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Pedro Lemebel, Canzone per un bambino boliviano che non ha mai visto il mare/Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar

Traduzione di Antonio Nazzaro

E come te lo dico e con che umide parole te lo racconto, piccolo indigeno, cucciolo di la Paz, che non sei mai stato davanti al fragore salato della pianura oceanica. Come fartelo vedere, bambinetto aymara, in queste parole, se mai sei stato testimone di questa musica e delle sue onde increspate che intrecciano il concerto del bel mare. Come dirtelo, bimbo boliviano, come allungo la parola m-a-r-e, e che adesso ronzii nelle tue orecchie come mille api mollusche, come milioni di sussurri che schizzano la tua faccina aymara con il loro respiro materno-mar-tenero-mari-maternale. Questa è una lettera mandata ai tuoi occhietti obliqui che in mille modi cercano di immaginare questa grande pozzanghera azzurra che non è come lo racconta la maestra a scuola mentre descrive la parte più grande del Tititcaca, quella zona dove il cielo si appoggia sulle acque verde muschio, dove non ci sono montagne e l’orizzonte sparisce in quella lama smeraldo che, in qualche modo, assomiglia anche a un occhio di mare. Neanche assomiglia a quei cartoni animati Disney che ti fanno vedere nella scuola boliviana, con pesci colorati che saltano da tutte le parti, con bagnanti e ombrelloni eternamente in vacanza estiva, con sabbie dorate e onde turchesi in un eccesso di pedagogica idealizzazione. Come te lo spiego, piccolo aymara, meglio se ti racconto la mia esperienza di bambino quando per la prima volta ho incontrato il miracolo marino. Vivevo con la mia famiglia a Santiago e da bambino povero ho vissuto quest’esperienza ai soli cinque anni. Nel mio quartiere si organizzavano gite al mare nei giorni di gennaio o febbraio, andavamo con il mini autobus chiamato dalla Giunta dei Vicini, o dal Club Sportivo e ogni famiglia si preparava giorni prima per l’evento. Ricordo che la notte precedente noi bambini non dormivamo, eccitati per le aspettative della gita. Mia madre in cucina preparava il pollo, bolliva uova sode e rattoppava i costumi da bagno passati di moda, stinti, con gli elastici allentati dall’uso quotidiano. Uscivamo al mattino presto nel vecchio minibus che rimaneva sempre in panne a metà del viaggio. E lì sulla strada erano ore quelle che dovevamo aspettare perché l’autista sistemasse l’avaria. Verso mezzogiorno attraversavamo la cordigliera della Costa e allora, prima di vederlo, il mare ci arrivava nella brezza fresca e in quell’odore di iodio che annunciava la salata presenza. E in una svolta, al passare una curva, il dio delle acque ci annegava gli occhi con la sua azzurrata immensità.

Era così forte l’impressione, che non si poteva paragonarlo con mille laghi né con mille fiumi, nemmeno con le cascate dell’inondazione invernale. Mai prima di quel momento avevo provato quella commozione d’inquieta eternità, solo il vedere il cielo poteva paragonarsi a questo momento. Era come avere il cielo versato ai miei piedi di bambino. Era come vedere il cielo al contrario, un cielo vivo, dove bramavano, ululavano gli echi di bestie sottomarine. Un cielo liquido che si stendeva come un lenzuolo spumoso più in là, infinitamente lontano fino a dove i miei occhietti di bambino povero non potevano arrivare. Il resto della giornata di mare trascorreva come un film vertiginoso; era tutto un correre, giocare, fare castelli che la marea distruggeva, bagnarsi il sedere nell’acqua gelata, mangiare il pollo masticando la sabbia, bruciarsi come aragoste per dimostrare che eravamo stati al mare. Tutto era così, rapido come in un film di Chaplin e poi, stanchi del tanto scherzare, tornavamo nello stesso micro-bus, ascoltando i lamenti per l’insolazione lanciati da quelli che si erano cotti addormentandosi in pieno sole. In realtà, questa gita di quartiere era una tortura, un giorno agitato da maratona di spiaggia. Anche così, piccolo bambino boliviano, ti posso raccontare come ho conosciuto il gigante mare, e darei tutto perché quest’esperienza non ti fosse estranea. Inoltre, ti regalo il metro marino, che forse mi appartiene, di questo lungo serpente oceanico. Tanta costa perché pochi e oziosi ricchi si facciano aria con la proprietà delle acque. Per questo, nell’ascoltare il verso neo-patriottico di alcuni cileni provo vergogna, soprattutto quando parlano del mare guadagnato con le armi. Soprattutto al sentire la superbia presidenziale disprezzare il sogno marino di un bambino. Ma i presidenti passano come le onde, e il dio delle acque continuerà ad aspettare nella sua eternità il tuo sguardo di bimbo triste per illuminarlo un giorno con il suo lampo azzurro.

