olvido te ocupa todo el tiempo, a la hora del trabajo o

del aseo, cuando comes o rezas no te olvidas de

olvidar.

Entretanto en la noche, cuando el silencio es la materia

más consistente de lo oscuro,

se cuelan voces sin dueño, las voces silenciosas de

aquellos que agonizan olvidando:

-Voy birlando tus apariciones, eludo los instantes en que

sólo a ti te deseo,

eres la mía nunca más,

nadie repite, no hay regresos, lo sabemos, pero no

descanso de olvidarte,

me gasto cada noche entera contigo, olvidándote. Tú

bien lejos y yo aquí contigo

olvidándote,

olvidándote.

-La palabra mata

y yo te voy desollando con cada sílaba.

Dardo mi verbo, arma mortal.

Lunas en agonía hacen explosión en esta memoria de

guerra.

Cuando el amor acaba todo recuerdo tortura, olvidando

se convierten en espinas las dichas del pasado:

saber que me amaste es aprender que tu amor

envenena;

para degradarme hoy, te amé entonces,

estoy en guerra con lo que tengo de ti, un fantasma que

se apodera de mis noches,

la rabia de saber que no es el tuyo, cuando otro cuerpo.

Tengo que purificarme de ti, suicidarme de ti, mudar la

piel que tú acariciaste.

Tengo que matarte en mí para no ser sólo un pedazo de

pasado.

-Cómo te voy desamando, qué largo y monótono

ejercicio ya no amarte y pensar en ti todo el tiempo,

qué tortura sutil sentir que mi lujuria está en abrazar un

cuerpo que ya no abrazaré,

¿cuándo un tiempo sin ti y conmigo, vuelto a mí,

recuperado de la droga de tu aliento?

Te expulso de mí, te exorcizo, te llamo a cada segundo

para que salgas de mi alma, para que tu fantasma no

me anule.

Ah, nuestros momentos de dicha quedan demasiado

lejos y ya no me justifican los insomnios de este

olvido minucioso.

Se me va un día entero olvidando cada minuto de

nosotros.

Se me va toda la rabia cuando me doy cuenta, lacerado,

de que ni siquiera pude herirte.

 

 

 

Apariciones

 

No son carne o espíritu,

tampoco son la confusa mezcla de ambos,

ni bestias ni ángeles

ni su desquiciado promedio.

Son destellos,

huecos de tiempo llenos de luz o sin ella,

galopes sobre la luna,

seres que invento y son mi vida,

entrevisiones del jardín sagrado,

formas de poesía,

milagros en metáfora de cuerpo,

metáfora incompleta sin tacto ni perfumes,

metáfora total, plenitud donde no existe el tiempo,

donde no existen los efímeros tactos y perfumes que

están dentro del tiempo.

 

 

 

Hola, soledad

 

Bienvenida, vieja amiga, te creí ausente y aquí estabas

escondida, confundida conmigo;

bienvenida, ahora que te veo, bienvenida a tu más

propia casa, el latido de mi sangre,

a ti te acojo en el tiempo largo del poema, en el suave

sueño, en el hormigueo de mi mano izquierda,

báñate conmigo, una ducha caliente que golpee la

espalda,

-ah, desnudos sí que tú y yo somos uno solo-,

préstame una de tus camisas blancas de algodón,

ven, tomemos café, sin azúcar: así lo bebo solamente

contigo,

amiga, ladilla, sombra,

y fumemos viendo el cambio de color de la montaña,

fúndete conmigo para que pueda mirar cómo

amanece,

ven cántame una canción, aguántame la risa de gozarte

hasta el tuétano, generosa mía,

llévame así, apacible, a este o aquel libro, deja que te lea

en voz alta y dime si te aburres,

vuélvete música, almohada; convierte, maga, tu

sustancia en humo, en el umbral de las visiones,

liba conmigo la euforia santa del silencio,

alucina, muchacha de mi vida, y cuenta tu cuento

mientras yo, torpe, tomo tu dictado:

tacha siempre toda espera o esperanza,

que no se sienta el tiempo,

y baila conmigo la danza de la sonrisa en el ojo de la

mente

hasta caer, inseparablemente juntos, fulminados.

