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Nicolas Guillén, Poesia con bambini / Poema con niños

A Vicente Martínez

 

La escena, en un salón familiar. La madre, blanca, y su hijo. Un niño negro, uno chino, uno judío, que están de visita. Todos de doce años más o menos. La madre, sentada, hace labor, mientras a su lado, ellos juegan con unos soldaditos de plomo.

 

I

LA MADRE.- (Dirigiéndose al grupo.) ¿No ven? Aquí están mejor que allá, en la calle… No sé cómo hay madres despre ocupadas, que dejan a sus hijos solos todo el día por esos mundos de Dios. (Se dirige al niño negro.) Y tú, ¿cómo te llamas?

EL NEGRO.- ¿Yo? Manuel. (Señalando al chino.) Y este se llama Luis. (Señalando al

judío.) Y este se llama Jacobo…

LA MADRE.- Oye, ¿sabes que estás enterado, eh? ¿Vives cerca de aquí?

EL NEGRO.- ¿Yo? No, señora. (Señalando al chino.) Ni este tampoco. (Señalando al judío.) Ni este…

EL JUDÍO.- Yo vivo por allá por la calle de Acosta, cerca de la Terminal. Mi papá es

zapatero. Yo quiero ser médico. Tengo una hermanita que toca el piano, pero como

en casa no hay piano, siempre va a casa de una amiga suya, que tiene un piano de cola… El otro día le dio un dolor…

LA MADRE.- ¿Al piano de cola o a tu hermanita?

EL JUDÍO.- (Ríe.) No; a la amiga de mi hermanita. Yo fui a buscar al doctor…

LA MADRE.- ¡Anjá! Pero ya se curó, ¿verdad?

EL JUDÍO.- Sí; se curó en seguida; no era un dolor muy fuerte…

LA MADRE.- ¡Qué bueno! (Dirigiéndos e al niño chino.) ¿Y tú? A ver, cuéntame. ¿Cómo te llamas tú?

EL CHINO.- Luis…

LA MADRE.- ¿Luis? Verdad, hombre, si hace un momento lo había chismeado el pícaro de Manuel… ¿Y qué, tú eres chino de China, Luis? ¿Tú sabes hablar en chino?

EL CHINO.- No, señora; mi padre es chino, pero yo no soy chino. Yo soy cubano, y mi mamá también.

EL HIJO.- ¡Mamá! ¡Mamá! (Señalando al chino.) El padre de este tenía una fonda, y la vendió…

LA MADRE.- ¿Sí? ¿Y cómo lo sabes tú, Rafaelito?

EL HIJO.- (Señalando al chino.) Por que este me lo dijo. ¿No es verdad, Luis?

EL CHINO.- Verdad, yo se lo dije, porque mamá me lo contó.

LA MADRE.- Bueno, a jugar, pero sin pleitos, ¿eh? No quiero disputas. Tú, Rafael, no te cojas los soldados para ti sólo, y dales a ellos también…

EL HIJO.- Sí, mama, si ya se los repartí. Tocamos a seis cada uno. Ahora vamos a hacer una parada, porque los soldados se marchan a la guerra…

LA MADRE.- Bueno, en paz, y no me llames, porque estoy por allá dentro… (Vase.)

 

II

Los niños, solos, hablan mientras juegan con sus soldaditos.

EL HIJO.- Estos soldados me los regaló un capitán que vive ahí enfrente. Me los dio el día de mi santo.

EL NEGRO.- Yo nunca he tenido soldaditos como los tuyos. Oye: ¿no te fijas en que

todos son iguales?

EL JUDÍO.- ¡Claro! Porque son de plomo. Pero los soldados de verdad…

EL HIJO.- ¿Qué?

 EL JUDÍO.- ¡Pues que son distintos! Unos son altos y otros más pequeños. ¿Tú no ves que son hombres?

EL NEGRO.- Sí, señor; los hombres son distintos. Unos son grandes, como este dice, y otros son más chiquitos. Unos negros y otros blancos, y otros amarillos (señalando al chino) como este… Mi maestra dijo en la clase el otro día que los negros son menos que los blancos… ¡A mí me dio una pena!..