* La disputa marittima tra Bolivia e Cile è una disputa sollevata dalla Bolivia contro il Cile sulla concessione alla Bolivia di un accesso all’Oceano Pacifico.

da Addio coccinella bella Pedro Lemebel, Editorial Sudamericana, 2004

Y cómo te lo digo y con qué humedad de letras te lo cuento, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Cómo hacertelo ver, niñita imilla, en estas letras, si nunca fuiste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar. Cómo te lo digo, niño boliviano, cómo alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita aymara con su aliento materno-mar-tierno-mari-maternal. Ésta es una carta dirigida a tus ojitos oblicuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que no es como te lo cuenta la profesora en el colegio describiendo la parte más extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros, y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar. Tampoco es similar a esa caricatura Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente en vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turquesas en un exceso de pedagógica idealización. Cómo te lo explico, chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuando por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el Club Deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento. Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos, exitados por las expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Y allí en la carretera eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al mediodía recién cruzábamos la cordillera de la Costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse con mil lagos ni con mil ríos ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento, nunca antes experimenté esa conmoción de inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver al cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas. Un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa más allá, infinitamente lejos, hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar. El resto del día playero transcurría como una película vertiginosa; todo era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaba la marea, mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa. Todo era así, rápido como película de Chaplín y luego, cansados de tanto güeviar, regresábamos en la misma micro escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad, ese paseo poblacional era una tortura, un día agitado de maratónica playa. Aun así, pequeño niño boliviano, te puedo contar cómo conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizá me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso, al escuchar el verso neopatriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la soberbia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.

* La controversia sobre la negociación marítima entre Bolivia y Chile es un diferendo planteado por el Estado Plurinacional de Bolivia a la República de Chile sobre la negociación del otorgamiento de una salida soberana al océano Pacífico.

En Adiós mariquita linda de Pedro Lemebel, Editorial Sudamericana, 2004

Pedro Segundo Mardones Lemebel (Santiago, 21 de novembre del 1952, 23 di enero del 2015) fue un escritor, cronista y artista plástico chileno. Su obra escrita aborda los temas de la marginalidad chilena utilizando para ello algunas referencias autobiográficas. Referente de la literatura homosexual y contestataria, su estilo irreverente se ha dado a conocer por toda Hispanoamérica,siendo uno de los escritores chilenos con mayor proyección internacional.
Como artista de performances y como escritor, su trabajo se caracterizó por el uso de la provocación y el resentimiento como herramientas para la denuncia política y social.
Lemebel fue cronista de “Página Abierta”, “La Nación”, de las revistas de izquierda “Punto Final” (desde 1998) y “The Clinic”. También condujo programas radiales, y dio conferencias en diversas universidades, como la Universidad de Harvard y la Universidad Stanford.

 

Pedro Segundo Mardones Lemebel (Santiago, 21 Novembre 1952, 23 di Gennaio 2015) 2 è stato uno scrittore, cronista e artista Cileno. La sua opera affronta i temi della marginalità cilena e usa per questo alcuni riferimenti autobiografici. Per quanto riguarda la letteratura omosessuale e contestatrice, il suo stile irriverente è diventato noto in tutta l’America Latina, essendo uno degli scrittori cileni più conosciuti a livello internazionale. Come performer e come scrittore, il suo lavoro è stato caratterizzato dall’uso della provocazione e della rivalsa come strumenti di critica politica e sociale.
Lemebel è stato cronista di “Pagina Abierta“, “La Nacion“, e delle riviste di sinistra “Punto Final“ (dal 1998) e “The Clinic“. Ha inoltre condotto programmi radiofonici, e tenuto conferenze presso università come Harvard University e la Stanford University.

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