Facebook

José Lezama Lima, Muerte de Narciso / Morte di Narciso

A cura di Gordiano Lupi

 

jose_lezama_limaJosé Lezama Lima nasce nel 1910 nel distretto militare di Campamento de Columbia, nei pressi dell’Avana, dove suo padre è colonnello dell’esercito. Si trasferisce all’Avana, consegue la laurea in legge e partecipa alle ribellioni studentesche contro il dittatore Machado. Vive sempre all’Avana, calle Trocadero 162, parte vecchia della capitale, prima con la madre e poi con la moglie, appena tollerato dal regime castrista per le sue posizioni critiche. Lascia Cuba solo per due brevi periodi che lo vedono in Messico (1949) e in Giamaica (1950).

Lezama Lima è uno degli scrittori latinoamericani più importanti del Novecento. Poeta, saggista e romanziere, nume tutelare delle lettere cubane, fondatore di una rivista come “Verbum” e direttore della fondamentale “Orígenes”. La poesia moderna deve molto a Lima e alla rivista “Orígenes”, che produce l’antologia Diez poetas cubanos (1948). I problemi di salute tormentano Lima per tutta la vita, obesità e asma anticipano la morte che avviene il 9 agosto 1976.

Lima è scrittore classico e barocco, studioso di Góngora, Platone, dei poeti orfici e dei filosofi gnostici, amante dei libri e della cultura. Non è autore per tutti, soprattutto non è scrittore per chi cerca una trama, una suspense, una storia di facile lettura. Lima è la complessità fatta racconto, abbondanza di barocchismi, periodi lunghissimi e ridondanti, gusto per l’eccesso, ma grande scrittura letteraria. Un Arbasino dei Caraibi, per fare un esempio italiano, ma forse è più calzante il paragone internazionale con Joyce e Proust. La sua opera è piena di chiavi, enigmi, allusioni, parabole e allegorie che alludono alla realtà, non cerca la semplicità, non vuole essere autore di pronto consumo, ma scrive testi da meditare, studiare e approfondire. L’importanza di Lima nella cultura cubana è anche quella del promotore culturale che organizza riviste e riunisce poeti come Gastón Baquero, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Virgilio Piñera e Octavio Smith. Lima stringe amicizia con il poeta e sacerdote spagnolo Angel Gaztelú (1914) e questo incontro forma il suo mondo spirituale

“Muerte de Narciso” (1937) è la sua prima opera poetica, composta di fascinazioni barocche e mitologiche, poesie ermetiche e visionarie. Le altre opere in poesia sono scritte in uno stile ricco di metafore e pieno di riferimenti a Góngora. I titoli: Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945), Dador (1960) e Fragmentos a su imán (pubblicata postuma nel 1977). Tutti libri inediti in Italia e che sarebbe interessante tradurre e far conoscere al pubblico.

Lima appoggia il primo periodo della rivoluzione cubana, quello dell’entusiasmo e della speranza, ma se ne allontana dopo ripetute disillusioni. Abbandona persino i numerosi incarichi legati al mondo dell’editoria per isolarsi e dedicarsi alla sua opera letteraria. Nel 1964 viene colpito dal grave lutto della morte di sua madre, per questo decide di sposarsi con María Luisa Bautista, la sua segretaria, seguendo il consiglio della mamma.

La narrativa di Lima è ancora più barocca e complessa della poesia.

Nel 1966 pubblica Paradiso, capolavoro indiscusso e lettura irrinunciabile per un cubano che decide di entrare nel mondo delle lettere, romanzo magnificato e presentato da Julio Cortazar. Narrativa dallo stile brillante e barocco, ostica a un primo approccio, ricca di riferimenti culturali complessi e di metafore spesso incomprensibili. Il protagonista è José Cemí, una sorta di personaggio autobiografico che nasconde il suo autore e ne racconta la formazione umana e culturale. Interessante anche la raccolta di saggi La cantidad hechizada (1970), mentre Oppiano Licario è un romanzo incompiuto, pubblicato postumo (1977) che sviluppa la figura di un personaggio comparso in Paradiso.

