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Rubén Darío, El fardo / il fardo

Traduzione di Emilio Capaccio

El fardo

 

 

 

Allá lejos, en la línea, como trazada por un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardias pasaban de un punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del muelle, y el húmedo viento salado, que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado todo el día, estaba sentado en una piedra y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
— ¡Eh, tío Lucas! ¿Se descansa?
—Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar con los bravos hombres toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviente de la viña.
Yo veía con cariño a aquel viejo, y le oía con interés sus relaciones, así todas cortadas, todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencia para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es casado, y tuvo un hijo y …
Y aquí el tío Lucas:
— ¡Sí, patrón, hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se humedecieron entonces.
— ¿Que cómo se murió? En el oficio, por darnos de comer a todos: a mi mujer, a los chiquitos y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa y de colocársela en la oreja, y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
El muchacho era muy honrado y muy de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito; pero ¡los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho”

El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de los pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos y trabajar como un buey.

Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi un armazón de huesos, y en el fuelle tenía que echar el bofe, se puso enfermo y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo muy enfermo! Pero no murió. ¡No murió! Y eso que vivía en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas, alumbrada de noche por escasos faroles, y en donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de echacorvería, las arpas y los acordeones, y en ruido de los marineros que llegan al burdel, desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas; el chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego llegaron sus quince años.
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado, entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz algún “triste”, y enhiesto el remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y se pensó en librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una racha maldita los empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo magullados, ¡gracias a Dios! como decía el tío Lucas al narrarlo.

Después, ya son ambos lancheros.
¡Sí! lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horca; remando de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando: ¡hiiooeep! cuando se empujan los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los levanta balanceándolos como un péndulo. ¡Sí! lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo; ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Ibanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban al comenzar la tarea, tirándolos en un rincón de la lancha.
Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era cuidadoso:

— ¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! ¡Que te vas a perder una canilla!

Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras de obrero viejo y de padre encariñado.

Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos; eso, sí.
— Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoy es sábado.
Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles, crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo; el son del hierro, traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros, descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba la larga cadena que remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos, ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación colmada de fardos. Éstos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno muy pesado, muy pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y triángulos negros, había letras que miraban como ojos. – Letras en «diamante» – decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, linones y percales.
Sólo él faltaba.
— ¡Se va el bruto! – dijo uno de los lancheros.
— ¡El barrigón! – agregó el otro.
Y el hijo de Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y desayunarse, anudándose un pañuelo a cuadros al pescuezo.

Bajó la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien seguro, y se gritó: -¡Iza!- mientras la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo, como de un collar holgado saca el perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
Aquel día no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado, al que se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el cadáver a Playa Ancha.
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa, y haciendo filosofía con toda la cachaza de un poeta, en tanto que una brisa glacial, que venía de mar afuera, pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.

Il fardo

 

 

 

Laggiù, lontano, sulla linea tracciata da una matita azzurra che separa le acque dai cieli, se ne andava sprofondando il sole con le sue polveri d’oro e i suoi mulinelli di scintille purpuree come un gran disco di ferro incandescente. Il molo ora giaceva nella quiete; i guardiani passavano da un capo all’altro con le berrette che scendevano fin alle sopracciglia, dando qua e là rapide occhiate. Immobile l’enorme braccio dell’argano. I giornalieri s’incamminavano alle loro case. L’acqua gorgogliava sotto il molo e l’umido vento salato, che sospirava dal mare nell’ora in cui sale la notte, manteneva le lance vicine in un continuo rollio.

Tutti i lancheros[1] se ne erano già andati; solamente il vecchio zio Lucas, che nella mattinata si era schiacciato un piede sollevando un barilotto sul carretto, e benché zoppicante aveva continuato a lavorare tutto il giorno, era seduto su una pietra con la pipa tra i denti, osservando tristemente il mare.

— Ehi, zio Lucas, si riposa?

— Ebbene, sì, padroncino.

E iniziò la conversazione, quella conversazione gradevole e sciolta che mi piace intavolare con uomini rudi e valorosi che vivono la vita fortificante del lavoro, che dà buona salute e forza nei muscoli e si nutre del chicco di fagiolo e del sangue fervente della vigna.

Vedevo con affetto quel vecchio burbero e ascoltavo con interesse i suoi racconti, tutti vitali, tutti di un uomo rozzo ma di cuore ingenuo. Ah, fu militare! Da ragazzo fu soldato a Bulnes[2]! E incontrò resistenze avanzando fino a Miraflores[3] con la sua carabina! Si sposò, ebbe un figlio che …

E qui lo zio Lucas:

— Sì, padrone, sono due anni che è morto!

Quegli occhi piccoli e luccicanti sotto ferrigne sopracciglia s’inumidirono.