 

 

 

Piezas para piano , VII

 

1

 

Si la lluvia cantara

sonaría como este piano lento

que da vueltas en torno a un solo motivo.

Pero la lluvia no canta.

La lluvia es silencio desde el piso doce.

Y sólo percute contra el vidrio cuando el viento la empuja

y ella suena susurrante o brusca.

Casi siempre la lluvia pasa en silencio frente a mi ventana

y yo intuyo que lleva ganas de cantar un canto triste,

un canto de piano sin palabras posibles.

 

 

2

 

Yo no soy.

Soy las cosas que pasan,

la lluvia bendita.

Si algo soy, soy alguien que ve llover,

que oye llover,

soy un oído entre la música del viento,

una piel entre el frío del viento,

alguien que yace

mientras afuera hay una ciudad que no conozco,

que apenas olfateo.

Soy ese perfume que desconocía.

 

 

3

 

Apunto palabras que acomodo entre dos notas.

Son un bálsamo.

Palabras como alondra o Jacaranda

que vuelan o florecen entre mi libreta.

Las letras de mi Jacaranda son negras,

pero la palabra tiene el color de la Jacaranda florecida.

Las letras de mi alondra están quietas,

pero la palabra alondra vibra

como el cuerpo vivo de la alondra,

como su canto vibra.

 

 

 

Elegía

 

 

Todavía perduran esas tardes de sol: nada que esperar

del mañana,

todo nos lo daba el día que vivíamos,

un pan desordenado del que confía en todo, sueño

profundo, sueño quieto,

la mínima certeza de la.carne con algo de ternura contra

la mala sangre,

una displicente seguridad de que perduraríamos jóvenes,

incólumes, sin mancha ninguna en las entrañas.

Todavía existen esas tardes, sin desprecio y sin afecto

por nada que no fuera nuestro goce:

el mundo entero cabía en el lecho donde nos amamos.

Vislumbro un jardín entre brumas: sentíamos el olor de

los jazmines difuminados,

aquella niebla tenía los aromas leves de nuestros cuerpos,

ese perfume que llegó a ser otro perfume,

el olor inextinguible:

todavía cada bocanada de aire me mantiene vivo

solamente por la esperanza de aspirar ese olor.

Corazón depredador, cloaca, ruina de un cielo que fue

todo lo que yo haya sido:

ahora mi palabra sucia ronda aquellas ruinas de mí

mismo:

te amé y eso basta,

abrazado a ti fui feliz,

ahora lo sé,

ahora cuando le perteneces a la muerte.

 

 

 

Conversaciones con Dios, 12

 

Me dijo,

varias veces me dijo:

-No trates de entender el tiempo, no te pongas a

seguirlo que se alarga, mirar el reloj prolonga las

esperas, tú lo sabes.

Olvídate del tiempo, no lo expliques porque mentirás,

no lo entiendas porque entonces estarás loco,

no te metas con el tiempo -me advirtió como si el

tiempo fuera el árbol prohibido del paraíso-,

por tu bien te lo digo: deja el tiempo quieto, no te metas,

no te metas -repetía y repetía-.

De ser posible no cargues reloj, más bien aprende a

adivinar la hora

-me dijo y sonreía. Nunca vi la sonrisa de Dios, pero

es fácil saber cuándo acompaña sus palabras con

sonrisas.

Todo eso me dijo Dios: el tiempo es uno de los temas

favoritos de Dios.

Le pregunté algún día:

-Si quieres que me olvide de explicar el tiempo, ¿por

qué, entonces, me hablas tanto del tiempo?

Me contestó sentencioso: -El tiempo es el secreto del

plato, el ingrediente que nunca conocerá nadie.

Me atreví con un Dios ensimismado en el misterio:

-Hablas como si tú mismo no te atrevieras con el

tiempo.

Son muy grandes los silencios de Dios, y aquel día sentí

la gravedad de su silencio. Como un viento helado me

caló su silencio.