Lezama Lima è un vero maestro ed è autore capace di influenzare molti scrittori latinoamericani. Il cubano Abilio Estévez, grande narratore contemporaneo che usa barocchismi meno complessi di Lima, è un esempio interessante, basta leggere I palazzi distanti e Tuo è il regno (editi in Italia da Adelphi) per rendersene conto. Severo Sarduy è un altro autore che considera Lima il suo maestro.

Nel 1970 viene pubblicato Poesia Completa, premiato in Spagna con il Maldoror, mentre in Italia Paradiso – edito da Einaudi nel 1995 e ancora reperibile nella collana Gli Struzzi – ottiene il premio per la migliore opera ispanoamericana tradotta in italiano.

In Italia sono reperibili: Paradiso (Einaudi, 2001) e Racconti (Einaudi, 2004). Oppiano Licario è uscito nel 1981 per Editori Riuniti, ma è fuori catalogo.

Per approfondimenti: www.lezama.it.

Muerte de Narciso

 

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,

envolviendo los labios que pasaban

entre labios y vuelos desligados.

La mano o el labio o el pájaro nevaban.

Era el círculo en nieve que se abría.

Mano era sin sangre la seda que borraba

la perfección que muere de rodillas

y en su celo se esconde y se divierte.

 

Vertical desde el mármol no miraba

la frente que se abría en loto húmedo.

En chillido sin fin se abría la floresta

al airado redoble en flecha y muerte.

¿No se apresura tal vez su fría mirada

sobre la garza real y el frío tan débil

del poniente, grito que ayuda la fuga

del dormir, llama fría y lengua alfilereada?

 

Rostro absoluto, firmeza mentída del espejo.

El espejo se olvida del sonido y de la noche

y su puerta al cambiante pontífice entreabre.

Máscara y río, grifo de los sueños.

Frío muerto y cabellera desterrada del aire

que la crea, del aire que le miente son

de vida arrastrada a la nube y a la abierta

boca negada en sangre que se mueve.

 

Ascendiendo en el pecho sólo blanda,

olvidada por un aliento que olvida y desentraña.

Olvidado papel, fresco agujero al corazón

saltante se apresura y la sonrisa al caracol.

La mano que por el aire líneas impulsaba,

seca, sonrisas caminando por la nieve.

Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol

enterrando firme oído en la seda del estanque.

 

Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados,

aguardan la señal de una mustia hoja de oro,

alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan hirvientes.

Dócil rubí queda suspirando en su fuga ya ascendiendo.

Ya el otoño recorre las islas no cuidadas, guarnecidas

islas y aislada paloma muda entre dos hojas enterradas.

El río en la suma de sus ojos anunciaba

lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía.

 

Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,

arco y cestillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel.

Pluma morada, no mojada, pez mirándome, sepulcro.

Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado:

los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto.

Lenta se forma ola en la marmórea cavidad que mira

por espaldas que nunca me preguntan, en veneno

que nunca se pervierte y en su escudo ni potros ni faisanes.

 

Como se derrama la ausencia en la flecha que se aísla

y como la fresa respira hilando su cristal,

así el otoño en que su labio muere, así el granizo

en blando espejo destroza la mirada que le ciñe,

que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago

le recorre junto a la fuente que humedece el sueño.

La ausencia, el espejo ya en el cabello que en la playa

extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte.

 

Fronda leve vierte la ascensión que asume.

¿No es la curva corintia traición de confitados mirabeles,

que el espejo reúne o navega, ciego desterrado?

¿Ya se siente temblar el pájaro en mano terrenal?

Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,

los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella.

Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,

forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida.

 

Triste recorre -curva ceñida en ceniciento airón-

el espacio que manos desalojan, timbre ausente

y avivado azafrán, tiernos redobles sus extremos.

Convocados se agitan los durmientes, fruncen las olas

batiendo en torno de ajedrez dormido, su insepulta tiara.

Su insepulta madera blanda el frío pico del hirviente cisne.

Reluce muelle: falsos diamantes; pluma cambiante: terso atlas.

Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas.

 

Ahogadas cintas mudo el labio las ofrece.

