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José Asunción Silva, Pataguya

A cura di Emilio Capaccio

Pataguya

Estaba en las galerías del Odeón, entretenido en hojear un libro, cuando sentí que me tocaron en un hombro, por detrás. Volví la cabeza, con esa impresión desagradable que produce siempre un contacto inesperado, impresión que se acentúa si al volver uno los ojos se encuentra, en lugar de una fisonomía amiga, con la de un desconocido, cuya sonrisa, como la de mi inesperado interlocutor, parece reconocerlo a uno y comenzar conversación.
— ¿A que no me conoces? — me preguntó, mirándome.
Era un hombrecito muy barbado, con las orejas muy grandes y un pañuelo de seda atado al cuello.
Al ver mi sorpresa renunció a la adivinanza que me ponía y dijo:
— ¡Mouchat, hombre! Hipólito Mouchat, el que estuvo contigo en el colegio.
Como para que no me quedara duda, como para que lo que decía me galvanizara y me hiciera hablar, repuso:
— El matriculado bajo el número 1817.
Yo no podía contestarle porque aquello no me recordaba nada, absolutamente nada. Era uno de esos casos en que se siente uno hecho un animal; temía que el sujeto tomara mi silencio por orgullo, y sin querer lo miraba de pies a cabeza.
Como quien suelta un argumento decisivo, me dijo entonces:
— ¡Pataguya!, hombre …¡Pataguya! …
— ¡Pataguya! Por supuesto que te conozco, le dije. ¡Pataguya! …
— Estaba seguro de que me reconocerías; yo a ti te reconocí al momento — dijo como descansando. ¿Me reprochaba mi olvido?
Lo cierto es que si no hubiera dicho el sobrenombre que le teníamos, jamás hubiera sabido quién era ni me hubiera acordado del lugar donde lo hubiera conocido …¿Conocido? Eso tiene su más y su menos. Jamás nos sentábamos juntos en las clases, ni jugábamos en los recreos, ni conversábamos en los ratos de estudio, y todo eso por la sencilla razón de que junto a él no se sentaba nadie, de que nadie jugaba ni conversaba con él … Pataguya en el colegio no era un estudiante: era Pataguya, el de la diversión, el aguantatodo de los colegios; yo no lo molestaba, tampoco lo defendía, y más bien me inspiraba lástima que otra cosa …
Pataguya seguía mirándome con cierto airecito de satisfacción, de importancia más bien; tenía muy bien lustrados los botines y llevaba debajo del brazo un bastón, tamaño de grueso, con la cabeza de plata. ¿No son los entes más infelices, de quienes todo el mundo se burla, los más vanidosos?
— ¿Y tú vives en este barrio? — me preguntó.
Salido de aquella boca, el tuteo me hacía una impresión singular, la misma que me producen todos los compañeros de colegio con quienes me encuentro de cuando en cuando. Para mí evocaba sus familiaridades guardadas desde aquel tiempo, el recuerdo de las malas comidas servidas en los mismos platos, de los dormitorios fríos, de las necesidades físicas satisfechas en común, y esas impresiones que se juntan con la de cierta efusión de cariño, combatida por la idea de que no tengo nada de qué conversar con ellos, me hace revivir por unos instantes una época de sufrimientos y de malestar que me parece tan diferente, tan opuesta a mi vida actual, que recordarla nada más me produce una pesadilla irreal y absurda. Sintiendo eso al mirarlo y al oírlo, seguía yo mirando a Pataguya con cierto embarazo que parecía sorprenderlo…
— Sí, yo vivo en este barrio — le respondí —. ¿Y t ú ? …
— Yo no — me dijo muy caricontento —; yo vivo por allá del otro lado — añadió levantando el bastón y dándole con él en las narices a un señor que acertó a pasar en ese momento.
— Perdone usted, caballero — le dijo con aire almibarado.
— ¡Patán! — contestó el otro, y siguió su camino, encendido hasta las orejas.
