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Jorge Carrera Andrade: Un forastero perdido en el planeta/Un forestiero smarrito nel pianeta

Jorge Carrera Andrade
Un forastero perdido en el planeta

Por Chiara De Luca

 

Presentado como candidato al Nobel en 1976, Jorge Carrera Andrade* es una de las voces más significativas de la poesía latinoamericana contemporánea. Poeta, ensayista, traductor y periodista, ejerció una intensa actividad como diplomático, viviendo por largos períodos en Francia, Alemania, España, Japón y Venezuela. En 1946, para no sentirse cómplice de la dictadura, renunció a un nuevo encargo diplomático y empezó a trabajar en una agencia publicitaria; no obstante, siguió colaborando con diversos periódicos de Caracas. Enseguida recibió muchos encargos por las Naciones Unidas, tuvo conferencias en la Universidad de Columbia-E.E.U.U., y fue embajador de su país en Nicaragua. Algunos años después, en 1969, abandonó la carrera diplomática como protesta contra el nuevo régimen militar.

A pesar de sus numerosos viajes, y de sus largas estancias al extranjero, Carrera Andrade siempre mantuvo una ligazón muy fuerte con su tierra, cuyo color parece acompañarlo en todos los lugares en los que vivió, junto a la nostalgia de un mundo en una rápida y constante metamorfosis, al cual él asistió con la mirada atenta de quien sólo se aleja para volver, y con la dolorosa participación en la suerte de una antigua civilización que el poeta conoce y reconoce, sueña, evoca, por la cual se bate y que sigue queriendo, más allá de todas las durezas y las contradicciones creadas por la llegada de la modernidad.

Entrar en un poema de Jorge Carrera Andrade, dejándose transportar por sus versos, significa olvidarse, olvidar el tiempo del reloj, la ciudad que se arremolina al exterior. Progresar a través de estas páginas significa adentrarse en un territorio puesto fuera del espacio y del tiempo que conocemos, que nos solicita aguzar la mirada, alertar todos nos sentidos, respirar a fondo. Porque la palabra de Andrade, el verso de este “forastero perdido en el planeta”, “ciudadano del aire y de las nubes”, “emisario de la altura”, se mueve como un radar para descubrir todo lo que pasa inobservado, todo lo que se queda escondido, amenazando de ser pisoteado. Luego, como una lupa, la mirada del poeta se detiene sobre cada detalle, lo dilata, ofreciéndolo a la mirada del lector, para revelar su verdadero color y su perfume, sacando la pulpa, la esencia. La de Andrade es una poesía que se mezcla con las cosas, que se vuelve cosa, logrando encarnarla.

La poesía de este “Capitán del color”, “amigo de las nubes” es un espléndido himno de amor a la belleza y a la vitalidad de la naturaleza, que el poeta observa, explora, secciona, pinta en todos sus múltiples matices, en todos sus claroscuros más borrosos. Cada pequeño detalle del paisaje que Andrade describe y que quiere defender de la amenaza del progreso se revela ennoblecido, agrandado, devuelto doblemente vivo y presente. Nada se sustrae de la atención del ojo del poeta, que se detiene sobre los frutos, las plantas, las flores, las piedras, las rocas, los animales de las golondrinas a los mosquitos, del colibrí a la tortuga, de la gaviota al moscón, de la lagartija al topo, cuyos olores el lector puede aspirar; cuyas formas y colores que el lector puede ver, casi siguiendo sus perfiles, casi advirtiendo su consistencia.

La mirada del poeta abraza y envuelve cada cosa que encuentra, porque es la mirada de quien viene para querer con pasión a todos los seres, para “mirar el mundo hasta la entraña / y acariciar las cosas simplemente / único patrimonio de los hombres.”

Los paisajes, los animales y el estilo de vida descritos por Carrera Andrade son muy peculiares pero, después de una inicial desorientación, el lector no advierte ningún sentido de ajenidad o exclusión frente a un cuadro que a sus ojos podría aparecer lejano, desconocido, quizá también no completamente comprensible e imaginable. De ninguna manera. El lector siempre es envuelto e implicado por cuanto es descrito hasta encontrarse, de pronto, en medio del cuadro. Como John Peale Bishop escribió, “estos poemas crean una sensación de abundancia porque están colmados por los detalles más comunes de la vida de todos los días. Porque si es verdad que la vida de estos trabajadores está lejana de la nuestra, no están lejanas sus preocupaciones; hay muchos pobres entre ellos… Mucho de lo que aquí encontramos podría aparecernos extraño al principio; luego, en cambio, reconocemos que la inmediata extrañeza de las cosas no se debe al hecho de que pertenecen a un clima ecuatoriano lejano, sino más bien  porque fueron vistas de una manera diferente con respecto de quienquiera otro antes […] Jorge Carrera Andrade usa la fantasía como los primeros geógrafos hicieron sobre sus papeles cuando dibujaron el Ecuador.” La impresión que se recibe leyendo a Carrera Andrade, es justo aquella de encontrarse frente a una realidad dibujada con los pinceles de la mente y la memoria visual, pero sobre la base de un boceto realista, de un concreto advenedizo, musicalizado, representado con los rasgos de una imaginación viva, extrema, como la de un niño que inventa un mundo, haciendo hablar a los objetos inanimados, atribuyendo formas al cuerpo de las nubes, ojos a la cara de las estrellas, encomendándose a su experiencia inmediata. Eso también se debe, en parte, al hecho que durante sus frecuentes viajes y sus largas permanencias en el extranjero, el poeta también escribió desde la memoria y desde la nostalgia por su tierra, la que reexaminó en la mente, con las cuales conversaba a la distancia, en la duda de si haber visto “Una geografía de sueño, / una historia de magia”, si sólo hubiera aprendido la soledad, licenciándose “doctor en sueños.”