Orientales cestillos cuelan agua de luna.

Los más dormidos son los que más se apresuran,

se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios.

Estirado mármol como un río que recurva o aprisiona

los labios destrozados, pero los ciegos no oscilan.

Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma

y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche.

 

Una flecha destaca, una espalda se ausenta.

Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro.

Tierra húmeda ascendiendo hasta el rostro, flecha cerrada.

Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo.

Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas

en su cárcel sin sed se destacan los brazos,

no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos

confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente.

 

Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran

al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan

los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.

Los donceles trabajan en las nueces y el surtidor de frente a su sonido

en la llama fabrica sus raíces y su mansión de gritos soterrados.

Si se aleja, recta abeja, el espejo destroza el río mudo.

Si se hunde, media sirena al fuego, las hilachas que surcan el invierno

tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta.

 

Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman,

despertando el oleaje en lisas llamaradas y vuelos sosegados,

guiados por la paloma que sin ojos chifla,

que sin clavel la frente espejo es de ondas, no recuerdos.

Van reuniendo en ojos, hilando en el clavel no siempre ardido

el abismo de nieve alquitarada o gimiendo en el cielo apuntalado.

Los corceles si nieve o si cobre guiados por miradas la súplica

destilan o más firmes recurvan a la mudez primera ya sin cielo.

 

La nieve que en los sistros no penetran, arguye

en hojas, recta destroza vidrio en el oído,

nidos blancos, en su centro ya encienden tibios los corales,

huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados.

Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,

donde el cuerpo sonoro se mece con los pinos, delgado cabecea.

Más esforzado pino, ya columna de humo tan agudo

que canario es su aguja y surtidor en viento desrizado.

 

Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado

son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados.

Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,

labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas.

Pez del frío verde el aire en el espejo sin estrías, racimo de palomas

ocultas en la garganta muerta: hija de la flecha y de los cisnes.

Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire, espuma colgaba de los ojos,

gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo.

 

Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranio convertido.

La blancura seda es ascendiendo en labio derramada,

abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen

a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura.

Húmedos labios no en la concha que busca recto hilo,

esclavos del perfil y del velamen secos el aire muerden

al tornasol que cambia su sonido en rubio tornasol de cal salada,

busca en lo rubio espejo de la muerte, concha del sonido.

Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído.

Sí se sienta en su borde o en su frente el centurión pulsa en su costado.

Si declama penetra en la mirada y se fruncen las letras en el sueño.

Ola de aire envuelve secreto albino, piel arponeada,

que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto del silencio.

Ya traspasa blancura recto sinfín en llamas secas y hojas lloviznadas.

Chorro de abejas increadas muerden la estela, pídenle el costado.

Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas.

 

(1937)

 

Morte di Narciso

 

Danae filava il tempo dorato dal Nilo

avvolgendo le labbra che passavano

tra labbra e voli sciolti.

Fioccavano la mano, il labbro, l’uccello.

Era il cerchio di neve che si apriva.

Mano senza sangue, la sete cancellava

la perfezione che muore in ginocchio

e nel suo cavo si nasconde e si diverte.

 

In verticale dal marmo non guardava

la fronte che si apriva nel loto umido.

In un clamore infinito si apriva la foresta

al furente rullo di freccia e morte.

Non si affretta forse il suo freddo sguardo

sull’airone regale e il freddo così debole

del ponente, grido che aiuta la fuga

del dormire, fiamma fredda e lingua affilata?

 

Viso assoluto, fermezza ingannevole dello specchio.

Lo specchio dimentica il suono e la notte

e la porta al cangiante pontefice socchiude.

Maschera e fiume, grifone dei sogni.

Gelido morto e chioma sconvolta dal vento

che la crea, dal vento che l’inganna, suono

di vita trascinata dalla nube e dall’aperta

bocca negata nel sangue che si muove.

 

Salendo morbida solo in petto,

dimenticata da un respiro che dimentica e sprofonda.

Carta dimenticata, freddo foro al cuore

saltando s’affretta e il sorriso della chiocciola.

La mano che muoveva linee nel vento,

secca, che muoveva sorrisi nella neve.

