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Teodolinda Rosica, Bajo la piel el sal

por Chiara De Luca

“Es el momento de mostrar/ mis profundidades desgarradas/ encontrar abismos/ en la intersección/ entre mí y la locura”, escribe Teodolinda Rosica en el poema “Esquiva ese telón”, dirigiéndose a la noche, cuna privilegiada del verso y revelando así la intención que subyace a su poesía: caminar en la oscuridad, en lo que se esconde más allá de las apariencias, bajo la superficie de lo habitual; proceder a tientas, pero retorciendo el miedo en la garganta, prestando atención a la reverberación de cada resplandor más tenue, de cualquier guiño que pueda indicar una nueva dirección en tierras desconocidas. El poeta no teme avanzar con decisión, alineando paso a paso sobre el borde del precipicio, que mira hacia el abismo de la interioridad desvelada por destellos e intuiciones, por breves vistas y agniciones.

La poesía de Teodolinda Rosica atraviesa “desiertos de húmedo silencio”, donde cultivar cada verso de uno en uno, para ensortijarlos en guirnaldas de sentido, ponérselas en el cuello y mirarse en el espejo, para reconocerse, o mejor, conocerse, traicionados y traducidos por la poesía, que en el silencio encuentra terreno fértil para sembrarse y florecer en un reguero de palabras unidas por lazos inusuales y inesperados, que un golpe de viento descompone y reencuentra en nuevas geometrías de sentido.

Oscuridad, silencio, abismo, escombros, desolación… son las palabras que más se repiten en estos textos, asumiendo cada vez matices de significado diferentes. Son palabras clave que abren zonas intermedias, donde la inspiración se manifiesta por acentos, originando del inconsciente figuras siempre nuevas, en una suspensión “entre locura y día”, entre noche y amanecer. El poeta sigue la marcha del verso, en la dirección de un “nuevo núcleo”, lo del Arte, donde las leyes se anulan y las cargas cambian de signo, para reescribir lo real y renombrar las cosas, reavivando palabras ya desgastadas por la costumbre del uso.

La peregrinación a la búsqueda de uno mismo requiere valor al límite de la inconsciencia y disponibilidad a dejarse herir, arañar, golpear por las incógnitas que acechan en el camino. El poeta procede sobre caminos imperecederos, tortuosos, accidentados, está dispuesto a cruzar senderos que nunca se han batido, que podrían no llevar a ninguna parte. Absorbido por su búsqueda y concentrado en cualquier señal que pueda indicar un verso, el poeta no puede preocuparse de las “buenas maneras”, de la prudencia, ni evaluar de vez en cuando lo que sería oportuno hacer. El poeta no puede dejar de caer. Debe tambalearse, tropezar, batir, ensuciarse de lo real con los ojos al cielo en busca de una dirección.  De vez en cuando, sin embargo, tiene que volver allí, “en ese vacío que succiona / y escarba”; tiene que dejarse marcar por la cifra de la poesía, que se inscribe en el cuerpo y lo pronuncia como un reflejo del entorno. El poeta debe remontarse a la fuente: la mente que lo ha parido, es decir, hacerse poesía encarnada, para lograr actuar y reconocerla en todo lo que sus sentidos rozan, o incluso sólo intuyen desde la oscuridad.

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