En la poesía de Carrera Andrade cada acontecimiento está preñado de sentido, cada animal, cada objeto vive su existencia escondida, nada aparece descontado o banal a los ojos del poeta. Así la noche al puerto “Los mástiles son cañas para pescar estrellas”, la “lámpara de abordo / salta como un gran pez / chorreando sobre el puente su fulgor escamoso”; el cacao “guardaba en un estuche su fortuna secreta”, la piña “su coraza de olor”; “El río da sin prisa su naipe transparente”, “El silencio camina a un inminente ruido”; la ventana es “Es amiga del hombre / y portera del aire” y “Conversa con los charcos de la tierra, / con los espejos niños de las habitaciones / y con los tejados en huelga.”

Según Carrera Andrade cada detalle es importante, cada cosa es digna de su pluma, que querría ver reemplazada por una “pluma de golondrina”, para cantar el deseo de un corazón que “quiere saltar descalzo”, que quiere palpitar libre, quiere entregarse al amor que “es más que la sabiduría: / es la resurrección, vida segunda”, porque potenciada es doblemente experimentada.

Pero el poeta no entiende aquí solamente la pasión amorosa por otro ser humano, sino más bien cómo un amor que se dilata para comprender el mundo, sin presunción de entenderlo o explicarlo, sino con el intento solitario de valorizarlo, de explicarlo, de cantarlo. Protagonistas de los versos de Carrera Andrade son los mosquitos que “parece que ciernen el silencio”, los gorriones que “cogen en el pico la perla / del buen tiempo”, la manzana “sobrina, fragante del corozo”, que “a morir se resiste en vano entre los dientes”, las uvas con su “mirada verde” y  sus “congeladas lágrimas”.

Su poesía no nos muestra una naturaleza antropomorfa, que participa en los hechos humanos, culturizándose, pero más bien nos devuelve la naturaleza en su esencia objetiva; sin embargo, vital. Cosas, animales, plantas son tomadas en su ser verdadero, en lo actuar. Es en virtud a esto, que a través de un proceso de humanización o de metamorfosis, la naturaleza afirma su dignidad, su superioridad respecto a las fuerzas que la amenazan y asedian.

Para Carrera Andrade “Todo los seres viajan / de distinta manera hacia Su Dios”, todo es movimiento hacia, movimiento con, cada cosa es invadida por una energía que la arrastra hacia un sentido, hacia un dios que es origen, cambio y transformación incesante, remolino inagotable desde el cual todo mana y al cual todo vuelve, encontrando en su movimiento la justificación plena de su existencia. La naturaleza está para él colmada de sentido, no es maestra sino inconsciente ejemplo, porque se limita a ser lo que es, desnuda de la falsedad y del artificio propio de la sociedad de los “Ciudadanos de niebla”, “hombres del viento”, “mercaderes de avispas”, “guardianes de un incierto paraíso”, intentos de tratar en vano de esconderse tras sus “máscaras floridas” para evitar la mirada algo indulgente de este “agente secreto de las nubes”. Nubes que el viento quisiera dispersar.

No obstante, junto al estupor frente a cada acontecimiento natural, en los poemas de Carrera Andrade también se percibe un constante sentido de exclusión y de autoexclusión. Por consiguiente, es la entrega a una soledad que nunca es aislamiento y desesperación, sino un territorio “poblado” del cual el poeta nunca logra ser completamente parte, tal como no puede (y no quiere) ser uno de los “cínicos hospederos de este mundo.” Porque Carrera Andrade es huésped compadecido y discreto, que se hace a un lado para observar, casi no osando participar del misterio que se muestra delante de sus ojos sin nunca revelarse completamente.

En la poesía de Carrera Andrade es el ser humano quien se acerca a la naturaleza, que confina con ella, en la tentativa de imitarla. Es su cuerpo el que padece la metamorfosis, que se vuelve naturaleza y belleza. La mujer querida es de vez en vez “planta y astro”, “fuente encantada / en el desierto”, su cuerpo es “un jardín, masa de flores / y juncos animados”, su boca es “fruto abierto”, su pelo una “cascada” donde su frente se moja, su semblante es “de agua fresca, / de arroyo primigenio”, que corre “hacia el origen / del manantial perdido”, para descubrir “el filón del infinito.”