Al rato Dios, que por algo es Dios, dejó oír una risita

maliciosa y me dijo:

-Tú conoces la eternidad desde afuera. Así, del mismo

modo, conozco yo el tiempo, desde fuera de él.

Ahora lo pienso: Dios es paciente porque no espera.

Dios no conoce la espera, no sabe de las ansias,

ignora el mal y desconoce el tiempo.

Racconto

 

Quando gli esseri in carne e ossa abbandonarono il suo

cuore come se la febbre per una terra nuova si

esaurisse

piccole cose invasero il suo corpo e le ampie

stanze in cui abitava il suo avvilimento;

lei rende onore agli oggetti belli, al bicchiere di

vino, alla testa di fango, a foto e feticci,

reliquie per colmare il vuoto di ciò che avrebbe potuto essere,

cerca la terra incendiata in qualche angolo

della dimenticanza,

ferite sulla pelle della schizofrenia, accumula

gesti per aggiornare la morte;

Dama del Feticcio, Guaritrice, Sig.ra del Crisma Rotto:

sopravvive al faccia a faccia col suicidio, l’afferra tra

vetro e porcellana, lo irriga con tè gelato,

lo profuma con tabacco biondo, l’invade col fantasma

di un calligrafo morto che la possiede

ed è padrone della sua insonnia e la culla con un

concerto di piano nella vena aorta;

un fiore chiamato crisantemo, la secchezza della carne:

ideogrammi di un riarso cuore ansioso;

Padrona del Sonno Sonnambulo, ella cammina sulla scala

a spirale che porta al fondo dei Caraibi;

 

si aggrappa al fossile di una rosa da mille anni appassita:

fila di specchi che finisce e comincia in Santa Rosa,

dalle sedie viennesi alle sedie viennesi, l’orma

digitale della pazzia stampata per sempre sul

tedio.

 

 

 

Vendetta

 

Ora tu, tornata poesia,

classificata in versi che ti nominano,

la bella, l’innumerevole, luminosa,

ora tu, tornata poesia,

il tuo corpo, splendore,

brina, rifiuto di parola,

poesia a malapena il tuo corpo

prigioniero nella poesia,

tornato versi che si leggono in sala,

il tuo corpo che è passato

ed è questa poesia

questa misera vendetta.

 

 

 

Il mestiere

 

La poesia, quella battaglia di parole stanche; nomi di

cose che il rumore trafuga;

arrivano i fedeli a riconoscere il segno, araldica in cui

ogni rito ha il suo posto:

là la cornucopia, l’altare, il girifalco, qui vicinissime

una notte e una stella:

ampia rete di suoni che celano questo cuore assiderato e

amaro,

un chicco d’uva verde, il silenzio irripetibile di una

strada della mia infanzia.

La poesia: questo conforto di stolti senz’amore né

speranza,

ebbri del frastuono del verbo, storditi da cose

che ne significano altre,

suoni di suoni.

Preferisco guardare le tue lettere che leggerle; a un tratto disegni

un bacio;

la poesia: quest’aragosta, questa sceneggiata, questa cosa che

è altra da sé,

la risata non è di Alejandra, lo splendore di tanti sonni

silenziosi,

una forma taciuta.

 

 

 

Poesie d’amore; 13

 

Prima c’è solitudine.

Nelle viscere e nel centro dell’anima:

è questa l’essenza, il dato fondante, l’unica certezza;

che solo il tuo respiro ti accompagna

che sempre ballerai con la tua ombra

che quella tenebra sei tu.

Il tuo cuore, quel frutto perplesso, non deve inacidirsi col

tuo destino solitario;

lascia che speri senza speranza

l’amore è un regalo che un giorno arriva da solo.

Ma prima c’è la solitudine,

e tu sei solo,

sei solo col tuo peccato originale – con te stesso.