EL JUDÍO.- Sí… También un alemán que tiene una botica en la calle de Compostela me dijo que yo era un perro, y que a todos los de mi raza los debían matar. Yo no lo conozco ni nunca le hice nada. Y ni mi mamá ni mi papá tampoco… ¡Tenía más mal carácter!…

EL CHINO.- A mí me dijo también la maestra, que la raza amarilla era menos que la

blanca… La blanca es la mejor…

EL HIJO.- Sí, yo lo leí en un libro que tengo: un libro de geografía. Pero dice mi mamá que eso es mentira; que todos los hombres y todos los niños son iguales. Yo no sé cómo va a ser, porque fíjate que ¿no ves?, yo tengo la carne de un color, y tú (se dirige al chino) de otro, y tú (se dirige al negro) de otro, y tú (se dirige al judío) y

tú… ¡Pues mira qué cosa! ¡Tú no, tú eres blanco igual que yo!

EL JUDÍO.- Es verdad; pero dicen que como tengo la nariz, así un poco… no sé… un poco larga, pues que soy menos que otras gentes que la tienen más corta. ¡Un lío! Yo me fijo en los hombres y en otros muchachos por ahí, que también tienen la nariz larga, y nadie les dice nada…

EL CHINO.- ¡Porque son cubanos!

EL NEGRO.- (Dirigiéndose al chino.) Sí… Tú también eres cubano, y tienes los ojos prendidos como los chinos…

EL CHINO.- ¡Porque mi padre era chino, animal!

EL NEGRO.- ¡Pues entonces tú no eres cubano! ¡Y no tienes que decirme animal! ¡Vete para Cantón!

EL CHINO.- ¡Y tú, vete para África, negro!

EL HIJO. -¡No griten, que viene mamá, y luego va a pelear!

EL JUDÍO.- ¿Pero tú no ves que este negro le dijo chino?

EL NEGRO.- ¡Cállate, tú, judío, perro, que tu padre es zapatero y tu familia…!

EL JUDÍO.- Y tu, carbón de piedra, y tú, mono, y tú…

(Todos se enredan a golpes, con gran escándalo. Aparece la madre, corriendo.)

 

III

LA MADRE.- ¡Pero qué es eso! ¿Se han vuelto locos? ¡A ver, Rafaelito, ven aquí! ¿Qué es lo que pasa?

EL HIJO.- Nada, mamá, que se pelearon por el color…

LA MADRE.- ¿Cómo por el color? No te entiendo…

EL HIJO.- Sí, te digo que por el color, mamá…

EL CHINO.- (Señalando al negro.) ¡Señora, porque este me dijo chino, y que me fuera para Cantón!

EL NEGRO.- Sí, y tú me dijiste negro, y que me fuera para África…

LA MADRE.- (Riendo.) ¡Pero, hombre! ¿ Será posible? ¡Si todos son lo mismo!…

EL JUDÍO.- No, señora; yo no soy igual a un negro…

EL HIJO.- ¿Tú ves, mamá, como es por el color?

EL NEGRO.- Yo no soy igual a un chino…

EL CHINO.- ¡Míralo! ¡Ni yo quiero ser igual a ti!

EL HIJO.- ¿Tú ves, mamá, tú ves?

LA MADRE.- (Autoritariamente.) ¡Silencio! ¡Sentarse y escuchar! (Los niños obedecen, sentándose en el suelo, próximos a la madre, que comienza):

 

La sangre es un mar inmenso

que baña todas las playas…

Sobre sangre van los hombres,

navegando en sus barcazas:

reman, que reman,

que reman,

¡nunca de remar descansan!

Al negro de negra piel

la sangre el cuerpo le baña;

la misma sangre, corriendo,

hierve bajo carne blanca.

¿Quién vio la carne amarilla,

cuando las venas estallan,

sangrar sino con la roja

sangre con que todos sangran?

¡Ay del que separa niños,

porque a los hombres separa!

El sol sale cada día,

va tocando en cada casa,

da un golpe con su bastón,

y suelta una carcajada…

¡Que salga la vida al sol,

de donde tantos la guardan,

y veréis como la vida

corre de sol empapada!

La vida vida saltando,

la vida suelta

y sin vallas,

vida de la carne negra,

vida de la carne blanca,

y de la carne amarilla,

con sus sangres desplegadas…

 

(Los niños, fascinados, se van levantando, y rodean a la madre, que los abraza formando un grupo con ellos, pegados a su alrededor. Continúa):

 

Sobre sangre van los hombres

navegando en sus barcazas:

reman, que reman,

que reman,

¡nunca de remar descansan!