Pero el poeta ecuatoriano no aspira a proveerle a los lectores de una escapatoria de la realidad concreta, ni a pintar una realidad paralela, es decir un mundo utópico, puesto fuera del espacio y del tiempo. Aunque su poesía sea universal, aprovechable en todo lugar con la misma participación, el mundo que dibuja, a veces de-formado y “filtrado” por los ojos de su mente, se inscribe en ese mundo del cual el poeta viajero conserva dentro de sus ojos todas las tonalidades, los vacíos y los claroscuros.

La poesía de Carrera Andrade no se detiene, en efecto, solamente sobre los aspectos más fascinantes de la existencia, sobre la belleza y el sentido que invaden la naturaleza. En el fondo, retratos con la misma nitidez, se destacan el sufrimiento y la soledad de las personas queridas, las tragedias individuales y colectivas que atormentaron su tierra, las devastaciones del pasado cuyas ruinas todavía son evidentes en un presente desolado en donde el poeta ya no se reconoce, en donde la gente intenta con fatiga salvaguardar la autenticidad de sus raíces, la esencia de la pertenencia plena a un mundo de valores sin tiempo, amenazada por los tiempos modernos.

El ciudadano de las nubes también viene en nombre de la mujer que le enseñó a cantar y acompañar a las palabras con la música, la madre once hijos, incansable trabajadora que “revestida de poniente, / guardó su juventud en una guitarra / y sólo algunas tardes la mostraba a sus hijos / envuelta entre la música, la luz y las palabras”, aunque ahora “han emigrado todos los ángeles terrestres, / hasta el ángel moreno del cacao” y “la guitarra solo es “ataúd de canciones”.

El poeta viene para recordar la partida de la última diligencia de Quito, el fin de la era campesina y la llegada de las máquinas y de la industria, que tanta grosería y miseria llevaron en su tierra.

Y también viene “en nombre del pan, de las madres del mundo / de toda la blancura degollada: / la garza, la azucena, el cordero, la nieve”, en nombre de un dolor que vuelve común las cosas, las plantas, los seres humanos y los animales.

Viene a decir y a contradecir, también, el horror y la insensatez.

Chiara De Luca
publicado originalmente en la revista peruana Vallejo & Co.

Jorge Carrera Andrade
Un forestiero smarrito nel pianeta

Di Chiara De Luca

 

Candidato al Premio Nobel nel 1976, l’ecuadoriano Jorge Carrera Andrade è una delle voci più significative della poesia latinoamericana contemporanea. Poeta, saggista, traduttore e giornalista, esercitò un’intensa attività di diplomatico, trascorrendo lunghi periodi in Francia, Germania, Spagna, Giappone, Venezuela. Nel 1946, per non sentirsi connivente con la dittatura, rinunciò a un nuovo incarico diplomatico e lavorò per un’agenzia pubblicitaria, continuando a collaborare con i giornali di Caracas. In seguito gli furono affidati diversi incarichi dalle Nazioni Unite, tenne conferenze alla Columbia University, e fu ambasciatore del suo Paese in Nicaragua. Nel 1969 abbandonò la carriera diplomatica per protesta contro il nuovo governo militare.

Nonostante i numerosi viaggi e lunghi soggiorni all’estero, Carrera Andrade ha mantenuto sempre saldo il legame con la sua terra, il cui colore pare accompagnarlo ovunque, assieme alla nostalgia per un mondo che vede cambiare velocemente, con lo sguardo vigile di chi si allontana per tornare e la dolente partecipazione al destino di un’antica civiltà che conosce e riconosce, sogna, evoca, per cui si batte, e che ama, al di là delle durezze e contraddizioni subentrate con l’avvento della modernità.

Entrare in una poesia di Jorge Carrera Andrade, lasciandosi trasportare dai suoi versi, significa dimenticarsi, dimenticare il tempo dell’orologio, la città che vortica all’esterno. Avanzare tra queste pagine significa addentrarsi in un territorio posto al di fuori dello spazio e del tempo che conosciamo; ci induce ad aguzzare lo sguardo, ad acuire tutti i sensi, respirare a fondo. Perché la parola di Andrade, il verso di questo “forestiero smarrito nel pianeta”, “cittadino dell’aria e delle nubi”, “emissario dell’altezza”, si muove come un radar a scovare tutto quanto di norma passa inosservato, resta nascosto, viene calpestato. Poi, come una lente d’ingrandimento, si sofferma sul particolare, lo dilata, offrendolo allo sguardo, rivelandone il vero colore, il profumo, scavandone fuori la polpa, l’essenza. Quella di Andrade è una poesia che si mescola alle cose, che si fa cosa, arrivando a incarnarla.