Per caso una notte, alle nove,

appare l’amore e tutto esplode e qualcosa ti s’illumina dentro,

e diventi un altro, meno amareggiato, più felice;

ma non dimenticare, specialmente allora,

quando l’amore arriverà e ti brucerà

che prima e sempre c’è la tua solitudine

e dopo niente

e dopo, se deve arrivare, c’è l’amore.

 

 

 

Della nostalgia, I

 

 

Ricordo soltanto d’aver dimenticato l’accento delle

più amate voci,

e d’aver perso per sempre l’odore dei frutti dell’infanzia,

il sapore esatto della pesca,

il frullare d’aria fredda tra i pini,

l’entusiasmo di scoprire una noce caduta dall’albero.

Sortilegi di un altro tempo che ora sono appena litania

incolore,

vana convocazione che non mi porta lo stupore di vedere un

colibrì nella mia stanza,

come molte albe della mia infanzia.

Come recuperare certe carezze e i più essenziali

abbracci?

Come rivivere la più certa penombra, illuminata

appena dalla luce dei Beatles,

e come fare che piova la stessa pioggia che vedevo cadere

a tredici anni?

Come tornare all’estasi di sole, alla luce ebbra dei miei sette

anni,

al sapore maturo della mora,

a tutto quel territorio sconosciuto dalla morte,

a quella palpitante luce della purezza,

a tutto questo che sono e più non mi appartiene?

 

 

 

Una notte

 

 

Il giorno non è la luce,

è tenebra trasparente vestitasi di nero con le

ore,

affinché le voci dell’insonnia

oltrepassino il silenzio della notte

e la ciste del disamore si trasformi in un pianto di

parole spezzate, in un clamore dell’aria.

L’oblio è amore che si trasforma in un niente interminabile

di ossessioni,

in lento disfarsi;

alla fine dell’amore sta l’oblio e l’oblio tarda a

maturare

e le voci che a volte si sentono all’alba,

prima della prima luce,

sono eco del silenzio angosciato

degli esseri che dimenticano,

degli esseri che amarono e passano settimane e mesi

a dimenticare.

L’oblio non è che qualcosa si cancelli nella memoria,

l’oblio ti occupa tutto il tempo, nel momento del lavoro o

della toilette, quando mangi o preghi non dimentichi di

dimenticare.

Frattanto nella notte, quando il silenzio è la materia

più consistente del buio,

si allineano voci senza padrone, le voci silenziose di

quelli che agonizzano dimenticando:

–Continuo a respingere le tue apparizioni, evito gli istanti in cui

desidero solo te,

non sei più mia,

nessuno ripete, non ci sono ritorni, lo sappiamo, ma non

mi riposo dal dimenticarti,

mi consumo tutta notte ogni notte con te, dimenticandoti. Tu

ben lontana e io qui con te

dimenticandoti,

dimenticandoti.

–La parola uccide

e io ti vado scuoiando con ogni sillaba.

Dardo il mio verbo, arma mortale.

Lune in agonia esplodono in questa memoria di

guerra.

Quando l’amore finisce ogni ricordo tortura, dimenticando

si convertono in spine le fortune del passato:

sapere che mi amasti è imparare che il tuo amore

avvelena;

per degradarmi oggi, ti amai allora,

sono in guerra con ciò che ho di te, un fantasma che

s’impossessa delle mie notti,

la rabbia di sapere che non è il tuo, quando un altro corpo.

Devo purificarmi di te, suicidarmi di te, cambiare la

pelle che tu accarezzasti.

Devo ammazzarti in me per non essere solo un pezzo di

passato.

–Come ti vado disamando, che lungo e monotono

esercizio non amarti più e pensare a te tutto il tempo,

che tortura sottile sentire che la mia lussuria sta in abbracciare un

corpo che non abbraccerò più,

quando un tempo senza te e con me, tornato a me,

recuperato dalla droga del tuo respiro?

Ti espello da me, ti esorcizzo, ti chiamo a ogni secondo

affinché tu mi esca dall’anima, affinché il tuo fantasma non

mi annulli.

Ah, i nostri momenti di fortuna sono troppo

lontani e non mi spiegano più le insonnie di questo

oblio minuzioso.