Sin desconcertarse y guiñándome el ojo, continuó él:
— El carácter de algunas personas, ¡ah! Tan ásperos que son algunos, ¿no? ¿Te acuerdas de Merouvel, aquel grandazo, colorado? …
— Merouvel …Merouvel. ¡Ah, sí! Merouvel.
Ya lo creo que me acordaba. Era un animalazo, estúpido y malo, el más encarnizado contra Pataguya, el que había intentado soltarle un atlas por detrás, y darle pastorejos como para arrancarle las orejas, y pincharlo con alfileres, y pisarle los callos …
— Tan buen muchacho, ¿no ? — me preguntó sin ironía —.Y Casca, el pasante. ¡Ah! ¿Te acuerdas?
— Sí, sí, me acuerdo.
— El otro día me lo encontré y le di cerveza …Es un sujeto excelente — añadió contentísimo.
El tal Casca había sido otro de los verdugos de Pataguya, un pasante que lo perseguía a todas horas, que lo embrutecía, poniéndole lecciones imposibles, que le fijaba como tarea aprenderse de memoria quinientos versos de Virgilio, de castigo, encierros de a medio día en el calabozo, horas enteras de tenerlo en pie, en un rincón, con las narices contra la pared …¡Cómo lo detestábamos los muchachos! Un día uno de los grandes le había dado unos cuantos gaznatones …¿A Pataguya se le había olvidado todo eso, o era que lo perdonaba con magnanimidad sublime ? …
— Ah tiempos buenos, ¿no? — me dijo mirándome. ¡Y lo decía en serio! Lo volví a mirar y me convencí de que era de buena fe. ¿Cómo diablos, a través de qué prisma mágico veía agradable aquella época atroz de encierro, de fealdad y de sufrimiento? Tal vez será muy desgraciado, pensé, y se refugia en los recuerdos …
— Bueno, ¿ y qué haces ? — le pregunté para cerciorarme.
— ¿ Yo ? — contestó haciendo una cara de pascuas —. Yo estoy empleado en una compañía de aseguros …Me tienes muy a tus órdenes si quieres asegurarte; gano cuatrocientos veinte pesos por año, los patronos me quieren mucho y estoy contentísimo porque me voy a casar dentro de tres meses,
¿oyes ?
— ¿Y es rica …ah? — le insinué.
— ¿ Rica ? Eso sí que no … ¿ Tú sí me crees hombre de casarme por la plata? …Nada; pobre, pero me quiere mucho y es muy buena; la mamá está paralítica y la hermanita es sordomuda. Vamos a vivir todos juntos para que nos salga económico; tú no tienes idea cómo es de barata la vida en París cuando uno sabe hacer sus cosas. Y, además, me han ofrecido aumentarme el sueldo para el fin del año.
Aquello lo arreglaba todo, a su entender, y como por ese lado no le quedara más qué contarme, cambió de tema y me dijo:
— ¿Y a ti te ha ido muy bien? …Dizque escribes en los periódicos y has publicado unas novelas muy bonitas, ¿no?
Por temor a las frases hechas, a los lugares comunes de la amabilidad que acompañan esa clase de temas, fui yo quien cambió de conversación, preguntándole:
— ¿Y tú te acuerdas con gusto del colegio?
— ¡Ya lo creo! Con muchísimo gusto.
— Es particular … — repuse distraído, y al caer en la cuenta de lo que había dicho, temí haberlo lastimado con la frase. ¿Decir eso no era recordarle las patadas, los pellizcos, los pisotones, las palmadas y aquellos pastorejos en las orejas, que se las habían hecho crecer hasta darles la forma inverosímil y grotesca que les veía yo en ese instante?
— ¿Y ahora dices que no te acuerdas con gusto de esos tiempos ? — me preguntó.
— Yo, absolutamente.
— ¡ No salgas con ésas! ¿ Conque si te encontraras con Merouvel o con Casca no tendrías gusto en verlos? ¡No salgas con ésas!