La poesia di questo “Capitano del colore”, “amico delle nuvole” è uno splendido inno d’amore alla bellezza e alla vitalità della natura, osservata, esplorata, sezionata, ritratta in tutte le sue molteplici sfumature, nei suoi più evanescenti chiaroscuri. Ogni minimo particolare del paesaggio che descrive – e che sembra voler difendere dalla minaccia del progresso – viene nobilitato, ingrandito, reso doppiamente vivo e presente. Nulla si sottrae all’attenzione vigile dell’occhio del poeta, che si sofferma su frutti, piante, fiori, pietre, rocce, animali – dalle rondini alle zanzare, dal colibrì, alla tartaruga, dal gabbiano al moscone, dalla lucertola – ne sente e ne lascia aspirare l’odore, ne vede e restituisce i colori e le forme, quasi ne fa seguire i profili, sentire al tatto la consistenza.

Lo sguardo del poeta abbraccia e avvolge tutto quello che incontra, per- ché è lo sguardo di chi viene per “amare con passione tutti gli esseri”, per “guardare il mondo fin nelle viscere / e accarezzare con semplicità le cose / unico patrimonio degli uomini”.

Nonostante i paesaggi, gli animali e lo stile di vita descritti da Andrade siano geograficamente distanti dal nostro, dopo l’iniziale spaesamento, il lettore italiano non avverte alcun senso d’estraneità o esclusione di fronte a un quadro che ai suoi occhi potrebbe apparire esotico, ignoto, forse anche non del tutto comprensibile e figurabile. Come scrisse John Peale Bishop, “queste poesie creano una sensazione di abbondanza perché sono colme dei dettagli più comuni della vita di tutti i giorni. Perché se è vero che vita di questi lavoratori è distante dalla nostra, non lo sono le loro preoccupazioni; tra loro i poveri sono così numerosi… Molto di ciò che qui incontriamo potrebbe apparirci strano all’inizio; poi, però, riconosciamo che l’immediata stranezza delle cose non è tanto dovuta al fatto che ci sono state portate da un clima ecuadoriano di-stante, quanto piuttosto perché sono state viste in modo diverso rispetto a chiunque altro prima […] Jorge Carrera Andrade usa la fantasia come i primi geografi facevano sulle loro carte quando disegnavano l’Ecuador”. L’impressione che si riceve leggendo questo poeta è proprio quella di trovarsi di fronte a una realtà disegnata coi pennelli della mente e della memoria visiva, ma sulla base di un bozzetto realistico, di una concretezza arricchita, musicata, rappresentata con i tratti di un’immaginazione viva, estrema, come quella di un bimbo che inventi un mondo, facendo parlare oggetti inanimati, attribuendo forme al corpo delle nubi, occhi al volto delle stelle, affidandosi alla sua esperienza immediata. Questo è in parte dovuto anche al fatto che, durante i suoi frequenti viaggi e le sue lunghe permanenze all’estero, il poeta scriveva anche mosso dal ricordo e dalla nostalgia per la sua terra, con cui conversava a distanza, nel dubbio di aver vissuto una “Una geografia di sogno, / una storia di magia”, di aver appreso “solo la solitudine, laureandosi “Dottore in sogni”.

Ogni evento è per Andrade pregno di significato, ogni animale, ogni oggetto vive una sua esistenza nascosta, nulla è scontato o banale agli occhi del poeta. Così la notte al porto “I pali sono canne per pescare le stelle”, “La lampada di bordo / salta come un grande pesce / gocciolando sul ponte il suo fulgore squamoso”; il cacao “custodiva in un astuccio il suo segreto tesoro”, la pigna “stringeva la sua corazza di profumo”; “Il fiume dà senza fretta la sua limpida carta da gioco”, “Il silenzio cammina verso un rumore imminente”; la finestra “amica dell’uomo / portinaia dell’aria”, “Conversa con le pozzanghere della terra, / con gli specchi bambini delle case / e con i tetti in sciopero”…

Per Andrade ogni particolare è importante, ogni cosa è degna della sua penna, che vorrebbe vedere sostituita con una “piuma di rondine”, per can- tare il desiderio di un cuore che “chiede di saltare scalzo”, di pulsare libero, di abbandonarsi all’amore, che “è più della saggezza: / è la resurrezione, vita seconda”, perché potenziata, doppiamente vissuta.

Il poeta non intende qui soltanto la passione amorosa per un altro essere umano, quanto piuttosto un bene che si dilata a comprendere il mondo, senza presunzione di capirlo o spiegarlo, bensì con il solo intento di valorizzarlo, dirlo, cantarlo. Protagonisti dei versi di Andrade sono le zanzare che “setacciano il silenzio”, i passeri che prendono nel becco “la perla del buon tempo”, la mela “nipote, fragrante del corozo”, che “invano si difende dalla morte tra i denti”, “l’uva dallo sguardo verde”, che “mostra le sue lacrime congelate”…

Questa poesia non ci mostra una natura antropomorfa, che partecipa delle vicende umane, umanizzandosi. Ci restituisce piuttosto la natura nella sua essenza oggettiva eppure vitale. Cose, animali, piante sono colte nella loro essenza, nel loro agire. È in virtù di questo, piuttosto che di un processo di umanizzazione o metamorfosi, che affermano la propria dignità, la propria superiorità nei confronti delle forze che li minacciano e assediano.

