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Il lettore deve fiorire: David Huerta

Massimo Sannelli

 

N/Europa oscilla sempre: vaniloquenza o trascendenza, raffinate autodistruzioni o agenti di collocamento in Arcadia, perché da queste parti bisogna avere un ruolo e farci qualcosa: “Il sermone puritano / e il sedimento post-industriale, / le parole eclissanti / di qualunque accademico, i consigli / di qualche editore / distratto a Francoforte”. Questo elenco ricorda un po’ l’ultima strofa della Lettera a Malvolio di Montale; e ricorda lo stesso Malvolio, che a Francoforte continuava a ripetere la stessa parola: atroce! atroce! Tutti i particolari sono in cronaca.

E se tutto l’àmbito diventasse trasparenza?

Ci saranno sempre quintali di Paraclito contro “la carne, il denaro, la fama, i piaceri”.

David Huerta è un poeta immenso. Nel senso della sua gloria personale, prima di tutto. Ma non solo: è immenso perché ricorda agli atroci, pentiti, che la poesia è benedetta. Dove il n/europeo rischia di essere uno stilista o uno stilita o un servo di partito, Huerta è vitale e preciso. Dove il n/europeo rischia di non dire mai io – se no Gadda gli urla dalla Cognizione del dolore che è un pronome-pidocchio – Huerta dice io. E dove il n/europeo rischia di imporre la sua nevrosi a tutti senza dire che è nevrotico, Huerta può ricordarci “la scrittura del logorio europeo”.

Prendiamo Parigi. È il posto in cui César Vallejo lascia l’anima danzante. Huerta lo sa, per forza. Ci tocca una Parigi – cioè N/Europa – piena di infiniti morti: come la N/Europa di Pessoa e di Kafka, gli impiegati della poesia Impiegato. E invece tutto può essere vivo e mosso, anche un po’ barocco; molto sentimentale, ma senza enfasi. A partire dalle citazioni di questi vivi-in-morte, quasi tutti artisti, si può creare una specie di maestà vitale. Non contro di loro, ma per mezzo di loro: come se il Paraclito si manifestasse così, come un farmaco contro le nevrosi.

Huerta insegna come si scrive il curriculum vincente: “Acqua delle Ande, vento della Spagna, foglie / sciolte e affilate di Montparnasse. Bevi / quei liquori, sopravvivi, leggi quello che moriva / a  Parigi e continua a morire e continua a camminare”. È un curriculum da poeta a poeta. È per noi che Huerta fiorisce? Anche per noi, sì. Scrive un manuale di poesia, uno dei molti manuali possibili.

Il lettore deve fiorire. Leggerà La strada bianca rompendo le righe. Cercherà i testi sulla poesia, cioè sulla mescolanza di complessità internazionale e sinestetica – utilería – che per Huerta è la poesia: Entropia a Wiesbaden, Impiegato, La dimensione ignota. Capitolo 1, Letture per l’estate, Utensileria, La poesia. E poi: Scienza poetica. Trattato numero 1 e numero 3, Dichiarazione di antipoesia. Alla lettura non seguiranno esami pubblici, ma solo esami di coscienza, non troppo feroci. Sono gli esercizi spirituali di chi ha traslocato da un po’ in Via di Guarigione, dove proiettano a ciclo continuo Poesía sin fin di Alejandro Jodorowsky. Nella nuova casa abbiamo letto La strada bianca.

Un giorno capiamo che il linguaggio è pieno di cose chiare che giocano a vista. Ci credevamo bravi enigmisti e autorità del sadomasochismo, scritto e orale. E invece. Già: invece. Invece possiamo rifarci la bocca e la dignità, prima di perdere il gusto.

Descender

Desciendo a la blancura de esta mano, esta mesa.
Desciendo, esto es: bajo a escucharme a mí mismo
sin hablar, desde los aleros de conciencia
donde negrura y fulgores encarnan como heridas
o carne insomne en los sables arenosos de la fantasía. Overhearing myself, me digo:
es lo que he estado haciendo. Y ahora bajo, desciendo
a la blancura de esta mano delgada y a la madera
de esta mesa in albis. Bajo, desciendo por escaleras
hechas de vicio y pantagruelismo, desecaciones y escalones mullidos.
Me esperan esta mesa, esta mano. Mesa delgada y blanca,
mano de venas evidentes – tu mano de amor y desasimiento,
tu mano que me toma y es un vaso de pureza esbelta.
¿ y la mesa? Está en la casa y me ha esperado con una actitud
de sabiduría meditativa, rayo quieto, cascada de inmóvil contingencia.
y es blanco el espacio que ocupan la mano, la mesa.
y la escalera está en la fijeza gris del descendimiento
y apenas se mueve cuando bajo, desciendo
a la mesa, la mano, después de desdoblarme
para poder escuchar lo que pienso, límite de mí mismo
y desbordante peso de migajas, ideas, encadenamientos
de tersa lógica y preocupaciones continuas, todo ha sucedido
a lo largo de una mañana y tú estás a mi lado,
colmada por una cristalina manera de estar presente,
con un aliento de fragilidad y de frugal poderío. Tú, la mesa,
esto que baja y llamo yo, vestigio y llamarada de los minutos.