— Com’è morto? Nel mestiere! Per dar da mangiare a tutti noi; a mia moglie, ai suoi fratelli e a me, padrone, che allora ero malato.

E tutto mi raccontò al principio di quella notte, mentre le onde si coprivano di brume e la città accendeva le sue luci; là, su quella pietra che le serviva da appoggio, dopo aver spento la sua nera pipa e averla collocata nel manico; dopo essersi stiracchiato e aver incrociato le gambe magre e vigorose, coperte da pantaloni sudici risvoltati fin alle caviglie.

Il ragazzo era irreprensibile e gran lavoratore. Voleva andare a scuola quando sarebbe stato più grandicello; ma gli spiantati non devono imparare a leggere se si piange di fame in una topaia!

Lo zio Lucas era sposato, aveva molti figli.

Sua moglie portava nel ventre la maledizione delle miserabili: la fecondità. Aveva perciò molte bocche spalancate che chiedevano pane, molti bambini sudici che si rotolavano nella sporcizia, molti corpi magri che tremavano di freddo; bisognava procurarsi da mangiare, cercare cenci e per questo c’era da rimanere senza fiato e lavorare come un bue.

Quando il figlio crebbe, aiutò il padre. Un vicino, il fabbro, volle insegnargli il suo mestiere; ma a quel tempo era così fragile, quasi un mucchietto d’ossa e nel soffietto bisognava buttarci il polmone, perciò si ammalò e tornò al convertillo[4]. Si ammalò parecchio! Ma non morì! Non morì! È lì che vivevano, in uno di quegli ammucchiamenti umani entro quattro pareti scalcinate, vecchie, brutte, nella stradina immonda delle donne perdute, sudicia a tutte le ore, illuminata la notte da pochissimi lampioni e dove risuonavano, in perpetua chiamata ai festini dei magnaccia, le arpe e i bandonion, e il baccano dei marinai che andavano al bordello dilaniati dall’astinenza delle lunghe attraversate, a ubriacarsi come barilotti e a gridare e strepitare come dannati. Sì! Tra la penombra, nella baraonda dei festini di farabutti, il ragazzo visse e presto guarì e si rimise in piedi.

Poi arrivarono i suoi quindici anni.

Lo zio Lucas era riuscito, tra mille privazioni, a comprare una canoa. Si fece pescatore.

Ai primi chiarori dell’alba andava in mare con il suo ragazzone portando gli attrezzi per la pesca. Uno remava, l’altro metteva le esche agli ami. Tornavano dalla costa con buona speranza di vendere quello che avevano pescato nella fredda brezza e l’opaca foschia che li circondava, cantando a bassa voce con i remi trionfanti che colavano la spuma.

Se facevano una buona vendita, si usciva un’altra volta nel pomeriggio.

Il pomeriggio di un inverno c’era il temporale. Padre e figlio, nella piccola imbarcazione, soffrivano nel mare la follia dell’onda e delle raffiche di vento. Difficile era tornare a riva. I pesci e le lenze e tutti gli attrezzi finirono in acqua con grave perdita, benché pensassero solamente di mettere in salvo la loro pelle. Lottavano come disperati per guadagnare la riva. Non erano molto lontani; ma una raffica maledetta li spinse contro una roccia, sfasciando rovinosamente la canoa. Grazie a Dio, ne uscirono solo ammaccati, come diceva lo zio Lucas, narrando.

Dopo furono lancheros.

Sì! lancheros; sulle grandi imbarcazioni piatte e scure; attaccati alla catena stridente e tesa, come una serpe di ferro, al potente argano che sembrava una forca; remando in piedi e a compasso; andando con la lancia dal molo al battello e dal battello al molo; gridando: hiiooeep! quando spingevano i pesanti imballaggi per agganciarli all’unghia potente che li alzava dondolandoli come un pendolo, sì! lancheros; il vecchio e il ragazzo, padre e figlio; entrambi a cavalcioni sopra un cassone, entrambi dimenandosi, entrambi guadagnando la giornata per loro e per le loro care sanguisughe del convertillo.

Andavano a lavorare tutti i giorni, indossando panni logori, fasciando le cinture con bande colorate e facendo risuonare le loro scarpe tozze e massicce che toglievano prima di cominciare a lavorare, buttandole in un angolo della lancia.

Incominciava il viavai, il caricare e lo scaricare. Il padre era molto scrupoloso:

— Ragazzo attento che ti rompi la testa! Che ti prende la mano la cinghia! Che perdi una tibia!

E insegnava, addestrava, dirigeva il figlio, a modo suo, con parole brusche di vecchio sfiancato e padre affettuoso.

Fino a che un giorno lo zio Lucas non potette muoversi dal letto, perché il reumatismo gli gonfiò le giunture e gli trapanava le ossa.

Oh! E bisognava comprare le medicine e gli alimenti: quello sì!