Per Andrade “Tutti gli esseri viaggiano / in modo diverso verso il loro Dio”, tutto è movimento verso, movimento con, ogni cosa è pervasa di un’energia che la trascina verso un senso, verso un dio che è origine, mutamento e trasformazione incessante, gorgo inesauribile da cui tutto scaturisce e cui tutto ritorna, trovando nel movimento stesso, nell’andare, la piena giustificazione della propria esistenza. La natura è per lui colma di senso, non è maestra, bensì inconsapevole esempio, perché si limita ad essere ciò che è, spogliata della falsità e dell’artificio propri della società dei “Cittadini di nebbia, uomini del vento”, “mercanti di vespe”, “guardiani di un incerto paradiso”, intenti a cercare invano di nascondersi, dietro le loro “maschere floride”, dallo sguardo poco indulgente di questo “agente segreto delle nubi”. Nubi che il vento vorrebbe disperdere.

Accanto allo stupore di fronte a ogni evento naturale c’è però nei ver- si di Andrade un costante senso di esclusione, e autoesclusione. Conseguenza è l’abbandono alla solitudine, che non è mai isolamento e dispera- zione, bensì territorio “abitato” di cui il poeta non riesce a essere interamente parte, così come non può e non vuole essere uno dei “ cinici abitanti di questo mondo”. Perché Andrade è ospite commosso e discreto, che si fa da parte per osservare, quasi non osa partecipare del mistero che gli si mostra davanti agli occhi senza mai con- cedersi del tutto.

Nella poesia di Andrade è l’uomo ad avvicinarsi alla natura, a confinare con essa, nel tentativo di imitarla. È il suo corpo a subire la metamorfosi, a farsi natura, bellezza. La donna amata è di volta in volta “pianta e astro”, “fonte incantata / nel deserto”, il suo corpo è “un giardino, massa di fiori / e giunchi animati”, la bocca “frutto aperto”, i capelli “cascata” in cui la fronte si bagna, i suoi tratti sono “d’acqua fresca, / di ruscello primigenio”, che scorre “verso l’origine / del- la sorgente perduta”, per scoprire “il filone dell’infinito.”

Ma il poeta ecuadoriano non mira a fornire una via di fuga dalla realtà concreta, né a dipingerne una parallela, un mondo utopico, al di fuori dello spazio e dal tempo. Per quanto la sua poesia risulti atemporale e ovunque fruibile con la medesima partecipazione, il mondo da lui disegnato, a tratti deformato e “filtrato” dagli occhi della sua mente, s’inscrive in quello reale, di cui il poeta viaggiatore conserva negli occhi tutte le tonalità, i vuoti, e i chiaroscuri.

La poesia di Andrade non si sofferma infatti soltanto sugli aspetti più affascinanti dell’esistenza, sulla bellezza e sul senso della natura. Sullo sfondo, ritratti con il medesimo nitore, risalta- no la sofferenza e la solitudine delle persone care, le tragedie individuali e quelle collettive che hanno martoriato la sua terra, le devastazioni del passa- to, le cui rovine sono ancora evidenti in un presente desolato, in cui non ci si riconosce più, in cui a fatica si tenta di salvaguardare l’autenticità delle proprie radici, l’essenza della piena appartenenza a un mondo di valori senza tempo, minacciati dai tempi.

Il cittadino delle nubi viene anche in nome della donna che gli insegnò a cantare e ad accompagnare le parole con la musica, la madre di undici figli, instancabile lavoratrice che “rivestita di ponente, / l’energia la custodiva dentro una chitarra / e ai figli la mostrava solo alcune sere / avvolta di luce, musica e parole”, anche se adesso “Sono emigrati tutti gli angeli terrestri, / perfino quello bruno del cacao”. E “la chitarra non è che una bara di canzoni”.

Il poeta viene per ricordare la partenza da Quito dell’ultima diligenza, la fine dell’era contadina e l’avvento delle macchine e dell’industria, che così tanta inciviltà e miseria hanno portato nella sua terra.

E viene anche “in nome del pane, delle madri del mondo / di tutta la bianchezza sgozzata / l’airone, il giglio, l’agnello, la neve”, in nome di un dolore che accomuna esseri umani, cose, animali.

Viene anche a dire e contraddire l’orrore e l’insensato.

Chiara De Luca
Originariamente pubblicato sulla rivista peruviana Vallejo & Co.