— No, poco más gusto me darían — le respondí.
Se le asomó a los labios una sonrisa de simpatía benévola, que le hacía más lastimosa la cara, y me dijo:
— Es que tú tienes cosas tan raras, tan de pueta. Desde el colegio ya eras pueta …Pero vamos una apuesta: ¿a que de una cosa sí te acuerdas con gusto?
Silencio mío.
Trató de ponerme en la pista, diciéndome:
— De la comida.
Otro silencio mío, en que bregaba por acordarme.
— Una cosita de comer …¿Pero qué demonios puede ser?, pensaba yo acordándome de los fríjoles, que parecían balas por lo duros, y de los huevos medio podridos y de la carne que parecía cuero inglés.
— ¡Ah, ingrato! ¡Ingratón! — siguió Pataguya —. ¿Ya no te acuerdas de las tortillas de los viernes?
— ¡Ah, sí! Unas tortillas llenas de harina y espesas como pan, pero en fin, menos malas que lo demás …¡y eso quién sabe!
Paró un ómnibus.
— Hasta luego, mi viejo, hasta lueguito, muchísimo gusto de verte — me dijo Pataguya.
Salió corriendo para alcanzar el ómnibus, saltó mal para cogerlo, resbaló y cayó para atrás entre el barro. El conductor y un soldado lo levantaron, y ya entre el ómnibus me volvió a decir adiós, moviendo el bastón, que no soltó ni con el porrazo. ¡Qué Pataguya!… Y yo que ni caí en la cuenta de ofrecerle un trago.

Pataguya

Mi trovavo nelle gallerie dell’Odeón[1], intento a sfogliare un libro, quando mi sentii battere su una spalla. Ruotai la testa, con quell’impressione spiacevole che produce sempre un contatto inaspettato, impressione che si accentua se girando gli occhi si scorge, invece di una fisionomia amica, quella di uno sconosciuto il cui sorriso, come quello del mio inatteso interlocutore, sembra familiare prima che cominci la conversazione.
— Non mi riconosci? – mi chiese, guardandomi.
Era un ometto assai barbuto, con le orecchie molto grandi e un foulard annodato al collo. Vedendo la mia sorpresa rinunciò all’indovinello che mi poneva e disse:
— Mouchat, amico! Hipólito Mouchat, quello che frequentò insieme a te il collegio.
Affinché non mi rimanesse alcun dubbio, affinché quello che diceva mi galvanizzasse e mi facesse parlare, continuò:
— Quello con la matricola 1817.
Non potevo rispondergli perché ciò non mi ricordava nulla, assolutamente nulla. Era uno di quei casi in cui ci si sente completamente presi alla sprovvista; temevo che quell’individuo considerasse il mio silenzio come altezzosità, e senza volere lo osservavo dalla testa ai piedi.
Come chi sfodera un argomento decisivo, mi disse allora:
— Pataguya! amico …Pataguya! …
— Pataguya! Ovvio che ti riconosco, gli dissi. Pataguya! …
— Ero certo che mi avresti riconosciuto; io ti ho riconosciuto all’istante – disse come tirando il fiato.
Mi rimproverava la mia dimenticanza?
Di sicuro se non mi avesse rivelato il soprannome che gli avevamo dato, non avrei mai saputo chi fosse né tantomeno mi sarei ricordato del posto in cui l’avevo conosciuto …Conosciuto? Questo ha i suoi ma e i suoi perché. Non ci sedevamo mai vicini nelle classi, né giocavamo nelle ricreazioni, né conversavamo nei momenti di studio, e tutto ciò per la semplice ragione che vicino a lui non si sedeva nessuno, nessuno giocava né conversava con lui …Pataguya nel collegio non era uno studente: era Pataguya, quello dello spasso, il sopporta-tutto del collegio; io non lo molestavo, tanto meno lo difendevo, piuttosto mi ispirava pena più di ogni altra cosa …
Pataguya continuava a guardarmi con una certa aria di soddisfazione, di importanza direi; aveva gli stivaletti ben lucidi e portava sotto il braccio un bastone, di grosso spessore, con il pomello d’argento. Non sono gli esseri più infelici, dei quali tutto il mondo si prende gioco, i più vanitosi?