¡Ay de quien no tenga sangre,

porque de remar acaba,

y si acaba de remar,

da con su cuerpo en la playa,

un cuerpo seco y vacío,

un cuerpo roto y sin alma,

un cuerpo roto y sin alma!…

 

da El sol Entero (1947)

A Vincente Martínez

 

La scena, in un salotto familiare. La madre, bianca, e suo figlio. Un bimbo nero, uno cinese, uno ebreo, che sono di visita. Tutti attorno ai dodici anni di età. La madre seduta, cuce, mentre accanto, i bimbi giocano con alcuni soldatini di piombo.

 

I

LA MADRE. (Rivolgendosi al gruppo) Non vedete? Qui stanno meglio che là, in strada… Non so come mai ci sono madri che non si preoccupano, che lasciano i loro figli soli tutto il giorno per le strade di Dio. (Si rivolge a un bimbo nero.) E tu come ti chiami?

IL NERO. Io? Manuel (Indicando il cinese.) E lui si chiama Luis. (Indicando l’ebreo.) E lui si chiama Giacobbe…

LA MADRE. Be’, sei proprio informato, eh? Vivi qui vicino?

IL NERO. Io? No, signora. (Indicando il cinese.) Neppure lui. (Indicando l’ebreo.) Né lui…

L’EBREO. Io vivo lungo calle Acosta, vicino al Terminal. Mio papà e calzolaio. Io voglio diventare medico. Ho una sorellina che suona il piano, ma siccome in casa non c’è un piano, va sempre a casa di un’amica, che ha un piano a coda. L’altro giorno gli ha procurato un dolore…

LA MADRE. Al piano a coda o alla tua sorellina?

L’EBREO. (Ride.) No; all’amica della mia sorellina. Io sono andato a cercare il dottore…

LA MADRE. Caspita! Ma ora si è curata, vero?

L’EBREO. Sì; si è curata subito; non era un dolore molto forte…

LA MADRE. Meglio così! (Rivolgendosi al bimbo cinese.) E tu? Raccontami un po’. Tu come ti chiami?

IL CINESE. Luis…

LA MADRE. Luis? Ah, è vero, poco fa lo stava raccontando quel malandrino di Manuel… Ma tu sei proprio cinese di Cina, Luis? Tu sai parlare cinese?

IL CINESE. No, signora; mio padre è cinese, ma io non sono cinese. Io sono cubano, e pure mia madre.

IL FIGLIO. Mamma! Mamma! (Indicando il cinese.) Suo padre aveva un’osteria, ma l’ha venduta…

LA MADRE. Sì? E tu come lo sai, Rafaelito?

IL FIGLIO. (Indicando il cinese.) Perché me l’ha detto lui. Non è vero, Luis?

IL CINESE. Vero, gliel’ho detto, perché mamma me l’ha raccontato.

LA MADRE. Bene, andate a giocare, ma senza litigare, eh? Non voglio bisticci. Tu, Rafael, non prendere i soldatini solo per te, fai giocare anche loro…

IL FIGLIO. Sì, mamma, li ho già divisi. Ce ne toccano sei a testa. Adesso facciamo una pausa, perché i soldatini stanno marciando verso la guerra…

LA MADRE. Bene, non litigate, e non mi chiamate, perché sono là dentro… (Se ne va.)

 

II

I bambini, soli, parlano mentre giocano con i loro soldatini.

IL FIGLIO. Questi soldatini me li ha regalati un capitano che vive qui di fronte. Me li ha dati il giorno del mio santo.

IL NERO. Io non ho mai avuto soldatini come i tuoi. Ascolta: non vedi che sono tutti uguali?

L’EBREO. Certo! Perché sono di piombo. Ma i soldati veri…

IL FIGLIO. Cosa?

L’EBREO. Sicuro che sono diversi! Alcuni sono alti, altri più piccoli. Se sono uomini…

IL NERO. Sì, signore; gli uomini sono diversi. Alcuni sono grandi, come dice lui, altri più piccoli. Alcuni neri, altri bianchi, altri ancora gialli (indicando il cinese) come lui… L’altro giorno in classe la mia maestra ha detto che i neri sono inferiori ai bianchi… Mi sono così vergognato!…

L’EBREO. Sì… Anche un tedesco che possiede una farmacia in calle Compostela mi ha detto che ero un cane, e che avrebbero dovuto uccidere tutti quelli della mia razza. Io non lo conosco e non gli ho mai fatto niente di male. E neppure mia madre e mio padre… Aveva davvero un pessimo carattere!…

IL CINESE. Pure a me la maestra ha detto che la razza gialla è inferiore a quella bianca… la bianca è la migliore…

IL FIGLIO. Sì, io l’ho letto in un libro che possiedo; un libro di geografia. Ma dice mia madre che sono balle; che tutti gli uomini e tutti i bambini sono uguali. Io non so davvero come stanno le cose, ma guarda bene, non vedi? Io ho la carne di un colore, tu (si rivolge al cinese) di un altro, tu (si rivolge al nero) di un altro, e tu (si rivolge all’ebreo) e tu… Ma guarda che strano! Tu no, tu sei bianco come me!