Amigo de las nubes

Forastero perdido en el planeta
entre piedras ilustres, entre máquinas
reparto el sol del trópico en monedas.

Ciudadanos de niebla, hombres del viento
y del disfraz azul, de la alcancía
y del dios de los números:
Yo leo en vuestras máscaras floridas.

Manjar de espinas con sazón de hielo
me brindáis cada día. Nada os pido
cínicos hospederos de este mundo,
guardianes de un incierto paraíso.

Mercaderes de avispas:
soy hombre de los trópicos azules.
Os espío por cuenta de la luna.
Soy agente secreto de las nubes.

 

 

 

 

El viaje infinito

Todos los seres viajan
de distinta manera hacia Su Dios:
La raíz baja a pie por peldaños de agua.
Las hojas con suspiros aparejan la nube.
Los pájaros se sirven de sus alas
para alcanzar la zona de las eternas luces.

El lento mineral con invisibles pasos
recorre las etapas de un círculo infinito
que en el polvo comienza y termina en el astro
y al polvo otra vez vuelve
recordando al pasar, más bien soñando
sus vidas sucesivas y sus muertes.

El pez habla a su Dios en la burbuja
que es un trino en el agua,
grito de ángel caído, privado de sus plumas.
El hombre sólo tiene la palabra
para buscar la luz
o viajar al país sin ecos de la nada.

 

 

 

 

Cuaderno del paracaidista

Sólo encontré dos pájaros y el viento,
las nubes con sus mapas enrollados
y unas flores de humo que se abrían buscándome
durante el vertical viaje celeste.

Porque vengo del cielo
como en las profecías y en los himnos,
emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,
mi provisión de vidas y de muertes.

Del cielo voy bajando como el día.
Humedezco los párpados
de aquellos que me esperan: he seguido
la ruta de la luz y de la lluvia.

Buen arbusto, protéjeme.
Dile, tierra, a tu surco mojado que me acoja
y a ese tronco caído
que me enseñe el calor, la forma inerte.

¡Aquí estoy, campesinos europeos!
Vengo en nombre del pan, de las madres del mundo
de toda la blancura degollada:
la garza, la azucena, el cordero, la nieve.

Fortalecen mi brazo ciudades en escombros,
familias mutiladas, dispersas por la tierra,
niños y campos rubios viviendo, desde hace años,
siglos de noche y sangre.

Campesinos del mundo: he bajado del cielo
como una blanca umbela o medusa del aire.
Traigo ocultos relámpagos o provisión de muertes,
pero traigo también las cosechas futuras.

Traigo la mies tranquila sin soldados,
las ventanas con luz otra vez, persiguiendo
la noche para siempre derrotada.
Yo soy el nuevo ángel de este siglo.

Ciudadano del aire y de las nubes,
poseo sin embargo una sangre terrestre
que conoce el camino que entra a cada morada,
el camino que fluye debajo de los carros,

las aguas que pretenden ser las mismas
que ya pasaron antes,
la tierra de animales y legumbre con lágrimas
donde voy a encender el día con mis manos.

 

 

 

 

Los amigos del paseo

Los sauces son buenos amigos
en el paseo solitario;
tiemblan, recuerdan y son tristes
como almas ante los fracasos.

Pensativos tocan el agua
apenas como sombras verdes,
y el corazón va como un pájaro
hacia su tenuidad doliente.

Tienen rumor de pies de seda
sobre el agua atenta a su sueño.
la sombra de Bion los inclina
y oyen su flauta en el recuerdo.

Dan al mal viento un olor triste
y a la vida un sabor bucólico,
y en su silencio verde ocultan
las viejas sombras del coloquio.

Y así los sauces me convencen
en el solitario paseo
de que hay un placer dulce y fino
en dar el corazón al viento.

 

 

 

 

Edición de la tarde

La tarde lanza su primera edición de golondrinas
anunciando la nueva política del tiempo,
la escasez de las espigas de la luz,
los navíos que salen a flote en el astillero del cielo,
el almacén de sombras del poniente,
los motines y desórdenes del viento,
el cambio de domicilio de los pájaros,
la hora de apertura de los luceros.
La súbita defunción de las cosas
en la marea de la noche ahogadas,
los débiles gritos de auxilio de los astros
desde su prisión de infinito y de distancia,
la marcha incesante de los ejércitos del sueño
contra la insurrección de los fantasmas
y, al filo de las bayonetas de la luz, el orden nuevo
implantado en el mundo por el alba.