— Vivi in questo quartiere? – mi domandò.
Uscito dalla sua bocca, quel tu mi suscitava un’impressione singolare, la stessa che mi causano tutti i compagni di collegio con i quali mi ritrovo di quando in quando. Per me evocava le sue familiarità serbate fin da quel tempo, il ricordo dei pessimi cibi serviti negli stessi piatti, dei dormitori freddi, delle necessità fisiche soddisfatte in comune, e queste impressioni che si uniscono con quella di una certa effusione di affetto, combattuta dall’idea che non ho più niente di cui spartire con loro, mi fa rivivere per alcuni istanti un’epoca di sofferenze e di malessere che mi sembra così diversa, così opposta alla mia vita attuale che ricordarla mi cagiona nient’altro che un incubo irreale e assurdo. Mentre percepivo tutto questo nel guardarlo e nell’ascoltarlo, continuavo a osservare Pataguya con un certo imbarazzo che sembrava sorprenderlo …
— Sì, vivo in questo quartiere – gli risposi — E tu? …
— Io no – mi rispose allegramente — Vivo laggiù dall’altro lato – aggiunse alzando il bastone e dandolo sul naso di un signore che si trovava a passare in quel momento.
— Mi perdoni, cavaliere – gli disse con aria sciroccata.
— Burino! – rispose l’altro, e continuò per la sua strada, avvampato fino alle orecchie.
Senza alterarsi e strizzandomi l’occhio, continuò:
— Ah, il carattere di certe persone! Sono così bruschi alcuni, no? Ti ricordi di Merouvel, quel ragazzotto colorito? …
— Merouvel …Merouvel. Ah, sì! Merouvel.
Lo credo bene che me ne ricordassi. Era un animalaccio, stupido e cattivo, il più accanito contro Pataguya, quello che aveva cercato di gettargli contro un atlante, che gli schioccava le dite sulle orecchie come per strappargliele, che lo pungolava con gli spilli, e gli pestava la pancia …
— Un così bravo ragazzo, no? – mi domandò senza ironia — E Casca, l’assistente. Ah! Ti ricordi?
— Sì, sì, mi ricordo.
— L’altro giorno me lo sono ritrovato davanti e gli ho offerto una birra …È una persona eccellente aggiunse contento.
Quel tale Casca era stato un altro dei boia di Pataguya, un giovane insegnante che lo perseguitava a tutte le ore, che lo abbrutiva, con lezioni impossibili, che gli assegnava compiti come imparare a memoria cinquecento versi di Virgilio e, per castigo, reclusioni di mezze giornate nella cella, ore intere in piedi, in un angolo, con il naso contro la parete …Come lo detestavamo noi ragazzi! Un giorno uno dei grandi lo aveva afferrato per il collo …Pataguya aveva dimenticato tutto questo, o lo aveva perdonato con sublime magnanimità? …
— Ah bei tempi, no? – mi chiese guardandomi.
E lo diceva sul serio! Mi girai a osservarlo e mi convinsi che era in buona fede. Attraverso quale prisma magico vedeva gradevole quell’epoca atroce di reclusione, laidezza e sofferenza? Forse sarà diventato tanto disgraziato, pensai, che si rifugia nei ricordi …
— Bene, e tu che cosa fai? – gli domandai per accertarmene.
— Io? – rispose facendomi una faccia di pasqua. — Sono impiegato in una compagnia di assicurazioni …Mi hai ai tuoi ordini se vuoi assicurarti; guadagno quattrocentoventi pesos all’anno, i padroni tengono assai a me e sono molto felice perché fra tre mesi mi sposo, capisci?