— Ragazzo, vai a guadagnare la grana: oggi è sabato.

E se ne andò il figlio, solo, quasi correndo, senza far colazione, al suo incarico giornaliero.

Era un bel giorno di luce chiara, di sole dorato. Al molo passavano i carri sulle loro rotaie, scricchiolavano le pulegge, schioccavano le catene. Era la gran confusione del lavorio che dava vertigini: il suono del ferro, scoppiettii ovunque e il vento che passava tra gli alberi nel bosco e le sartie delle imbarcazioni vicine.

Sotto uno degli argani del porto c’era il figlio dello zio Lucas con altri lancheros, che smaltiva il carico velocemente. Bisognava svuotare la lancia strapiena di imballaggi. Di tanto in tanto abbassava la lunga catena che terminava con un uncino, suonando come una battola al correre con la carrucola; i mozzi legavano le casse con una doppia corda, le agganciavano all’uncino, e queste si sollevavano come un pesce preso all’amo, o il piombo di una sonda, ora ferme, ora agitandosi da un verso all’altro come un batacchio nel vuoto.

Il carico era imbrigliato. L’onda muoveva ritmicamente l’imbarcazione colma di cassoni che formavano una specie di piramide al centro. Ce n’era uno molto pesante, molto pesante. Il più grande di tutti, largo, stipato e odoroso di catrame. Veniva sul ponte della lancia. Un uomo in piedi accanto a esso era una piccola figura già per il suo grosso piedistallo.

Era una delle tante prosaicità dell’importazione involto in olona e fasciato con cinturini di ferro. Sui suoi fianchi in mezzo a linee e triangoli neri, c’erano lettere che guardavano come occhi. – Lettere di «diamante» – diceva lo zio Lucas. Le sue cinte di ferro erano strette da chiodi duri e appuntiti e nelle viscere il mostro aveva linoni e percalli.

Solo quel fardo mancava.

— Vai via bruto! – disse uno dei lancheros.

— Ciccione! – aggiunse un altro.

E il figlio dello zio Lucas, che era ansioso di finire presto, si preparava per andare a riscuotere il compenso e a far colazione, annodandosi un fazzoletto a quadri sulla nuca.

Calò la catena che danzava nell’aria. Si legò un grande lazzo al fardo, si provò se era sicuro e si gridò: Issa! La catena tirò la massa stridendo e alzandola in bilico.

I lancheros, in piedi, guardavano salire l’enorme peso e si accingevano a sbarcare sulla terraferma, quando si vide una cosa terribile. Il fardo, il grosso fardo, si sfilò dal lazzo come un cane sfila la testa da un collare troppo largo e cadde sul figlio dello zio Lucas schiacciandolo mentre un filo di sangue nero gli usciva dalla bocca.

Quel giorno, non ci furono né pane né medicine in casa dello zio Lucas, solo il ragazzo sconquassato che egli stringeva a sé, e gridava e malediceva il suo reumatismo tra i pianti della moglie e degli altri suoi figli, quando portarono la salma a Playa-Ancha[5].

Salutai il vecchio lanchero, e a passi sciolti lasciai il molo, imboccando il viottolo di casa, meditando con tutta la flemma di una poeta, mentre una brezza glaciale, che veniva dal mare, pizzicava tenacemente il naso e le orecchie.

[1] I lancheros sono i proprietari delle lance di diporto.

[2] Bulnes è una località della provincia di Ñuble, nella regione del Bío Bío, in prossimità dell’area centrale del Cile.

[3] Si riferisce alla Battaglia di Miraflores, un distretto di Lima, in Perù, avvenuta il 15 gennaio del 1881 tra l’esercito del Cile e l’esercito unito del Perù e della Bolivia, nell’ambito della c.d “Guerra del Pacifico”, combattuta tra il 1879 e il 1883.

[4] I convertillos erano agglomerati di ricoveri dei ceti urbani più poveri e diseredati, fatiscenti e addossati gli uni agli altri, una sorte di inquilinati o palazzine popolari dei giorni nostri, diffusi in Argentina e in gran parte del Sudamerica nel XIX e XX secolo, dove trovarono, tra l’altro, rifugio gran parte degli immigrati.

[5] Playa-Ancha è la sporgenza più estesa e più popolata del porto di Valparaíso, in Cile; presumibilmente luogo in cui si trova il cimitero nel racconto.

imagesRubén Darío (1867-1916) Poeta, narratore e diplomatico nicaraguense. È considerato il padre di quel movimento culturale che va sotto il nome di Modernismo, tipico dei paesi latino-americani, nato nel 1888 – anno di pubblicazione della sua raccolta poetica: “Azul” – e conclusosi nel primo decennio del XX secolo. Viaggiò in tutta l’America Latina, fu acclamato in ogni nazione, collaborò con i più grandi artisti e intellettuali dell’epoca.

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