 

 

 

 

Inventario de mis único bienes

La nube donde palpita el vegetal futuro,
los pliegos en blanco que esparce el palomar,
el sol que cubre mi piel con sus hormigas de oro,
la oleografía de una calabaza pintada por los negros
las fieras de los bosques del viento inexplorados,
las ostras con su lengua pegada al paladar,
el avión que deja caer sus hongos en el cielo,
los insectos como pequeñas guitarras volantes,
la mujer vista de pronto como un paisaje iluminado por un relámpago,
la vida privada de la langosta verde,
la rana, el tambor y el cántaro del estómago,
el pueblecito maniatado con los cordeles flojos de la lluvia,
la patrulla perdida de los pájaros
– esos grumetes blancos que reman en el cielo – ,
la polilla costurera que se fabrica un traje,
la ventana – mi propiedad mayor – ,
los arbustos que se esponjan como gallinas,
el gozo prismático del aire,
el frío que entra a las habitaciones con su gabán mojado,
la ola de mar que se hincha y enrosca como el capricho de un vidriero,
y ese maíz innumerable de los astros
que los gallos del alba picotean
hasta el último grano.

 

 

 

 

Soledad habitada

La soledad marina que convoca a los peces,
la soledad del cielo herida de alas,
se prolongan en ti sobre la tierra,
soledad despoblada, soledad habitada.

Las hojas de árbol solas cada una en su sitio,
saben que les reservas una muerte privada.
No te pueden tragar, a mordiscos de música,
con su boca redonda el pez y la guitarra.

Cargada de desierto y de poniente
andas sobre el planeta, de viento disfrazada,
llenando cuevas, parques, dormitorios
y haciendo suspirar a las estatuas.

A tu trampa nos guías
con tu lengua de pájaro o lengua de campana.
En tu red prisioneros para siempre,
roemos el azul de la infinita malla.

Te hallas en todas partes, soledad,
única patria humana.
Todos sus habitantes llevamos en le pecho
extendido tu gris, inmensurable mapa.

 

Jorge Carrera Andrade

Amico delle nuvole

Forestiero smarrito nel pianeta
tra pietre illustri, tra macchine
distribuisco il sole del tropico in monete. 

Cittadini di nebbia, uomini del vento
e della maschera azzurra, del salvadanaio
e del dio dei numeri:
io leggo nelle vostre maschere floride. 

Manicaretto di spine dal sapore di ghiaccio
mi offrite ogni giorno. Niente vi chiedo
cinici ospiti di questo mondo,
guardiani di un incerto paradiso. 

Mercanti di vespe:
sono uomo dei tropici azzurri.
Vi spio per conto della luna.
Sono agente segreto delle nubi.

 

 

 

 

Il viaggio infinito

Tutti gli esseri viaggiano
in modo diverso verso il loro Dio:
La radice scende a piedi su gradini d’acqua.
Le foglie sospirando preparano la nube.
Gli uccelli usano le ali
per raggiungere la terra delle luci eterne.

Il lento minerale con passi invisibili
percorre le tappe di un cerchio infinito
che inizia nella polvere e finisce nella stella
e di nuovo alla polvere ritorna
ricordando al passaggio, o piuttosto sognando
le sue vite successive e le sue morti

Il pesce parla al suo Dio nella boccia
ed è un trillo in acqua
un grido d’angelo caduto, privato delle penne.
Solo l’uomo possiede la parola
per cercare la luce
o viaggiare verso il paese che non ha echi del nulla.

 

 

 

 

Diario del paracadutista

Incontrai soltanto due uccelli e il vento,
le nubi con le loro mappe arrotolate
e fiori di fumo che si aprivano a cercarmi
nel celeste viaggio verticale.

Perché vengo dal cielo
come nelle profezie e negli inni,
emissario dell’altezza, con la mia uniforme di foglie,
la mia provvista di vite e di morti.

Dal cielo vado calando come il giorno.
Inumidisco le palpebre
di quelli che mi aspettano: ho seguito
la rotta della luce e della pioggia.

Mite arbusto, proteggimi.
Di’, terra, al tuo solco bagnato che mi accolga
e a questo tronco caduto
che m’insegni il calore, la forma inerte.

Sono qui contadini europei!
Vengo in nome del pane, delle madri del mondo
di tutta la bianchezza sgozzata
l’airone, il giglio, l’agnello, la neve.

Rafforzate il mio braccio città in macerie,
famiglie mutilate, disperse per il mondo,
bimbi e campi biondi che vivono, da anni,
secoli di notte e sangue.

Contadini del mondo: sono sceso dal cielo
come un bianco ombrello o medusa dell’aria.
Porto occulti lampi o provvista di morti,
ma porto anche i futuri raccolti.

Porto la quieta messe senza soldati,
le finestre di nuovo illuminate, inseguendo
la notte per sempre sconfitta.
Io sono il nuovo angelo di questo secolo.

Cittadino delle nuvole e dell’aria,
possiedo comunque sangue terrestre
che conosce la strada per ogni casa,
la strada che scorre sotto i carri,

le acque che fingono di essere le stesse
che sono passate prima,
la terra di animali e legumi in lacrime
dove vado a incendiare il giorno con le mani.

 

 

 

 

Gli amici della passeggiata

I salici sono buoni amici
nella passeggiata solitaria;
tremano, ricordano e sono tristi
come anime di fronte ai fallimenti.