Se ne va un giorno intero a dimenticarmi a ogni istante di

noi.

Se ne va tutta la rabbia quando mi rendo conto, lacerato,

che non potrei neppure ferirti.

 

 

 

Apparizioni

 

 

Non sono carne o spirito,

neppure il confuso miscuglio di entrambi,

né bestie né angeli

né la loro scardinata media.

Sono scintillii,

vuoti di tempo pieni di luce o senza di lei,

galoppa sulla luna,

esseri che invento e sono la mia vita,

scorci del giardino sacro,

forme di poesia,

miracoli in metafora di corpo,

metafora incompleta senza tatto né profumi,

metafora totale, pienezza dove non esiste il tempo,

dove non esistono gli effimeri tatti e profumi che sono dentro il tempo.

 

 

 

Salve, solitudine

 

Benvenuta, vecchia amica, ti ho creduta assente ed eri qui

nascosta, confusa con me;

benvenuta, ora che ti vedo, benvenuta nella casa che più

ti appartiene, il pulsare del mio sangue,

ti accolgo nel tempo ampio della poesia, nel dolce

sonno, nel formicolio della mia mano sinistra,

lavati con me, una doccia calda che batta

la schiena,

–ah, nudi affinché io e te siamo uno–,

prestami una delle tue camicie bianche di cotone,

vieni a prendere un caffè, senza zucchero: come lo bevo solo

con te,

amica, piattola, ombra,

e fumiamo osservando la variazione di colore della montagna,

fonditi con me affinché possa guardare come

albeggia,

vieni a cantarmi una canzone, sostienimi il riso di goderti

fino al midollo, mia generosa,

portami così, tranquillo, a questo o quel libro, lascia che legga per te

a voce alta e dimmi se ti annoi,

diventa musica, cuscino; converti, maga, la tua

sostanza in fumo, sulla soglia delle visioni,

suggi con me il nettare della sacra euforia del silenzio,

delira, ragazza della mia vita, e narra il tuo racconto

mentre io, rozzo, ricevo il tuo dettato:

taccia sempre ogni attesa o speranza

che non senta il tempo,

e balla con me la danza del sorriso nell’occhio della

mente

fino a cadere, indissolubilmente insieme, fulminati.

 

 

 

Pezzi per pianoforte , VII

 

1

 

Se la pioggia cantasse

suonerebbe come questo piano lento

che gira attorno a un solo motivo.

Ma la pioggia non canta.

La pioggia è silenzio dal dodicesimo piano.

E batte solo contro il vetro quando il vento la spinge

e suona suadente o brusca.

Quasi sempre la pioggia mi passa in silenzio davanti alla finestra

e intuisco che porta voglia di cantare un canto triste,

un canto di piano senza parole possibili.

 

 

2

 

Io non sono.

Sono le cose che passano,

la pioggia benedetta.

Se qualcosa sono, sono uno che vede piovere

che sente piovere,

sono un orecchio nella musica del vento,

una pelle nel freddo del vento,

uno che sta disteso

mentre fuori c’è una città che non conosco

che a stento fiuto.

Sono quel profumo che ignorava.

 

 

3

 

Annoto parole che sistemo tra due note.

Sono un balsamo.

Parole come allodola o jacaranda

che volano o fioriscono nel mio libretto.

Le lettere della mia jacaranda sono nere,

ma la parola ha il colore della jacaranda fiorita.

Le lettere della mia allodola sono quiete,

ma la parola allodola vibra

come il corpo vivo dell’allodola,

come il suo canto vibra.

 

 

 

Elegia

 

 

Ancora perdurano quei pomeriggi di sole: nulla da aspettarsi

dal domani,

avevamo giù tutto dal giorno che stavamo vivendo,

un pan caotico di chi confida in tutto, sonno

profondo, sonno quieto,

la minima certezza della carne con un po’ di tenerezza contro

il sangue amaro,

una sgradevole sicurezza di restare giovani,

incolumi, senza macchia alcuna nelle viscere.

Ancora esistono quelli pomeriggi, senza disprezzo e senza affetto

per niente che non fosse il nostro piacere:

il mondo intero entrava nel letto in cui ci amammo.

Scorgo un giardino tra nebbie: sentivamo l’odore

dei gelsomini sfumati,

quella nebbia aveva gli aromi lievi dei nostri corpi,

quel profumo che giunse a essere un altro profumo,

l’odore inestinguibile:

ancora ogni boccata d’aria mi mantiene vivo

solo per la speranza di aspirare quell’odore.

Cuore predatore, cloaca, rovina di un cielo che fu

qualunque cosa io sia stato:

ora la mia parola sporca gira attorno a quelle rovine di me

stesso:

ti ho amata e questo basta,

stretto a te sono stato felice,

ora lo so,

ora che tu appartieni alla morte.

 

 

 

Conversazioni con Dio, 12

 

Mi disse,

varie volte mi disse:

–Non tentare di comprendere il tempo, non ti mettere a

seguirlo mentre si allunga, guardare l’orologio prolunga le

attese, lo sai.

Dimentica il tempo, non lo spiegare perché mentiresti,

non lo comprendere perché impazziresti,

non ti mettere col tempo – mi ammonì come se il

tempo fosse l’albero proibito del paradiso –,

te lo dico per il tuo bene: lascia in pace il tempo, non ti ci mettere,

non ti ci mettere – ripeteva e ripeteva –.

Se possibile non caricare l’orologio, piuttosto impara a

indovinare l’ora

– mi disse e sorrideva. Non vidi mai il sorriso di Dio, ma

è facile sapere quando accompagna le sue parole con

sorrisi.

Tutto questo me lo disse Dio: il tempo è uno dei temi

favoriti di Dio.

Un giorno gli domandai:

–Se vuoi che dimentichi di spiegare il tempo,

perché, allora, mi parli tanto del tempo?

Mi rispose lapidario: – Il tempo è il segreto del

piatto, l’ingrediente che non conoscerà mai nessuno.

Osai rivolgermi a un Dio assorto nel mistero:

– Parli come se tu stesso non osassi rivolgerti al

tempo.

Sono molto grandi i silenzi di Dio, e quel giorno sentii

la gravità del suo silenzio. Come un vento gelato mi

traforò il suo silenzio.

Al momento Dio, che non a caso è Dio, lasciò intendere una risatina

maliziosa e mi disse:

–Tu conosci l’eternità da fuori. Così, allo stesso

modo, io conosco il tempo, da fuori di lui.

Ora lo penso: Dio è paziente perché non aspetta.

Dio non conosce l’attesa, non sa delle ansie,

ignora il male e disconosce il tempo.

Darío Jaramillo AgudeloDarío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, Colombia, 1947) es poeta, narrador y ensayista. Entre sus libros de posía destacan Tratado de retórica, Poemas de amor, Cantar por cantar, Gatos y Cuadernos de música; entre sus novelas, Cartas cruzadas (Era, 1999), La voz interior y Historia de Simona, y entre sus libros de ensayos Poesía en la canción popular latinoamericana y Historia de una pasión. Ha obtenido el Premio nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus y el Premio de Novela Corta José María de Pereda. Fue becario de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation 2008-2009 y es miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

Darío Jaramillo AgudeloDarío Jaramillo Agudelo (Santa Rosa de Osos, Antioquia, Colombia, 1947) è poeta, narratore e saggista. Tra i suoi libri di poesia spiccano Tratado de retórica, Poemas de amor, Cantar por cantar, Gatos e Cuadernos de música; tra i suoi romanzi, Cartas cruzadas (Era, 1999), La voz interior e Historia de Simona, e tra i suoi libri di saggi, Poesía en la canción popular latinoamericana e Historia de una pasión. Ha ricevuto il Premio Nazionale di Poesia Eduardo Cote Lamus e Il Premio per il Romanzo breve José María de Pereda. È stato borsista della John Simón Guggenheim Memorial Foundation 2008-2009 ed è membro corrispondente della Academia Colombiana de la Lengua.

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