Ora porgeva l’orecchio alla chiocciola, la chiocciola

che seppelliva il fermo udito nella seta dello stagno.

 

Granelli di melissa e ruscelli di velame congelati,

attendono il segnale d’una triste foglia d’oro,

sollevata a spirale, sull’autunno d’acque brulicanti.

Rimane duttile rubino sospirando in fuga mentre sale.

Ora l’autunno percorre le isole indifese, le protette

isole e l’isolata colomba, muta tra due foglie sepolte.

Il fiume nella sostanza dei suoi occhi annunciava

quanto grava la luna sulle spalle e il sospiro che in alone mutava.

 

Torce come pesci, il magro fanciullo consuma notte e cielo,

arco, cestello e serpi roventi, ghiacciolo e levriero.

Piuma viola e asciutta, pesce che mi guarda, sepolcro.

Equestri fagiani più non sentono mano senza eco, polso dispiegato:

le dita in calendario immobile, l’astio nel trono accigliato.

Lenta si forma l’onda nella marmorea cavità che guarda

fra le spalle che mai mi chiedono, nel veleno

che mai si corrompe e nel suo scudo né puledri né fagiani.

 

Come deborda l’assenza nella freccia che si stacca

e come la fresa respira filando il suo cristallo,

così l’autunno dove il suo labbro muore, così la grandine

nel morbido specchio distrugge lo sguardo che lo cinge,

che la piuma per le labbra inganna, labirinto e lusinga

lo percorrono alla fonte che inumidisce il sogno.

L’assenza, specchio già nei capelli che nella spiaggia

Sparge, chiede solo una ciocca e si diverte.

 

Fronda lieve traduce la salita che s’addossa.

Non è la curva corinzia a tradire mirabili canditi

che lo specchio compone o trasporta, cieco esiliato?

Si sente già tremare l’uccello in mano terrena?

Già solo cade l’uccello, la mano che muove la prigione,

gli dei sommersi tra la pietra, il carbonchio e la fanciulla.

Se l’assenza domanda con la neve pallida,

forma in piuma, non lascia cerchi la polpa sommersa.

 

Triste percorre – curva stretta dell’airone cinerino –

lo spazio che mani allontanano, suono assente

e ravvivato zafferano, lieve rullio ai suoi estremi.

Convocati s’agitano i dormienti, si frangono le onde

percuotendo intorno lo scacco dormiente, sua insepolta tiara.

La sua insepolta bara agita il freddo becco del bollente cigno.

Splendente banchina: falsi diamanti: piuma cangiante: terso atlante.

Verdi stridii: giocano le onde, blanda morte scintilla nelle sue vene.

 

Soffocati nastri offre il labbro muto.

Orientali cestelli colano acqua di luna.

I più addormentati sono quelli che s’affrettano,

s’interranno, piuma nel grido, sibilo mascherato, tra fronti e graffi.

Tirato marmo come un fiume che curva o imprigiona

le labbra soffocate, ma i ciechi non esitano.

Spirali di eroici tenori cadono nel petto d’una colomba

e lì si agitano fino a risplendere come frecce nel loro abito da sera.

 

Una freccia si stacca, una spalla si assenta.

Lampo come violetta, spillo nella neve e caparbio volto.

Terra umida che sale fino al volto, freccia chiusa.

Polvere di luna e umida terra, il profilo spezzato nella nube che è specchio.

Fresche valve della notte e confine furibondo delle conchiglie

nella sua prigione senza sete allontanano le braccia,

non chiedono coralli in strie d’api e in segreti

confusi si destano ricordando curve braccia e fronti incastonate.

 

Da ieri le domande s’aprono o si chiudono

su impulso di frutti polverosi e di isole dove si accampano

i tesori che il furore sparge, lusinga o riprende.

I fanciulli lavorano nelle noci e lo zampillo di fronte al suo suono

in fiamme pianta le sue radici e la sua dimora di grida sepolte.

Se s’allontana, retta ape, lo specchio distrugge il fiume muto.

Se affonda, sirena in mezzo al fuoco, le filacce che solcano l’inverno

tessono un bianco corpo con domande da statua polverosa.