 

 

 

 

 

Entropía en Wiesbaden

Por el romano muro te asomaste
a ver la calle alemana
bajo la lluvia tenaz y declinante.
Lo que viste fue el bullicio, la fractal
escritura del desgaste europeo.
Mucho dinero, finas ropas,
edificios cuidadosos, gestos agrios,
mala comida– Goethe, en fin,
en su áulico, nemoroso
y patriarcal papel de santo doctus, poeta
enciclopédico.
Nada que contar de regreso,
nada sino la lluvia ahora pertinaz
y final. Un soplo del Espíritu Santo
entraba por la boca de los minutos –
pero tú, presente, más cuidadosa
que las Estades Medias
de la Selva Negra,
atestiguabas el sermón puritano
y el sedimento postindustrial,
las palabras eclipsantes
de cualquier académico, los consejos
de algún editor
despistado en Francfort. La entropía
se apoderaba de Wiesbaden
y tú renacías incesante
contra el fulgor del tiempo.

 

 

 

 

 

Sílaba ancilar

Redujo la sílaba ancilar
a su mínima chispa de poder,
microcosmos de talismanes chamánicos
y de conjuros liliputienses.

En la palma de la mano vio, entonces,
brillar los reinos
infinitesimales, huyendo
hacia lo cada vez
más pequeño.

La sílaba ancilar –interjección,
corto fonema, esferoidal
punto y aparte de sonido–
guardaba lenguajes, novelas,
mitos, llamaradas de épica,
delirios descomunales de lirismo.

Una sílaba, y ancilar
por añadidura, y todo eso
contenía – y más,
eneidas y agamenones y joyces,
ríos de vocabularios.

Una sílaba, un brillo
de sonido
en la palma de la mano.

 

 

 

 

 

Lecturas para el verano

Esta cosa intangible que de repente se despliega
con un furor de dragones suspendidos en un líquido cobrizo
debe ser el cielo sobre Earthsea. Este conglomerado de abstracciones
y de ciencia infusa de pronto se vuelve
un astillado esplendor en la maraña renacentista de Florencia.

Estos murmullos de azul invisibilidad encajados en la pantalla transparente del pensamiento
de súbito se vuelven fragantes vasos órficos y terroríficas saetas apolíneas. Estas curvaturas y esguinces
de la tipografía, lentas oleadas de palabras ofrecidas a los ojás insomnes,
fragores épicos desdoblados en versos y versículos caribeños,

son nada más –pero también nada menos– las lecturas
para el verano, libros, cuentos, poemas, lucientes teatros
del vicio impune, Larbaud dixit, pedazos encendidos de la vida vivida
aunque tantos digan lo contrario. Son el mundo conversado
y silencioso, los momentos agridulces de noches y tardes pobladas
por minuciosos cosmos de sonido y sentido.

 

 

 

 

 

Utilería

El joyel de Urbina, las áridas y trágicas obsesiones de Othón,
los resonantes vasos y versos diazmironianos,
las máscaras de yeso narcótico de López Vellarde,
el búho de González Martínez, las estatuas y el frío de Villaurrutia,
el vaso de Gorostiza y las horas de junio del bolivariano Pellicer,
el Log-book de Owen, el éter de Ortiz de Montellano,
los sonetos y la maledicencia de Novo,
las señales férreas de Jorge Cuesta – todos esos objetos
forman parte de un lugar del espíritu, almacén de transparencia y aire,

Son parte de la utilería para el teatro de escrituras determinadas,
circunscritas por un aliento de pertenencia y vicisitud. Son voces
sobre hojas, murmullos o gritos en el páramo, secretos en las calles
y por las avenidas abarrotadas. Son residuos junto a otros residuos,
brillan o lentamente se eclipsan entre las lunas turbias
del aturdimiento civil, en las trituraciones de las escuelas.
Se deslizan en la tentación del plagio,
se desdoblan y reaparecen, luego de ocultarse en los pliegues
de la vanilocuencia y la historia. Son materia del recuerdo y el olvido
y no se sabe nunca con precisión si debe uno llamarlos poesía
o cosas, meras cosas, indiscernibles del mundo
–y como el mundo, acaso,
seres inútiles, innecesarios, terribles y salvadores.