L’EBREO. È vero; ma dicono che siccome ho il naso un po’ così…, non so…, un po’ lungo, per questo sono inferiore ad altre persone che ce l’hanno più corto. Un vero guaio! Io mi guardo intorno, vedo uomini e ragazzi pure loro con il naso lungo, e nessuno dice niente…

IL CINESE. Perché sono cubani!

IL NERO. (Rivolgendosi al cinese) Sì… Anche tu sei cubano, ma hai gli occhi a mandorla come i cinesi…

IL CINESE. Perché mio padre era cinese, animale!

IL NERO. Allora tu non sei cubano! E non devi chiamarmi animale! Vattene a Canton!

IL CINESE. E tu vattene in Africa, nero!

IL FIGLIO. Non gridate, che viene mamma, e dopo si mette a litigare!

L’EBREO. Ma tu non vedi che questo nero l’ha chiamato cinese?

IL NERO. Taci, cane ebreo, che tuo padre è calzolaio e la tua famiglia…!

L’EBREO. E tu, carbone di pietra, e tu, scimmia, e tu…

(Finisce in rissa. Tutti si azzuffano. Appare la madre, correndo.)

 

III

LA MADRE. Cosa sta succedendo? Siete diventati matti? Rafaelito, vieni subito qui! Che cosa accade?

IL FIGLIO. Niente, mamma, hanno litigato per il colore…

LA MADRE. Come sarebbe a dire per il colore? Non ti comprendo…

IL FIGLIO. Sì, ti dico per il colore, mamma…

IL CINESE. (Indicando il nero) Signora, perché lui mi ha chiamato cinese e mi ha detto di andarmene a Canton!

IL NERO. Sì, e tu mi hai chiamato nero e mi hai detto di andarmene in Africa…

LA MADRE. (Ridendo.) Incredibile! Sarà mai possibile? Se siamo tutti uguali!…

L’EBREO. No, signora; io non sono uguale a un nero…

IL FIGLIO. Vedi, mamma, quel che accade per il colore?

IL NERO. Io non sono uguale a un cinese…

IL CINESE. Guardalo! Neppure io voglio essere uguale a te!

IL FIGLIO. Lo vedi, mamma, lo vedi?

LA MADRE. (In tono autoritario) Silenzio! Seduti e ascoltate!

(I bambini ubbidiscono, seduti per terra, vicini alla madre, che comincia):

 

Il sangue è un mare immenso

che bagna tutte le spiagge…

Sopra il sangue vanno gli uomini,

navigando nei loro barconi:

remano, remano e remano,

mai di remare cessano!

Al nero di nera pelle

il sangue il corpo gli bagna;

lo stesso sangue, scorrendo,

bolle sotto carne bianca.

Chi ha visto la carne gialla,

quando le vene scoppiano,

sanguinare se non con il rosso

sangue con cui tutti sanguinano?

Ah, quel che separa i bambini,

pure gli uomini separa!

Il sole esce ogni giorno,

bussa di casa in casa,

dà un colpo con il bastone,

e libera una risata…

Che esca la vita al sole,

da dove la conservano,

e vedrai come la vita

corre dal sole impregnata!

La vita saltando,

la vita libera e senza ostacoli,

vita della carne nera,

vita della carne bianca,

e della carne gialla,

con il loro sangue disteso…

 

(I bambini, affascinati, cominciano ad alzarsi, vanno intorno alla madre che li abbraccia forma con loro dei gruppi, disposti intorno a lei. Continua):

 

Sopra il sangue vanno gli uomini

navigando nei loro barconi:

remano, remano e remano,

mai di remare cessano!

Ah, chi non ha sangue,

perché di remare smette,

e se smette di remare,

consegna il corpo alla spiaggia,

un corpo secco e vuoto,

un corpo distrutto e senz’anima,

un corpo distrutto e senz’anima!…

 

da El son entero (1947)

 

Traduzione di Gordiano Lupi

 

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