Pensierosi toccano l’acqua
appena come ombre verdi,
e il cuore va come un uccello
verso la sua atenuità dolente.

Hanno notizia di piedi di seta
sull’acqua attenta al suo suono.
l’ombra di Bion li inclina
e sentono il suo flauto nel ricordo.

Danno al ventaccio un odore triste
e alla vita un sapore bucolico
e nel silenzio verde occultano
vecchie ombre di conversazione.

E così i salici mi convincono
nella solitaria passeggiata
che c’è un piacere dolce e sottile
nel dare il cuore al vento.

 

 

 

 

Edizione della sera

La sera lancia la sua prima edizione di rondini
annunciando la nuova politica del tempo,
la penuria delle spighe della luce,
le navi che affiorano nel cantiere del cielo,
il magazzino d’ombre del tramonto
le rivolte e i disordini del vento,
il cambio di domicilio degli uccelli,
l’orario d’apertura delle stelle del mattino.
La morte improvvisa delle cose
annegate nella marea della notte,
le flebili grida d’aiuto degli astri
dalla loro prigione d’infinito e distanza,
la marcia incessante degli eserciti del sogno
contro l’insurrezione dei fantasmi
e, a filo delle baionette della luce, il nuovo ordine
istituito nel mondo dall’alba.

 

 

 

 

Inventario dei miei unici beni

La nube dove palpita il vegetale futuro,
i fascicoli in bianco che sparge la colombaia,
sole in formiche d’oro che mi copre la pelle,
l’oleografia di una zucca dipinta dai neri
le fiere dei boschi del vento inesplorati,
le ostriche con la lingua attaccata al palato,
l’aereo che lascia cadere i suoi funghi nel cielo,
gli insetti come piccole chitarre volanti,
la donna vista d’un tratto come un paesaggio illuminato da un lampo,
la vita privata dell’aragosta verde,
la rana, il tamburo e la giara dello stomaco,
il paesello dalle mani legate con flosce corde di pioggia,
la pattuglia sperduta degli uccelli
– quei mozzi bianchi che remano nel cielo – ,
la tarma costruttrice che si confeziona un completo,
la finestra – mia proprietà più grande – ,
gli arbusti che si gonfiano come galline,
la gioia prismatica dell’aria,
il freddo che entra col suo fradicio cappotto nelle stanze,
l’onda del mare che si gonfia e avvita come il capriccio di un vetraio,
e quel mais innumerevole delle stelle
che i galli dell’alba beccano
fino all’ultimo chicco.

 

 

 

 

Solitudine abitata

La solitudine marina che convoca i pesci,
la solitudine del cielo, ferita di ali,
si prolungano in te sulla terra,
solitudine spopolata, solitudine abitata.

Le foglie dell’albero ciascuna sola al suo posto,
sanno che riservi loro una morte privata.
Non ti possono inghiottire, a morsi di musica,
con la loro bocca rotonda il pesce e la chitarra.

Carica di deserto e di tramonto
vaghi sul pianeta, travestita di vento,
colmando grotte, parchi, dormitori
e facendo sospirare le statue.

Alla tua trappola ci conduci
con la tua lingua d’uccello o lingua di campana.
Nella tua rete prigionieri per sempre,
rodiamo l’azzurro dell’infinita maglia.

Sei in ogni dove, solitudine,
unica patria umana.
Noi suoi abitanti ci portiamo tutti nel petto
distesa la tua grigia, immisurabile mappa.

 

Traduzione di Chiara De Luca

Jorge Carrera Andrade: Nato a Quito nel 1903, fece parte del gruppo letterario “La Idea” e fu uno dei pionieri del rinnovamento lirico in America Latina, apportando un notevole contributo all’avanguardia. Tra le sue opere si segnalano: El estanque inefable (L’ineffabile lago artificiale, 1922), La Guirnalda del silencio (La ghirlanda del silenzio, 1926), Boletines de mar y de tierra (Bollettini di mare e di terra, 1920), La hora de las ventanas iluminadas (L’ora delle finestre illuminate, 1937), Registro del mundo (Registro del mondo 1940) Familia de la noche (Famiglia della notte, 1953) e Floresta de los guacamayos (La foresta delle are, 1964), Biografía para el uso de los pájaros (Biografia ad uso degli uccelli, 1968) e Poesía última (Poesia ultima, 1968). Tra le opere in prosa ricordiamo: Rostros y climas (Volti e climi, 1948), Viajes por países y libros (Viaggi per libri e paesi, 1961), El fabuloso reino de Quito (Il favoloso regno di Quito1963) La tierra siempre verde (La terra sempre verde, 1956), El volcán y el colibrí (Il vulcano e il colibrì, 1970).
È inoltre autore di numerosi saggi e traduzioni pubblicati in diverse riviste di lingua spagnola.
Nel 1977 ricevette il “Premio Nacional de Cultura”. Morì un anno dopo.

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