 

 

 

 

 

Entra el texto

Se hundió el texto en él –al revés de la imagen tradicional:
él hundido en el texto, concentrado, ceñudo, leyendo
hasta la extenuación– y fue un despertarse
de signos y de calles, de cuerpos en los claros del bosque,
de rostros en los salones, de calles babilónicas.

El texto recorrió sus ojos, su cabeza, sus manos. Parecía tener
una voluntad propia, una fuerza flexible, en todo semejante
a la de un atleta. Él escuchó las hojas del texto
como susurros de máquinas que se oxidaran con lentitud;
caían las hojas escritas en su vientre, en sus venas, en sus oídos.

Escrituras rápidas le recorrieron el pelo, la piel, los dedos.
Fue hundiéndose en él todo el abecedario combinado, sediento
–y despertó en su boca una sed de imágenes. De la garganta
le salieron volutas de brisa. De los ojos surgieron aguas y tintas,
los nombres en su silencio y en su plenitud, como espíritus.

 

 

 

 

 

El poema

Para Arturo Cantú

Desde el sueño del agua las imágenes
del vaso que miraba Gorostiza
llegan hasta los nombres y las sílabas.

No del lenguaje, sí del mundo ávido,
son los órganos tenues del poema.

Él quiso nada más la claridad
de observar a través de la ventana
del poema los seres y las cosas.

El cosmos minucioso resonó
en el vaso febril de la conciencia

y levantó la pluma, abrió los ojos
y los cerró de nuevo. ¿Escribiría?

El poema llegó. Él, resignado,
lo recibió en el vaso transparente
de su prosodia espléndida. Las frases

fueron tejiendo el alto cuerpo, el fúnebre
edificio de ideas y metáforas.

Gorostiza murió. De su poema
recogemos la pálida ceniza
que en los ojos lectores se transforma
en esplendor, en luz, en llamarada.

 

 

 

 

 

Pasiones

En cada objeto la sombra de la Pasión
cae como cae la luz de la mañana.

Sobre el Gólgota de la conciencia que se eleva
desde los turbios encadenamientos
del cuerpo dormido,
se depositan clavos,
coronas de espinas, gallos.

Cuánta miseria alrededor. Y cuánto, a la vez,
calor de salvación en la materia que bizquea
y se empobrece junto a nosotros–

briznas, quintales de Paráclito,
debajo de las mesas de las cantinas
y cuántos trapos con rostros divinos
a la salida de la plaza de toros.

 

 

 

 

 

Oficinista

a la memoria de Pessoa y de Kafka

Desastres a deshoras rayaban la visible
blancura del minuto. Eran calamidades diminutas
pero al oficinista más cumplido
lo enloquecían en un torbellino de papeles,
“dónde quedó aquel memo”, “qué se fizo
el oficio”, “a qué horas era que era la reunión
con el Jefe”. No veía claro. Los minutos
se hacían cuartos de horas y éstos se ensanchaban
rumbo a las dos de la tarde, fatídicas,
en que debía cerrarse la puerta del despacho
antes de vacaciones. El oficinista suspiró,
derrotado. Bajó los brazos, sacó su estilográfica
y decidió por fin preparar la Renuncia.
El minuto blanco se materializó en una hoja
ante la mirada estupefacta y exhausta.
El oficinista comenzó – como en la cresta
de leve ola, en un océano calmo–
escribir un poema, sí, un poema, un cuento,
heraldo y testimonio
de su derrota, de heroica Renuncia.