 

Corpo del suono è lo sciame che muti pini reclamano,

destando mareggiate in levigate vampe e voli pacati,

guidati dalla colomba che senz’occhi stride,

che senza garofano la fronte è specchio d’onde, non di ricordi.

Si radunano negli occhi, filando nel garofano non sempre ardito

l’abisso di neve distillata o gemendo nel cielo puntellato.

I destrieri sia neve sia rame guidati da sguardi la supplica

stillano o più decisi si piegano al primo mutismo ormai senza cielo.

 

La neve che non penetra nei sistri, si scorge

nelle foglie, dritta spezza il vetro all’udito,

i nidi bianchi, al suo centro già si accendono tiepidi coralli,

fuggono i giovinetti nei loro cervi di disgusto, nei loro boschi rosati.

Diventano corallo e riccio giovinetto le voci, neve i cammini,

dove il corpo sonoro si culla coi pini, esile oscilla.

Il più animato pino, ormai colonna di fumo così acquosa

che i suoi aghi son canarino e zampillo nel vento ondulato.

 

Narciso, Narciso. Le corna del cervo assassinato

son pesci, son fiamme, son flauti, son dita mordicchiate.

Narciso, Narciso. I capelli fluenti serpeggiano in profili fiorentini,

le labbra le loro strade, fiamme tristi le onde mordono i suoi fianchi.

Pesce di verde freddo il vento nello specchio senza strie, stormo di colombe

nascoste nella gola morta: figlia della freccia e dei cigni.

Vaga l’airone, conchiglia nell’onda, nube di trascuratezza,

schiuma che cade dagli occhi, goccia marmorea e dolce plinto che non offre.

 

Strida germogliano nella neve, il segreto diventa geranio.

Il biancore della seta sparso salendo sul labbro,

s’apre un oblio nelle isole, spada e palpebre vengono

a consegnare il sogno, a cedere specchio sul litorale di terra e roccia impura.

Umide labbra non nella conchiglia che cerca il dritto filo,

schiave del profilo e del velame mordono secche il vento

al girasole che cambia suono in biondo girasole di calce salata,

cerca nel biondo specchio della morte, la conchiglia del suono.

Se attraversa lo specchio fremono le acque che agitano l’udito.

Se siede sul bordo o sulla fronte il centurione lo colpisce al costato.

Se declama penetrano nello sguardo e si corrugano le lettere nel sogno.

Onda di vento avvolge il segreto albino, pelle arpionata,

che il colorato specchio è ombra del ricordo e minuto di silenzio.

Ormai trafigge il biancore dritto e infinito in fiamme secche e foglie piovigginose.

Sciame d’api increate morde la scia, esige il costato.

Così lo specchio indagò silenzioso, così Narciso in alta marea sfuggì senz’ali.

 

(1937)

 

Traduzione di Gordiano Lupi 

 

Originale tratto da José Lezama Lima “Poesia completa” – Editorial Letras Cubanas – La Habana – Cuba, 1985

No widget added yet.

4 comments

  1. nicola licciardello Reply

    ATTENDO RISPOSTA ESPLICATIVA, da parte della Redazione di Iris e da parte di Gordiano Lupi

    1. irisnews Reply

      dovrebbe però formulare la domanda. Lupi attualmente è al Pisa Book Festival

      1. nicola licciardello Reply

        La domanda a Lupi (che può rispondere anche se è a Pisa) è:
        1) COME MAI CI SONO NELLA SUA TRADUZIONE, di Muerte de Narciso di Lezama, TANTE STROFE IDENTICHE ALLA TRADUZIONE LICCIARDELLO ?
        2) La domanda a Chiara de Luca (Redattrice di Iris News) è: COME MAI NELLA TRADUZIONE LUPI (quando varia da quella Licciardello) CI SONO MADORNALI STRAFALCIONI ? La Direttrice non rivede i testi prima di pubblicarli ?

  2. nicola licciardello Reply

    ANCORA SENZA RISPOSTE !

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Follow Us

Get the latest posts delivered to your mailbox:

%d bloggers like this: