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Jorge Carrera Andrade, Soledad habitada/Solitudine abitata

Amigo de las nubes

Forastero perdido en el planeta
entre piedras ilustres, entre máquinas
reparto el sol del trópico en monedas.

Ciudadanos de niebla, hombres del viento
y del disfraz azul, de la alcancía
y del dios de los números:
Yo leo en vuestras máscaras floridas.

Manjar de espinas con sazón de hielo
me brindáis cada día. Nada os pido
cínicos hospederos de este mundo,
guardianes de un incierto paraíso.

Mercaderes de avispas:
soy hombre de los trópicos azules.
Os espío por cuenta de la luna.
Soy agente secreto de las nubes.

 

 

 

 

El viaje infinito

Todos los seres viajan
de distinta manera hacia Su Dios:
La raíz baja a pie por peldaños de agua.
Las hojas con suspiros aparejan la nube.
Los pájaros se sirven de sus alas
para alcanzar la zona de las eternas luces.

El lento mineral con invisibles pasos
recorre las etapas de un círculo infinito
que en el polvo comienza y termina en el astro
y al polvo otra vez vuelve
recordando al pasar, más bien soñando
sus vidas sucesivas y sus muertes.

El pez habla a su Dios en la burbuja
que es un trino en el agua,
grito de ángel caído, privado de sus plumas.
El hombre sólo tiene la palabra
para buscar la luz
o viajar al país sin ecos de la nada.

 

 

 

 

Cuaderno del paracaidista

Sólo encontré dos pájaros y el viento,
las nubes con sus mapas enrollados
y unas flores de humo que se abrían buscándome
durante el vertical viaje celeste.

Porque vengo del cielo
como en las profecías y en los himnos,
emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,
mi provisión de vidas y de muertes.

Del cielo voy bajando como el día.
Humedezco los párpados
de aquellos que me esperan: he seguido
la ruta de la luz y de la lluvia.

Buen arbusto, protéjeme.
Dile, tierra, a tu surco mojado que me acoja
y a ese tronco caído
que me enseñe el calor, la forma inerte.

¡Aquí estoy, campesinos europeos!
Vengo en nombre del pan, de las madres del mundo
de toda la blancura degollada:
la garza, la azucena, el cordero, la nieve.

Fortalecen mi brazo ciudades en escombros,
familias mutiladas, dispersas por la tierra,
niños y campos rubios viviendo, desde hace años,
siglos de noche y sangre.

Campesinos del mundo: he bajado del cielo
como una blanca umbela o medusa del aire.
Traigo ocultos relámpagos o provisión de muertes,
pero traigo también las cosechas futuras.

Traigo la mies tranquila sin soldados,
las ventanas con luz otra vez, persiguiendo
la noche para siempre derrotada.
Yo soy el nuevo ángel de este siglo.

Ciudadano del aire y de las nubes,
poseo sin embargo una sangre terrestre
que conoce el camino que entra a cada morada,
el camino que fluye debajo de los carros,

las aguas que pretenden ser las mismas
que ya pasaron antes,
la tierra de animales y legumbre con lágrimas
donde voy a encender el día con mis manos.

 

 

 

 

Los amigos del paseo

Los sauces son buenos amigos
en el paseo solitario;
tiemblan, recuerdan y son tristes
como almas ante los fracasos.

Pensativos tocan el agua
apenas como sombras verdes,
y el corazón va como un pájaro
hacia su tenuidad doliente.

Tienen rumor de pies de seda
sobre el agua atenta a su sueño.
la sombra de Bion los inclina
y oyen su flauta en el recuerdo.

Dan al mal viento un olor triste
y a la vida un sabor bucólico,
y en su silencio verde ocultan
las viejas sombras del coloquio.

Y así los sauces me convencen
en el solitario paseo
de que hay un placer dulce y fino
en dar el corazón al viento.

 

 

 

 

Edición de la tarde

La tarde lanza su primera edición de golondrinas
anunciando la nueva política del tiempo,
la escasez de las espigas de la luz,
los navíos que salen a flote en el astillero del cielo,
el almacén de sombras del poniente,
los motines y desórdenes del viento,
el cambio de domicilio de los pájaros,
la hora de apertura de los luceros.
La súbita defunción de las cosas
en la marea de la noche ahogadas,
los débiles gritos de auxilio de los astros
desde su prisión de infinito y de distancia,
la marcha incesante de los ejércitos del sueño
contra la insurrección de los fantasmas
y, al filo de las bayonetas de la luz, el orden nuevo
implantado en el mundo por el alba.

 

 

 

 

Inventario de mis único bienes

La nube donde palpita el vegetal futuro,
los pliegos en blanco que esparce el palomar,
el sol que cubre mi piel con sus hormigas de oro,
la oleografía de una calabaza pintada por los negros
las fieras de los bosques del viento inexplorados,
las ostras con su lengua pegada al paladar,
el avión que deja caer sus hongos en el cielo,
los insectos como pequeñas guitarras volantes,
la mujer vista de pronto como un paisaje iluminado por un relámpago,
la vida privada de la langosta verde,
la rana, el tambor y el cántaro del estómago,
el pueblecito maniatado con los cordeles flojos de la lluvia,
la patrulla perdida de los pájaros
– esos grumetes blancos que reman en el cielo – ,
la polilla costurera que se fabrica un traje,
la ventana – mi propiedad mayor – ,
los arbustos que se esponjan como gallinas,
el gozo prismático del aire,
el frío que entra a las habitaciones con su gabán mojado,
la ola de mar que se hincha y enrosca como el capricho de un vidriero,
y ese maíz innumerable de los astros
que los gallos del alba picotean
hasta el último grano.

 

 

 

 

Soledad habitada

La soledad marina que convoca a los peces,
la soledad del cielo herida de alas,
se prolongan en ti sobre la tierra,
soledad despoblada, soledad habitada.

Las hojas de árbol solas cada una en su sitio,
saben que les reservas una muerte privada.
No te pueden tragar, a mordiscos de música,
con su boca redonda el pez y la guitarra.

Cargada de desierto y de poniente
andas sobre el planeta, de viento disfrazada,
llenando cuevas, parques, dormitorios
y haciendo suspirar a las estatuas.

A tu trampa nos guías
con tu lengua de pájaro o lengua de campana.
En tu red prisioneros para siempre,
roemos el azul de la infinita malla.

Te hallas en todas partes, soledad,
única patria humana.
Todos sus habitantes llevamos en le pecho
extendido tu gris, inmensurable mapa.

 

Jorge Carrera Andrade

Amico delle nuvole

Forestiero smarrito nel pianeta
tra pietre illustri, tra macchine
distribuisco il sole del tropico in monete. 

Cittadini di nebbia, uomini del vento
e della maschera azzurra, del salvadanaio
e del dio dei numeri:
io leggo nelle vostre maschere floride. 

Manicaretto di spine dal sapore di ghiaccio
mi offrite ogni giorno. Niente vi chiedo
cinici ospiti di questo mondo,
guardiani di un incerto paradiso. 

Mercanti di vespe:
sono uomo dei tropici azzurri.
Vi spio per conto della luna.
Sono agente segreto delle nubi.

 

 

 

 

Il viaggio infinito

Tutti gli esseri viaggiano
in modo diverso verso il loro Dio:
La radice scende a piedi su gradini d’acqua.
Le foglie sospirando preparano la nube.
Gli uccelli usano le ali
per raggiungere la terra delle luci eterne.

Il lento minerale con passi invisibili
percorre le tappe di un cerchio infinito
che inizia nella polvere e finisce nella stella
e di nuovo alla polvere ritorna
ricordando al passaggio, o piuttosto sognando
le sue vite successive e le sue morti

Il pesce parla al suo Dio nella boccia
ed è un trillo in acqua
un grido d’angelo caduto, privato delle penne.
Solo l’uomo possiede la parola
per cercare la luce
o viaggiare verso il paese che non ha echi del nulla.

 

 

 

 

Diario del paracadutista

Incontrai soltanto due uccelli e il vento,
le nubi con le loro mappe arrotolate
e fiori di fumo che si aprivano a cercarmi
nel celeste viaggio verticale.

Perché vengo dal cielo
come nelle profezie e negli inni,
emissario dell’altezza, con la mia uniforme di foglie,
la mia provvista di vite e di morti.

Dal cielo vado calando come il giorno.
Inumidisco le palpebre
di quelli che mi aspettano: ho seguito
la rotta della luce e della pioggia.

Mite arbusto, proteggimi.
Di’, terra, al tuo solco bagnato che mi accolga
e a questo tronco caduto
che m’insegni il calore, la forma inerte.

Sono qui contadini europei!
Vengo in nome del pane, delle madri del mondo
di tutta la bianchezza sgozzata
l’airone, il giglio, l’agnello, la neve.

Rafforzate il mio braccio città in macerie,
famiglie mutilate, disperse per il mondo,
bimbi e campi biondi che vivono, da anni,
secoli di notte e sangue.

Contadini del mondo: sono sceso dal cielo
come un bianco ombrello o medusa dell’aria.
Porto occulti lampi o provvista di morti,
ma porto anche i futuri raccolti.

Porto la quieta messe senza soldati,
le finestre di nuovo illuminate, inseguendo
la notte per sempre sconfitta.
Io sono il nuovo angelo di questo secolo.

Cittadino delle nuvole e dell’aria,
possiedo comunque sangue terrestre
che conosce la strada per ogni casa,
la strada che scorre sotto i carri,

le acque che fingono di essere le stesse
che sono passate prima,
la terra di animali e legumi in lacrime
dove vado a incendiare il giorno con le mani.

 

 

 

 

Gli amici della passeggiata

I salici sono buoni amici
nella passeggiata solitaria;
tremano, ricordano e sono tristi
come anime di fronte ai fallimenti.

Pensierosi toccano l’acqua
appena come ombre verdi,
e il cuore va come un uccello
verso la sua atenuità dolente.

Hanno notizia di piedi di seta
sull’acqua attenta al suo suono.
l’ombra di Bion li inclina
e sentono il suo flauto nel ricordo.

Danno al ventaccio un odore triste
e alla vita un sapore bucolico
e nel silenzio verde occultano
vecchie ombre di conversazione.

E così i salici mi convincono
nella solitaria passeggiata
che c’è un piacere dolce e sottile
nel dare il cuore al vento.

 

 

 

 

Edizione della sera

La sera lancia la sua prima edizione di rondini
annunciando la nuova politica del tempo,
la penuria delle spighe della luce,
le navi che affiorano nel cantiere del cielo,
il magazzino d’ombre del tramonto
le rivolte e i disordini del vento,
il cambio di domicilio degli uccelli,
l’orario d’apertura delle stelle del mattino.
La morte improvvisa delle cose
annegate nella marea della notte,
le flebili grida d’aiuto degli astri
dalla loro prigione d’infinito e distanza,
la marcia incessante degli eserciti del sogno
contro l’insurrezione dei fantasmi
e, a filo delle baionette della luce, il nuovo ordine
istituito nel mondo dall’alba.

 

 

 

 

Inventario dei miei unici beni

La nube dove palpita il vegetale futuro,
i fascicoli in bianco che sparge la colombaia,
sole in formiche d’oro che mi copre la pelle,
l’oleografia di una zucca dipinta dai neri
le fiere dei boschi del vento inesplorati,
le ostriche con la lingua attaccata al palato,
l’aereo che lascia cadere i suoi funghi nel cielo,
gli insetti come piccole chitarre volanti,
la donna vista d’un tratto come un paesaggio illuminato da un lampo,
la vita privata dell’aragosta verde,
la rana, il tamburo e la giara dello stomaco,
il paesello dalle mani legate con flosce corde di pioggia,
la pattuglia sperduta degli uccelli
– quei mozzi bianchi che remano nel cielo – ,
la tarma costruttrice che si confeziona un completo,
la finestra – mia proprietà più grande – ,
gli arbusti che si gonfiano come galline,
la gioia prismatica dell’aria,
il freddo che entra col suo fradicio cappotto nelle stanze,
l’onda del mare che si gonfia e avvita come il capriccio di un vetraio,
e quel mais innumerevole delle stelle
che i galli dell’alba beccano
fino all’ultimo chicco.

 

 

 

 

Solitudine abitata

La solitudine marina che convoca i pesci,
la solitudine del cielo, ferita di ali,
si prolungano in te sulla terra,
solitudine spopolata, solitudine abitata.

Le foglie dell’albero ciascuna sola al suo posto,
sanno che riservi loro una morte privata.
Non ti possono inghiottire, a morsi di musica,
con la loro bocca rotonda il pesce e la chitarra.

Carica di deserto e di tramonto
vaghi sul pianeta, travestita di vento,
colmando grotte, parchi, dormitori
e facendo sospirare le statue.

Alla tua trappola ci conduci
con la tua lingua d’uccello o lingua di campana.
Nella tua rete prigionieri per sempre,
rodiamo l’azzurro dell’infinita maglia.

Sei in ogni dove, solitudine,
unica patria umana.
Noi suoi abitanti ci portiamo tutti nel petto
distesa la tua grigia, immisurabile mappa.

 

Traduzione di Chiara De Luca

Jorge Carrera Andrade: Nato a Quito nel 1903, fece parte del gruppo letterario “La Idea” e fu uno dei pionieri del rinnovamento lirico in America Latina, apportando un notevole contributo all’avanguardia. Tra le sue opere si segnalano: El estanque inefable (L’ineffabile lago artificiale, 1922), La Guirnalda del silencio (La ghirlanda del silenzio, 1926), Boletines de mar y de tierra (Bollettini di mare e di terra, 1920), La hora de las ventanas iluminadas (L’ora delle finestre illuminate, 1937), Registro del mundo (Registro del mondo 1940) Familia de la noche (Famiglia della notte, 1953) e Floresta de los guacamayos (La foresta delle are, 1964), Biografía para el uso de los pájaros (Biografia ad uso degli uccelli, 1968) e Poesía última (Poesia ultima, 1968). Tra le opere in prosa ricordiamo: Rostros y climas (Volti e climi, 1948), Viajes por países y libros (Viaggi per libri e paesi, 1961), El fabuloso reino de Quito (Il favoloso regno di Quito1963) La tierra siempre verde (La terra sempre verde, 1956), El volcán y el colibrí (Il vulcano e il colibrì, 1970).
È inoltre autore di numerosi saggi e traduzioni pubblicati in diverse riviste di lingua spagnola.
Nel 1977 ricevette il “Premio Nacional de Cultura”. Morì un anno dopo.

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