 

David Huerta

Discendere

Discendo alla bianchezza di questa mano, di questo tavolo.
Discendo, proprio così: in basso ad ascoltare me stesso
senza parlare, dalle gronde della coscienza
dove la nerezza e le folgori incarniscono come ferite
o carne insonne nelle sabbie arenose della fantasia. Overhearing myself, mi dico:
è ciò che stavo facendo. E ora scendo, discendo
alla bianchezza di questa mano scarna e al legno
di questo tavolo in albis. Scendo, discendo scale
fatte di vizio e pantagruelismo, essicazioni e soffici scalini.
Mi attendono questo tavolo, questa mano. Tavolo scarno e bianco,
mano dalle vene sporgenti – la tua mano d’amore e distacco,
la tua mano che mi prende ed è un bicchiere di purezza slanciata.
E il tavolo? È in casa e mi ha aspettato con una attitudine
di saggezza meditativa, raggio quieto, cascata d’immobile contingenza.
ed è bianco lo spazio che occupano la mano, il tavolo.
e la scala è nella certezza grigia della deposizione
e appena si muove quando scendo, discendo
al tavolo, la mano, dopo essermi sdoppiato
per poter ascoltare ciò che penso, limite di me stesso
e debordante peso di briciole, idee, concatenazioni
di tersa logica e preoccupazioni costanti, tutto è accaduto
nel giro di una mattina e tu sei al mio fianco,
colmata da un modo cristallino di essere presente,
con un fiato di fragilità e frugale potere. Tu, il tavolo,
colui che discende e chiamo io, vestigio e fiammata dei minuti.

 

 

 

 

 

Entropia a Wiesbaden

Dal romano muro ti affacciasti
a vedere la strada tedesca
sotto la pioggia tenace e declinante.
Ciò che scorgesti fu il chiasso, la frattale
scrittura del logorio europeo.
Molto denaro, fini vestiti,
rigorosi edifici, gesti aspri,
cibo scadente – Goethe, infine,
nel suo aulico, boschivo
e patriarcale ruolo di santo doctus, poeta
enciclopedico.
Niente da raccontare al ritorno,
niente oltre la pioggia insistente
e finale. Un sorso di Spirito Santo
entrava dalla bocca dei minuti –
ma tu, presente, più scupolosa
del Medio Evo
della Foresta Nera,
testimoniavi il sermone puritano
e il sedimento post-industriale,
le parole eclissanti
di qualunque accademico, i consigli
di qualche editore
distratto a Francoforte. L’entropia
s’impossessava di Wiesbaden
e tu rinascevi incessante
contro il fulgore del tempo.

 

 

 

 

 

Sillaba ancillare

Ridusse la sillaba ancillare
alla sua più piccola scintilla di potere,
microcosmi di talismani sciamanici
e di congiure lillipuziane.

Nel palmo della mano vide, allora,
brillare i regni
infinitesimali, in fuga
verso il sempre
più piccolo.

La sillaba ancillare – interiezione,
breve fonema, sferoidale
punto e a parte del suono –
serbava linguaggi, romanzi,
miti, fiammate di epica,
enormi deliri di lirismo.

Una sillaba, e ancillare
in aggiunta, e tutto ciò
conteneva – e di più,
eneidi e agamennoni e joyce,
fiumi di vocabolari.

Una sillaba, una lucentezza
di suono
nel palmo della mano.

 

 

 

 

 

Letture per l’estate

Questa cosa intangibile che a un tratto si dispiega
con un furore di draghi sospesi in un liquido ramato
deve essere il cielo sopra Earthsea. Questo agglomerato di astrazioni
e scienza infusa all’improvviso diventa
uno scheggiato splendore nel groviglio rinascimentale di Firenze.

Questi mormorii di azzurra invisibilità incassati nello schermo transparente del pensiero
di colpo divengono fragranti bicchieri orfici e terririficanti sette apollinee. Queste curvature e guizzi
della tipografia, lente ondate di parole offerte ai turbanti insonni,
fragori epici spiegati in versi e versetti caraibici,

niente di più – ma anche niente di meno – le letture
per l’estate, libri, racconti, poesie, luccicanti teatri
del vizio impune, Larbaud dixit, pezzi incendiati di vita vissuta
sebbene tanti dicano il contrario. Sono il mondo conversato
e silenzioso, i momenti agrodolci di notti e sere popolate
da minuziosi cosmi di suono e di senso.

 

 

 

 

 

Utensileria

Il gioiellino di Urbina, le aride e tragiche ossessioni di Othón,
i risonanti bicchieri e versi diazmironiani,
le maschere di gesso narcotico di López Vellarde,
il gufo di González Martínez, le statue e il freddo di Villaurrutia,
il bicchiere di Gorostiza e le ore di giugno del bolivariano Pellicer,
il Log-book di Owen, l’etere di Ortiz de Montellano,
i sonetti e la maldicenza di Novo,
i ferrei segnali di Jorge Cuesta – tutti questi oggetti
formano parte di un luogo dello spirito, magazzino di trasparenza e aria,

Sono parte delle utensilerie per il teatro delle scritture determinate,
circoscritte da un respiro di appartenenza e vicissitudine. Sono voci
su foglie, mormorii o grida nella landa, segreti nelle strade
e lungo i viali affollati. Sono residui uniti ad altri residui,
brillano o lentamente si eclissano tra le lune torbide
dello stordimento civile, nelle triturazioni delle scuole.
Scivolano nella tentazione del plagio,
si spiegano e riappaiono, invece di occultarsi nelle pieghe

della vaniloquenza e della storia. Sono materia del ricordo e dell’oblio
e non si sa mai con precisione se si debba chiamarli poesia
o cose, mere cose, indistinguibili del mondo
– e come il mondo, forse,
esseri inutili, superflui, terribili e salvifici.

 

 

 

 

 

Dentro il testo

S’immerse il testo in lui – contrariamente all’immagine consueta:
l’uomo immerso nel testo, concentrato, accigliato, che legge
fino all’estenuazione – e fu un risvegliarsi
di segni e di strade, di corpi nelle spianate del bosco,
di volti nei saloni, di strade babiloniche.

Il testo gli percorse gli occhi, la testa, le mani. Pareva avere
una volontà propria, una forza flessibile, in tutto somigliante
a quella di un atleta. Lui ascoltò i fogli del testo
come sussurri di macchine in lenta ossidazione;
gli cadevano i fogli scritti nel ventre, nelle vene, nelle orecchie.

Rapide scritture gli percorsero i capelli, la pelle, le dita.
sprofondò in lui tutto l’abbecedario combinato, assetato
– destandogli in bocca una sete di immagini. Dalla gola
gli uscirono volute di brezza. Dagli occhi sgorgarono acque e inchiostri,
i nomi nel suo silenzio e nella sua pienezza, come spiriti.

 

 

 

 

 

La poesia

————————Per Arturo Cantú

Dal sogno dell’acqua le immagini
del bicchiere che guardava Gorostiza
arrivano fino ai nomi e alle sillabe.

Non al linguaggio, bensì al mondo ingordo,
appartengono gli organi tenui della poesia.

Egli non volle che la chiarezza
di osservare attraverso la finestra
della poesia gli esseri e le cose.

Il cosmo minuzioso risuonò
nel bicchiere febbrile della coscienza

e levò la penna, aprì gli occhi
e li chiuse di nuovo. Avrebbe scritto?

La poesia arrivò. Egli, rassegnato,
la ricevette nel bicchiere trasparente
della sua prosodia smagliante. Le frasi

intessevano l’alto corpo, il funebre
edificio di idee e metafore.

Gorostiza morì. Della sua poesia
raccogliamo la pallida cenere
che negli occhi del lettore si muta
in splendore, in luce, in fiammata.

 

 

 

 

 

Passioni

In ogni oggetto l’ombra della Passione
cade come cade la luce del mattino.

Sul Golgota della coscienza che si eleva
dai torbidi incatenamenti
del corpo addormentato,
si depositano chiodi,
corone di spine, galli.

Quanta miseria intorno. E quanto, al contempo,
caldo di salvazione nella materia che occhieggia
e s’impoverisce accanto a noi –

filamenti, quintali di Paraclito,
sotto ai tavoli delle cantine
e quanti stracci con volti divini
all’uscita della piazza della corrida.

 

 

 

 

 

Impiegato

alla memoria di Pessoa e di Kafka

Disastri a ore indebite rigavano la visibile
bianchezza del minuto. Erano minuscole calamità
ma facevano impazzire il più compito
impiegato in un vortice di carte,
“dove si è cacciato quel memo”, “dov’è
la circolare”, a che ora era poi la riunione
col Capo.” Non ci vedeva chiaro. I minuti
si facevano stanze di ore e si allargavano
verso le due del pomeriggio, fatidiche,
in cui si doveva chiudere la porta dell’ufficio
prima delle ferie. L’impiegato sospirò,
sconfitto. Abbassò le braccia, estrasse la stilo
e decise di preparare finalmente la Rinuncia.
Il minuto bianco si materializzò in un foglio
davanti allo sguardo stupefatto ed esausto.
L’impiegato cominciò – come sulla cresta
di un’onda lieve, in un oceano calmo –
a scrivere una poesia, sì, una poesia, un racconto,
araldo e testimonianza
della sua sconfitta, dell’eroica Rinuncia.

 

Traduzione di Chiara De Luca

David Huerta, La strada bianca
Edizioni Kolibris 2015 – Collana Quetzal
Traduzione di Chiara De Luca
ISBN: 978-88-96263-90-7


202, € 12

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