— Ed è ricca? … – insinuai.
— Ricca? Questo no …Mi credi un uomo da sposarsi per i soldi? …No, è povera, ma mi vuole tanto bene ed è molto buona; la madre è paralitica e la sorellina è sordomuta. Andiamo a vivere tutti insieme per fare economia; non hai idea di quanto sia conveniente la vita a Parigi quando uno sa fare bene le sue cose. E, inoltre, mi hanno offerto un aumento di stipendio per fine anno.
Quello metteva a posto tutto, nel suo intento, e poiché di quel argomento non restava nient’altro da aggiungere, cambiò genere e mi chiese:
— E a te è andata bene? …Si dice che tu scriva sui giornali e hai pubblicato qualche bella novella, no?
Per timore di frasi fatte, dei luoghi comuni della cortesia che accompagnano questo genere di argomenti, fui io questa volta a sviare il discorso, domandandogli:
— E ti ricordi con piacere del collegio?
— Lo credo bene! Con moltissimo piacere.
— È strano … – riposi distratto, e accorgendomi di quello che avevo sottinteso temei di averlo ferito.
Parlare in questo modo non era forse ricordargli i calci, i pizzicotti, i pestoni, le manate e quegli schiocchi delle dita sulle orecchie che le avevano fatte crescere fino a dar loro la forma inverosimile e grottesca come le vedevo in quell’istante?
— E ora prova a dirmi che non ti ricordi con piacere di quei tempi? – mi chiese.
— Io, assolutamente.
— Non uscirtene in questo modo! Quindi se ti trovassi con Merouvel o con Casco non avresti piacere nel vederli? Non uscirtene in questo modo!
— No, avrei poco piacere – gli risposi.
Gli spuntò sulle labbra un sorriso di bonaria simpatia che gli fece più pietoso il viso, e mi disse:
— Il fatto è che tu hai cose tanto preziose, tante cose di poeta. Già al collegio eri poeta …Ma facciamo un indovinello: che cosa ricordi con piacere?
Rimasi in silenzio.
Tentò di mettermi sulla strada giusta, dicendomi:
— Del cibo.
Un altro silenzio in cui mi affannavo a riflettere.
Una cosina da mangiare …Ma che diavolo può essere? pensavo, mentre mi passavano nella mente i fagioli duri come proiettili, le uova mezze putride e la carne che sembrava cuoio inglese.
— Ah, ingrato! Ingrato! – esclamò Pataguya — Non ti ricordi più delle tortillas dei venerdì?
— Ah, sì! Quelle tortillas piene di farina e spesse come pane, ma tutto sommato, meno disgustose del resto.
Si fermò un omnibus.
— A presto, vecchio mio, a prestissimo, è stato un piacere rivederti – mi disse Pataguya.
Uscì correndo per raggiungere l’omnibus. Saltò in malo modo nell’intento di aggrapparsi, scivolò e cadde all’indietro nel fango. L’autista e un soldato lo sollevarono da terra, e ormai sull’omnibus si voltò per dirmi addio, agitando il bastone, da cui non si era separato nemmeno in seguito alla caduta.
Caro Pataguya! … Ed io che non avevo pensato di offrirgli neppure una birra.

[1] Detto anche Teatro dell’Europa o Teatro dell’Odéon è un teatro situato nel VI arrondissement di Parigi, inaugurato nel 1782, per accogliere gli attori della Comédie-Française.

silvajoseasuncionJosé Asunción Silva (1865-1896) Poeta e scrittore colombiano, uno degli esponenti più rappresentativi del Modernismo nel suo paese. Nel 1908 Miguel de Unamumo curò la raccolta postuma delle sue poesie, intitolata “Poesías”. L’opera più conosciuta è il romanzo “De Sobremesa”, esempio di prosa modernista e di innovazioni stilistiche, pubblicato postumo nel 1925.

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